La Justicia , medida en unidades de hormonas testiculares (UHT)

Publicado el 19 enero 2012 por Fjjeugenio


En estos dias el famoso juez Garzón esta sentado en el banquillo de los acusados del Tribunal Supremo, acusado de l mayor delito que se puede imputar a un juez: prevaricación. El artículo que sigue describe minuciosamente las andanzas de este famoso "juez campeador". Añado que Garzón tiene pendientes otras dos causas más ante el Alto Tribunal.  Veremos como acaba este apasionante serial. De momento el juez esta suspendido en sus funciones. F.J.

“No hay cojones en este país para condenar a Garzón”

Por Jesús Cacho
www.vozpopuli,com
Soy de la opinión que es propio de país de cobardes abusar de las expresiones coloquiales que invocan la exuberancia -que es carencia en la parte contraria- de testosterona cada vez que una discusión de vecinos, un rifirrafe de tráfico o una broma de bar irrumpe en nuestra vida de españoles bullangueros. La frase saltó a la fama de la letra impresa cuando un editor, ya fallecido, pronunció aquella lapidaria sentencia del “no hay cojones en este país para negarme a mí una televisión”. No los hubo. No los tuvo el Gobierno González. Ayer, un día señalado con lápiz verde esperanza en el ideario de tanto demócrata como ansía la regeneración de la Justicia, algunos me llamaron alarmados tras asistir, perplejos, a la enésima maniobra procedimental dilatoria de nuestro Juez Campeador: “Desengáñate, Jesús, no  hay cojones en este país para condenar a Garzón, y dudo siquiera que los haya para sentarlo en el banquillo…”   Conviene empezar por el principio, y en el principio fue el caso Sogecable, un asunto de utilización fraudulenta de los depósitos que los abonados de Canal Plus dejaban en prenda en la filial de  Prisa y que los Cebrianes utilizaban como dinero de tesorería. Del trauma judicial (“Que sí, José María, que sí, que esta noche me lo meten en la cárcel…” –llamada desesperada de Jesús Polanco a José María Aznar, a la sazón en Moncloa-) les salvó a ambos, a Polanco y a Cebrián, Baltasar Garzón Real, en una espectacular pirueta que supuso no solo traicionar a uno de sus mejores amigos, sino echar de la carrera judicial al que también era un juez honesto, éste sí, Javier Gómez de Liaño, mero instructor del caso. De aquel lance salió elCampeador muy favorecido, muy mejorado. El entonces poderoso imperio Prisa lo paseo después por Latinoamérica, el patio trasero de su influencia, en conferencias, saraos y eventos varios a tanto la pieza.La fortuna –porque a partir del caso Sogecable nuestro hombre se hizo rico-  del dizque juez se ha incrementado notablemente dada su natural propensión al ahorro. A nuestro Campeador, querido Emilio, le gusta, en efecto, ir de “gratis total” por el mundo, sea la red de Paradores, un hotel de cinco estrellas, la barrera de la Monumental, el palco del Bernabéu o el mejor restaurante de Madrid. Siempre invitado; siempre por el morro. Para mantener su caché de fenómeno más mediático que judicial, este lince de Sierra Morena ha colaborado activamente con Policía y Guardia Civil en la detención expressde batasunos, sin hacerle demasiados remilgos a las garantías propias de esas democracias consolidadas donde una llamada a la puerta a las cinco de la mañana no significa otra cosa que la visita del lechero. Garzón era el “juez de guardia” de la lucha contra ETA, y nadie abría la boca al sur de Miranda de Ebro porque todos, o casi, hemos considerado bueno perseguir a los malos, sin fijarnos demasiado en si ello se hacía respetando o no las normas del Estado de Derecho.El Campeador, además, ha detenido aPinochet, ha querido enchironar a la Casa Blanca por lo de Guantánamo, ha empapelado a Bin Laden, ha perseguido a los dictadores argentinos y ha pretendido pedirle el carné aFranco 30 años después de muerto. Todo lo cual ha hecho de él una celebrity en Latinoamerica, donde se desplaza con cohorte de diva de Hollywood o de astro del balompié. Su último golpe tiene por escenario Ecuador, donde en sus ratos libres se desempeña ahora como “jefe” de una tal comisión de seguimiento de la reforma del sistema judicial de aquel país, a cambio, eso sí, de unos 100.000 dólares –según la prensa local- y un par de viajes o tres a Quito, con vuelos, hoteles y demás a cargo del prójimo. “Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,/menos bien las estudias que las vendes;/lo que te compran solamente entiendes;/más que Jasón te agrada el Vellocino”, que dijo el genial Quevedo en su soneto “a un juez mercadería”.La cara más dura que la esfinge de KeopsPersonalmente nuestro querido Emilio siempre me ha parecido un “jeta” listo, un tipo con la cara más dura que la esfinge de Keops, un personaje que en un país de cobardes como éste ha sabido llevar hasta sus últimas consecuencias aquel dicho de Carlos Solchaga de que “en España, quien cita al bicho, echa la pata palante y aguanta la embestida, sale a hombros…” Ocurre que nuestro valiente ¡torero, torero, torero! se ha “pasao” de listo y, convencido de la mansedumbre del animal, ha arriesgado  tanto que ha recibido del cornudo moribundo tres cuchilladas tres en vena que pueden llevarlo directamente al hospital y sin “puñetas”, desde luego lejos de la judicatura, ocasión pintiparada para que el magnífico vuelva a la política, de la que en realidad nunca salió, dispuesto a rescatar “gratis total” al Partido Socialista de sus desdichas.   Como el personaje sabe lo que pienso, aprovechó la publicación de uno de sus libros fabulados para tomarse la revancha o intentarlo, calificando de “venales” a “señores como Federico Jiménez Losantos, Jesús Cacho y otros de igual calaña…” Naturalmente acudí a los tribunales. Losantos, también. Por divertirme, puesto que bien sabía que era imposible lograr una condena contra el mirlo. Lo pasó mal. Tan preocupado se mostró Don Balta con aquella querella, tan difícil hubiera tenido rehuir la condena en un país donde la Justicia funcionase como tal, que en las semanas previas a la vista oral me envió una serie sucesiva de intermediarios –un mando del Cuerpo Superior de Policía; un conocido financiero madrileño, y hasta un distinguido colega periodista- para pedirme un arreglo extrajudicial (“¿No se puede arreglar esto de otro modo...?”). Su última oferta, no exenta de morbo, consistía en publicar un texto a medias en El Confidencial, del que yo era entonces director, reconociendo que “no era un periodista venal”.La vista oral, celebrada en Barcelona, resultó una farsa, como era de prever visto el arrobo que el noble porte de Garzón provocó en su extasiada colega, la juez Silvia López. El episodio tiene una lectura muy simple, y no es otra que la constatación de que este personaje que ha paseado por el mundo su cartel de perseguido por los “fachas” jueces españoles, todos “fachas”; este héroe incomprendido que ha sido capaz de recusar a dos tercios de los magistrados del Supremo porque le tienen “manía”; este Capitán Trueno de la Justicia, se pasa, en fin, la ídem por el arco del triunfo cuando se trata de la Justicia de los demás, la Justicia de los otros, la Justicia del común de los mortales. A pesar de que los Cebrianeshan vuelto, as usual, a sacar sus tanques mediáticos a la calle para defender al falsario, espero que los jueces del Supremo sean capaces de separarle de una vez por todas de la carrera judicial. Es una cuestión de higiene democrática. Se trata de poner la primera piedra al edificio de la regeneración de nuestra mancillada Justicia. Y que nadie se preocupe por el Campeador: una brillante carrera le espera aún en Hollywood.