La tortilla española

Por Juanantoniogonzalez

Lunes de vendetta


El publicista ha conseguido su objetivo: de nuevo he fijado mi atención.


Ignoro si los anuncios son los actores secundarios de los programas televisivos, o los protagonistas de la programación diaria de las televisiones de este país. En estos días de asueto estival y descanso interrumpido por un agosto habilitado por un ministerio de justicia e injusticias, ando revuelto con la letra pequeña de los veinte segundos que se cuelan de espacio publicitario y que interrumpe, como buen polizón, el mejor momento de una serie nacional que me ayuda a conciliar la siesta.

Después de un sueño efímero y una tarde de lectura, a pocos minutos de preparar la cena con el fuego apócrifo de la vitrocerámica, las sartenes dispuestas y la mise en place que no es un mènage a trois, vuelve ese anuncio de una tortilla española que dice estar elaborada con huevos camperos de gallinas en libertad. El publicista ha conseguido su objetivo: de nuevo he fijado mi atención. Pero lo siento mucho, algo falla en la publicidad cuando en este momento no recuerdo el nombre comercial de ese producto tan típico en las barras de los bares y en los tupper de bañistas domingueros que este año se distancian en las arenas secas de las playas.

Me meto de lleno en la cocina. Observo el color de los huevos antes de que mi tortilla francesa se convierta en un revuelto, por aquello de que el malabarismo con la sartén se haya visto alterado por un mensaje de whatsapp. Alguien ha compartido en uno de esos grupos de nombre impronunciable una noticia de última hora: “Cayetana ha cometido otra cayetanada”.

Mientras remuevo ligeramente los tres huevos con la destreza de un buen tenedor y plato hondo, compruebo que son camperos a buen seguro, porque están teñidos de ese amarillo que no hace mucho algunos enarbolaron como signo de libertad. Aunque para mí ese color lo que me trae es la felicidad de ver al Cádiz jugando el próximo año en primera.

Remuevo los huevos lo necesario para que no pierdan jugosidad y les falte gracia al paladar de mis comensales. Mientras lo aparto del fuego atemperado de una cocina sin llama, pienso en esas gallinas en libertad que han permitido que esta noche degustemos con la distancia debida y medidas de seguridad, a este fracaso de tortilla de huevos nacidos de unas aves que corretean libres por el campo.

Los invitados han comenzado a llegar. Unos comentan la jugada de Cayetana. Otros hablan de un tal Bosé, que tiene que ser algo así como el asesor de un comité expertos de ese grupo que niega la gravedad de la situación que estamos viviendo.

La mesa está puesta. Mis invitados están sentados, preparados para engullir viandas, aperitivos, bebidas y algún licor en esta noche de verano. Pero antes de bendecir la cena pido excusas a mis comensales cuando pongo este revuelto de huevos llegados de la libertad y libertinaje. Pido disculpas porque después de ser testigo de otra cayetanada, escucho a Bosé y me recuerda que los dos juntos son muy parecidos a aquel otro que también proclamó la libertad como bandera; y la casualidad hace que los dos extremos no sólo compartan el apellido de Toledo, sino la habilidad para montar un buen espectáculo.

Este mènage a trois de abanderados no sé hasta qué punto han reflexionado en algún momento sobre el verdadero significado de la palabra Libertad, pero alguno estará pensando que lo importante es lo importante y es si nos gusta más la tortilla con cebolla o sin ella.

Como esta noche me he quedado sin patatas, prefiero el revuelto con acelgas a la tortilla francesa.