La soledad era esto: La chica de la fábrica de cerillas (Tulitikkutehtaan tyttö, Aki Kaurismäki, 1990)

Publicado el 22 enero 2024 por 39escalones

Tercera entrega, tras Sombras en el paraíso (Varjoja paratiisissa, 1986) y Ariel (1988), de la llamada «Trilogía del proletariado» del finlandés Aki Kaurismäki, la película se abre con un pequeño documental acerca del mecanizado proceso de fabricación de las cerillas, prácticamente automatizado al completo a excepción del momento de la revisión del empaquetado y el embalaje, fase de la producción supervisada por Iris (Kati Outinen), una muchacha triste y solitaria que vive junto a su indiferente madre (Elina Salo) y su hostil padrastro (Esko NIkkari), a los que ayuda a mantener con su sueldo, en una humilde y angosta vivienda de un polígono industrial. Su vida está tan deshumanizada y transcurre tan monótona y en serie como el laberinto motorizado gracias al cual se fabrican los fósforos, desde el «afeitado» del grueso tronco de un árbol hasta la ordenación de las cajetillas en las baldas preparadas para su distribución. Ella misma, Iris, es igualmente una cerilla: su figura espigada y su piel blanca se coronan por una cabellera dorada, como de cerilla encendida. Una luz que nadie parece querer o apreciar, y que, castigada por una soledad opresiva y desesperanzada, empeñada en apagarla, finalmente se tornará cegadora. El único momento de expansión y búsqueda de relaciones personales para Iris son las noches y el fin de semana, cuando acude a las salas de baile en busca de pareja, aunque la suerte nunca le sonríe.

Con apenas sesenta y ocho minutos de duración, la película atesora una riqueza formal y temática de lo más compleja bajo su aparente sencillez construida a base de planos fijos. La narración transcurre por los temas y motivos visuales corrientes en el cine de Kaurismäki: extrarradios de una ciudad, entorno industrial, bares, restaurantes, salas de baile donde corren el alcohol y el tabaco, cines, tranvías, tiendas de barrio, pequeños negocios y apartamentos y casas humildes, propias de la extracción obrera, y televisores y radios que vomitan las noticias, generalmente de índole internacional, que justifican una mirada pesimista sobre el mundo (en este caso, las revueltas de Tiananmén, la caída del bloque comunista europeo, cataclismos y catástrofes varios…). El extremado hieratismo en las interpretaciones tiene su correspondencia con el laconismo de las conversaciones y la austeridad de los movimientos. La música, también como de costumbre, combinación de tangos en lengua finesa y clásicos de la música norteamericana, ayuda, a través de las letras de las canciones, a hacer progresar la acción, completando acciones y pensamientos de los personajes y contribuyendo así a la destilada forma de narrar del cineasta finlandés, de una economía y precisión envidiables y que, a través de un cine directo y sencillo, despojado de pretensiones formales, contiene una riqueza a priori impensable. Así, en un metraje tan breve caracterizado por la extrema economía de los diálogos, el tono de la película pasa del drama social y personal (mujer solitaria que busca emanciparse de su horrible familia por medio del hallazgo del amor -fantasía que cultiva leyendo best-sellers y sagas de novelas románticas durante sus viajes en tranvía al trabajo-) hacia una crisis derivada de una situación de desamor -originada en el personaje de Aarne (Vesa Vieriiko), el típico yuppie, empleado de una gran empresa, al que le resbala cualquier circunstancia que afecte a algún elemento de clase inferior, excepto para acostarse con Iris; perspectiva de crítica social igualmente habitual en las películas de Kaurismäki-, y finalmente desemboca en una espiral cercana al sentimiento de venganza o resentimiento generalizado propia de algunos criminales en masa o en serie.

La marca de fábrica de Kaurismäki, la dureza de base de las historias alternada con un socarrón y siniestro manejo del humor negro, la sobriedad formal y la deliberada inexpresividad de los intérpretes para acentuar la perspectiva deshumanizada que el director aplica a su visión de la vida moderna, encuentra en esta película uno de sus mayores y mejores exponentes. Sin embargo, el entramado que el director, también responsable del guion, elabora con los aparentemente escasos mimbres de los que parte, configura un tejido complejo y variado que incluye la incomunicación, las relaciones de pareja, el amor y el desamor, la explotación como herramienta básica del sistema capitalista, el anonimato en una gran ciudad, el abuso y el desprecio al que las clases bajas son sometidas por las más altas, el aborto y la planificación familiar, la venganza y el crimen como única salida para superar una situación de desesperación, el deterioro de la salud mental, y la violencia y la crueldad como resultado del exceso de presión económica y social. Gelidez formal y tristeza emocional como muestra del mundo en que vivimos y advertencia para el porvenir.