A pesar de todo, el otro día, la aventura de las letras me llevó a dotar a uno de mis personajes de la capacidad de transformarse en libro, y no solo eso, pues mi protagonista quiso que en cada uno de sus brazos se pudiera leer el inicio de El Quijote de la Mancha. Este experimento nacido de un encargo, que el caprichoso destino dejó en mi cuenta de correo, hizo posible que a mi personaje le crecieran letras en su cuerpo, y que en su brazo derecho se pudiera leer: En un lugar de la Mancha; y en su brazo izquierdo: de cuyo nombre no quiero acordarme. Mi hombre libro, de esa forma, quiso reconciliarse con mi aciago destino de lector fracturado en los avatares del tiempo. Esa es mi última experiencia vital y literaria con el insigne caballero, capaz de enfrentarse al gigante Briareo sin miedo a la muerte; una entelequia difícil de entender para todos, excepto para él, pues ese monstruo en forma de molino de viento, cuyas grandes aspas en él tenían el efecto de unos brazos a los que tener que vencer cual héroe que nunca fue llamado a serlo, son el símbolo de lo posible dentro de lo imposible, lo que me lleva a preguntarme: ¿hay algo más quijotesco hoy en día que ese personaje a la vez loco y cuerdo? Ahí está su grandeza, en su capacidad para inmiscuirse en las podredumbres del ser humano y de esa forma atisbar y proporcionar algo de luz en el otro, en un efecto espejo digno de alabar. Ángel Silvelo Gabriel
Lo quijotesco en el día que se han encontrado los huesos de don miguel de cervantes saavedra: dibujando letras con las que desfacer entuertos
Por Asilgab @asilgabA pesar de todo, el otro día, la aventura de las letras me llevó a dotar a uno de mis personajes de la capacidad de transformarse en libro, y no solo eso, pues mi protagonista quiso que en cada uno de sus brazos se pudiera leer el inicio de El Quijote de la Mancha. Este experimento nacido de un encargo, que el caprichoso destino dejó en mi cuenta de correo, hizo posible que a mi personaje le crecieran letras en su cuerpo, y que en su brazo derecho se pudiera leer: En un lugar de la Mancha; y en su brazo izquierdo: de cuyo nombre no quiero acordarme. Mi hombre libro, de esa forma, quiso reconciliarse con mi aciago destino de lector fracturado en los avatares del tiempo. Esa es mi última experiencia vital y literaria con el insigne caballero, capaz de enfrentarse al gigante Briareo sin miedo a la muerte; una entelequia difícil de entender para todos, excepto para él, pues ese monstruo en forma de molino de viento, cuyas grandes aspas en él tenían el efecto de unos brazos a los que tener que vencer cual héroe que nunca fue llamado a serlo, son el símbolo de lo posible dentro de lo imposible, lo que me lleva a preguntarme: ¿hay algo más quijotesco hoy en día que ese personaje a la vez loco y cuerdo? Ahí está su grandeza, en su capacidad para inmiscuirse en las podredumbres del ser humano y de esa forma atisbar y proporcionar algo de luz en el otro, en un efecto espejo digno de alabar. Ángel Silvelo Gabriel