Todo esto viene a cuento del deslumbramiento que está provocando entre crítica y audiencias Valor sentimental (2025), igual que sucedió con La peor persona del mundo (2021), del mismo Trier y con la misma actriz protagonista. Y no es que estemos ante un nuevo caso de cine sobrevalorado, al contrario, se trata de un filme bien centrado en su objetivo, que despliega sus escenas sin excursos, recreaciones, provocaciones ni cambios bruscos. Valor sentimental es un filme valiente, directo y sensible que ahonda en uno de nuestros temas favoritos: la apología del bienestar familiar, con su inabarcable catálogo de conflictos y atrofias, capaz de proporcionar grandes oportunidades a la ficción (sentimentaliode o no). Un guión en el que resuenan con fuerza los ecos de un ilustre precedente: Sonata de otoño (1978), del mismísimo Bergman, con la interpretación (en lugar de la música) como motivo de fricción y el conflicto padre hija como zona cero del drama.
Nada que objetar al desarrollo dramático o a la complejidad verosímil de los personajes, ni siquiera a la elección final para cerrar la película, con esa casi obligada carga simbólico-paradójica que tanto encandila a los aficionados. Desde mi punto de vista, Valor sentimental desmenuza un mundo y unas relaciones tóxicas en los que la ficción ya lo ha dicho casi todo; así que Trier ha optado por rizar el rizo y concluir que, precisamente a pesar de todo el dolor, las decepciones y los fracasos, en esta clase de enfrentamientos, la solución es meter más ficción, la única capaz de curarlo todo y, si no lo hace, al menos recubre todo lo penoso con una capa de dignidad que hasta podría servir como legado. En corto y claro: si lo nuestro no funciona, no lo hagas por mí, al menos hazlo por la ficción (aka: no te quedes por mí, quédate al menos por los museos...). Qué más da si con ello desvirtúas toda la coherencia dramática con la que has construido la película. La ficción, ay la ficción...