Sin duda, todos cometemos errores, pero, que pasa cuando los profesionales los cometen hacia los demás, es decir, una carta mal escrita, una traducción mal hecha, pueden ayudar a crear confusión o a colaborar con la ignorancia.
Está claro que hay de todo como en todos lados, claro, tú que te crees, la carne viene con hueso. Hay hosteleros buenos, hosteleros mediocres… pero luego están los que creen que su restaurante es “una experiencia gastronómica” porque sirvieron un brunch con aguacate y pusieron luces de neón.
Si tienes un local, una barra o un food truck con pretensiones, léelo. Si no, también, que nunca se sabe cuándo pecarás sin darte cuenta.
La lista larga es muy larga, créeme, pero te dejo Los “Pecados Capitales” de la hostelería moderna, los que más se repiten y más duelen al cliente (y a cualquiera con dos papilas gustativas activas):
Cartas mal traducidas
Se dice que la comida entra por la vista, no te digo nada si al leer el menú lo ves mal escrito. El clásico “Octopus to the fair” queriendo decir “pulpo a feira” o “broken eggs” para referirse a unos huevos fritos llamado “huevos rotos”, o el surrealista, el no va más de la traducción… “cocaine tail”, no hará falta que traduzca esto, ¿Verdad?
Esto solo por mencionar un par de ejemplos, ya que para este tema, tenemos para un post o dos.
Pues ejemplos como estos, cada verano siguen acechando a los turistas que lloran sangre ante menús traducidos por Google Translate y la confianza excesiva en “mi cuñada, que vivió en Londres”… 12 días.
No cuesta tanto invertir en una traducción profesional, pero claro, si el primo del dueño sabe “inglés básico”, pues… así nos va.
Menús kilométricos
Carta con 78 platos, 9 tipos de pasta, sushi, hamburguesas, pollo asado, paella y curry tailandés. Amigo, aquí se te tiene poner malo algo de esta comida, ¡Seguro!
Si en tu menú hay sushi, pizza, paella, hamburguesas y tacos, no tienes restaurante: tienes ansiedad culinaria o un mercadillo de saldos.
No respetar las recetas originales
Ponerle nata al risotto, hacer la carbonara con beicon, chorizo a la paella o kétchup al sushi. Sí, lo sabemos, “a la gente le gusta así”. Pero también les gusta el reguetón y no por eso todo tiene que tener autotune, ¿Lo pillas? Hay cosas que deberían estar penadas por la ley de Denominación de Origen divina.
Ya no te digo nada cuando escriben mal los platos de su carta, y no, no son erratas, los propietarios están convencidos que así se escribe, esto tiene mucho que ver con lo de las traducciones de carta, están muy vinculadas, ¡ay! Cuanto daño hacen al ojo las “gyozas”, no saben ni escribirlo y van a saber cocinarlo, ¡paar favaaar!
Falta de coherencia entre cocina y sala
La cocina va por un lado, la sala por otro. Platos fríos, tiempos eternos, camareros desinformados. Un restaurante es como una orquesta: si el camarero no sabe qué lleva el plato, apaga y vámonos.
Siempre han existidos rivalidades entre estos dos grupos en la hostelería, un servidor, que ha trabajado en ambos “bandos” se dio cuenta de que lo más curioso es que ambos se tratan de tontos el uno al otro, cuando no es de inútil para arriba, es peor. Lo que no saben, bajo la eterna discusión de que grupo es el más importante, ninguno de ambos da su brazo a torcer, cuando aquí, el que más importa, es el cliente.
Decoración sin alma (o de catálogo chino)
O todos con las mismas bombillitas Edison y palés reciclados. O el otro extremo: neones chillones y sofás de terciopelo “Instagram friendly”. El ambiente debe invitar a quedarse, no parecer un decorado de reality.
También está el caso del “minimalismo”, lo que se interpreta como “sin acabar de hacer”. El ambiente creado por la distribución, el decorado, mobiliario, colores… todo ello es importante para dar sensación de calidez, de comodidad, incluso los aromas de las instalaciones, hay empresas que trabajan los aromas para inducir subliminalmente a los clientes a consumir más, científicamente probado.
