En esta historia se narran las vicisitudes de dos mexicanos ilegales trabajando en los USA, es decir dos seres al borde de todo, que no son otra cosa que animales sobreviviendo. No hay principio, no hay final, no hay moraleja. Sólo un fragmento de esas vidas. Próximo al documental por movilidad de la cámara y por los diálogos de calle, toda la historia tieneese sabor inconfundible de la cotidianidad. Hacer cercana la historia, casi olerla, es un objetivo evidente de este director, nada dado a elucubraciones sicodélicas o flipantes como sí es el caso de Reygadas.Hay que hacer este cine, alguien tiene que hacerlo. El cine no puede permanecer ajeno a la brutalidad que se vive en la sociedad mexicana y al inhumano trato que se teje entre México y USA en su frontera común. Tan brutal y tan inhumano que cualquier escena que estos directores se puedan imaginar casi siempre se queda chica al lado de las realidades que se pueden ver en los noticieros cada cierto tiempo. Cada muy poco cierto tiempo. Alguien tiene que contarlo, aunque sólo sea en descargo de todos los seres humanos que perecen trituradosante la implacable dinámica que impone la sociedad de consumo que en estas historias ni tan siquiera aparece, pues en primer plano está su antecesora, la sociedad de la supervivencia. Para que nos hagamos una idea de la inútil batalla que libran la mayoría de estos personajes.Así que aunque sólo sea por eso bienvenidas estas películas.La escena final de la película es un estupendo colofón a ese ejercicio de reflexión e interpretación a que nos somete Amat Escalante en cada uno de sus planos cortos de rostros entre ensimismados y abducidos o en los largos, en los que nos da tiempo a tragar lo que va pasando. Tragar, no digerir.
"Los bastardos" de Amat Escalante (2008)
Publicado el 22 diciembre 2017 por Miguel Angel Requejo Alfageme @MiguelARAlfagemEn esta historia se narran las vicisitudes de dos mexicanos ilegales trabajando en los USA, es decir dos seres al borde de todo, que no son otra cosa que animales sobreviviendo. No hay principio, no hay final, no hay moraleja. Sólo un fragmento de esas vidas. Próximo al documental por movilidad de la cámara y por los diálogos de calle, toda la historia tieneese sabor inconfundible de la cotidianidad. Hacer cercana la historia, casi olerla, es un objetivo evidente de este director, nada dado a elucubraciones sicodélicas o flipantes como sí es el caso de Reygadas.Hay que hacer este cine, alguien tiene que hacerlo. El cine no puede permanecer ajeno a la brutalidad que se vive en la sociedad mexicana y al inhumano trato que se teje entre México y USA en su frontera común. Tan brutal y tan inhumano que cualquier escena que estos directores se puedan imaginar casi siempre se queda chica al lado de las realidades que se pueden ver en los noticieros cada cierto tiempo. Cada muy poco cierto tiempo. Alguien tiene que contarlo, aunque sólo sea en descargo de todos los seres humanos que perecen trituradosante la implacable dinámica que impone la sociedad de consumo que en estas historias ni tan siquiera aparece, pues en primer plano está su antecesora, la sociedad de la supervivencia. Para que nos hagamos una idea de la inútil batalla que libran la mayoría de estos personajes.Así que aunque sólo sea por eso bienvenidas estas películas.La escena final de la película es un estupendo colofón a ese ejercicio de reflexión e interpretación a que nos somete Amat Escalante en cada uno de sus planos cortos de rostros entre ensimismados y abducidos o en los largos, en los que nos da tiempo a tragar lo que va pasando. Tragar, no digerir.