No cuidar los márgenes (ni los precios)
O se cobra de menos y el negocio se hunde, o se cobra de más y el cliente no vuelve. El equilibrio está en ofrecer valor, no en ponerle “espuma de” o “deconstruido” a todo.
Muchos establecimientos de comida “sencilla”, quiero decir, de toda la vida o aquella que uno puede cocinarse en casa, creen que ponerle un trozo de Foie gras ya pueden cobrar lo que sea.
Te dicen: “es que tiene fuá, ahora es gourmet”. hacer esto en una arrocería, una hamburguesería… no tiene sentido, esa comida ya estaba buena cuando al iluminado de turno se le ocurrió este ejercicio, todo un despropósito.
Carta de vinos sin criterio
Vinos sin sentido, marcas por compromiso o todo a granel. Un vino mal elegido puede cargarse un plato. Un vino bien elegido puede salvar el servicio. Pero hay que saber explicarlo.
Conocemos el “viejo truco” del vino de la casa, que en lugar de poner un buen vino con un precio en el que todos ganan, solo ponen el más barato o aquel en el que gana, solo es el propietario del local.
Se nota una carta de vinos deficiente cuando el dueño del restaurante es el cocinero. Deje ese trabajo a un profesional, no pretenda hacerlo todo, sobre todo si no sabe del tema, y ni que decir de sus menús.
Todos los alimento con D.O., caseros, perfectos, todo sin fisura, hasta que llegas al vino, que si pescado de anzuelo de pesca sostenible, producto de primera, de kilómetro cero, con Denominación de Origen Protegida, tal o cual ingrediente “silvestre”, pero el vino, ay! El vino, el más barato… el del súper, de ese que no sirve ni para envinar la copa. ¡que frascazo!
Falta de presencia digital o redes cutres
Fotos pixeladas, perfiles abandonados o comentarios sin responder. En 2026, no tener buena comunicación digital es como no tener baño. Y ojo, TikTok y LinkedIn no son lo mismo.
En ocasiones, no está mal que restaurantes que parecen “inalcanzables” sean más cercanos, aunque sea a través de sus redes, pero tampoco es plan que el dueño o el cocinero te cuente su vida, como cuando ponen fotos suyas jugando con su perro en el jardín, o ellos mismos cenando en un restaurante en su viaje de vacaciones a Praga, para eso están las cuentas personales.
Pero este terreno es pantanoso, es cierto que hay restaurantes que solo necesita la información básica, horarios y dónde están y como contactar con ellos, punto… com.
Personal mal formado (o desmotivado)
Camareros sin saber qué comida o bebida sirven, cocineros quemados, dueños ausentes, y no hablo de presencia física. El cliente percibe la energía del lugar, sí amigo, los tiburones huelen la sangre, y si la plantilla está harta, el plato lo grita.
No hay nada como ser un grupo unido… un nido de ratas (chascarillo necesario para reducir tensión en un tema tan escamoso).
“El que cree que cuesta caro un profesional, no sabe lo caro que cuesta un incompetente” frase que se dice decía el gran Warren Buffett, sobre todo hoy, que se encuentran clientes como mucha información y amantes preocupados de la gastronomía y que les gusta saber lo que consumen.
Falta de autenticidad
Copiar lo que hace el vecino, sin identidad ni historia. Los clientes de hoy buscan experiencias reales, no clones de moda. Si tu bar no tiene alma, da igual el logo o la vajilla.
Repite y repite por moda, como todos tienes este plato o aquel otro, no importa si no sabemos hacerlo, es caso es tenerlo. Craso error, ya puestos, ponte a cantar reguetón también, total.
Sí, todos hemos pecado. Pero siempre uno se puede confesar, mejorar y salir redimido. Porque al final, la hostelería no va de vender comida, va de contar historias con sabor, y esas amigo, no se improvisan ni se copian. Se cocinan con cabeza, corazón… y un poquito de mala leche.