Místicos del Espíritu y del Músculo

Por Peterpank @castguer

Como productos de la separación entre el alma y el cuerpo del hombre, surgieron dos tipos de maestros de la Moralidad de la Muerte: los místicos del espíritu y los místicos del músculo, a quienes llamáis los espiritualistas y los materialistas, los que creen en consciencia sin existencia y los que creen en existencia sin consciencia. Ambos demandan la sumisión de tu mente, el uno a sus revelaciones, el otro a sus reflejos. Sin importar cuánto se afanen en los papeles de antagonistas irreconciliables, sus códigos morales son iguales, y así lo son sus objetivos: en materia: la esclavitud del cuerpo del hombre; en espíritu: la destrucción de su mente.

El bien, dicen los místicos del espíritu, es Dios, un ser cuya única definición es que está más allá del poder del hombre de concebir, una definición que invalida la consciencia del hombre y anula sus conceptos de existencia. El bien, dicen los místicos del músculo, es la Sociedad, una cosa que ellos definen como un organismo que no posee forma física, un super-ente encarnado en nadie en particular y en todos en general excepto en ti. La mente del hombre, dicen los místicos del espíritu, debe estar subordinada a la voluntad de Dios. La mente del hombre, dicen los místicos del músculo, debe estar subordinada a la voluntad de la Sociedad. El criterio de valor del hombre, dicen los místicos del espíritu, es el placer de Dios, cuyos criterios están más allá del poder de comprensión del hombre y deben ser aceptados por fe. El criterio de valor del hombre, dicen los místicos del músculo, es el placer de la Sociedad, cuyos criterios están más allá del derecho a juzgar del hombre y deben ser obedecidos como un absoluto primario. El objetivo de la vida del hombre, dicen ambos, es convertirse en un esperpento delirante, sirviendo un propósito que él no conoce, por razones que no debe cuestionar. Su recompensa, dicen los místicos del espíritu, le será dada más allá de la tumba. Su recompensa, dicen los místicos del músculo, le será dada en la tierra – a sus tataranietos.

El egoísmo – dicen ambos – es el mal del hombre. El bien del hombre – dicen ambos – es abandonar sus deseos personales, negarse a sí mismo, renunciarse a sí mismo, entregarse; el bien del hombre es negar la vida que vive. El sacrificio – gritan ambos – es la esencia de la moralidad, la mayor virtud al alcance del hombre.
Los místicos del espíritu declaran que ellos poseen un sentido extra del que tú careces: este sexto sentido especial consiste en contradecir la totalidad del conocimiento de los cinco tuyos. Los místicos del músculo ni se preocupan con afirmar que tienen una percepción extrasensorial; ellos simplemente declaran que tus sentidos no son válidos, y que su sabiduría consiste en percibir tu ceguera a través de algún tipo de medio no especificado. Ambos exigen que invalides tu propia consciencia y te sometas a su poder. Ellos te ofrecen, como prueba de su conocimiento superior, el hecho de afirmar lo contrario de todo lo que tú sabes, y como prueba de su habilidad superior para lidiar con la existencia, el hecho de conducirte a la miseria, el auto-sacrificio, la inanición, la destrucción.

Aseguran percibir una forma de ser superior a tu existencia en este mundo. Los místicos del espíritu lo llaman “otra dimensión”, que consiste en negar las dimensiones. Los místicos del músculo lo llaman “el futuro”, que consiste en negar el presente.

¿Cuál es la naturaleza de ese mundo superior al cual ellos sacrifican el mundo que existe? Los místicos del espíritu maldicen la materia, los místicos del músculo maldicen el beneficio. Los primeros desean que los hombres se beneficien renunciando a la tierra, los segundos desean que los hombres hereden la tierra renunciando a todo beneficio. Sus mundos no-materiales, no-beneficio son reinos donde los ríos corren con leche y café, donde el vino brota de rocas cuando lo ordenan, donde pasteles descienden sobre ellos desde las nubes al precio de abrir sus bocas. En este mundo material, buscador de beneficios, una enorme inversión de virtud – de inteligencia, integridad, energía, habilidad – se necesita para construir un ferrocarril para transportaros la distancia de un kilómetro; en su mundo no-material, no-beneficio, ellos viajan de planeta en planeta por el costo de un deseo. Si una persona honesta les pregunta: ¿Cómo? – ellos responden con aire de ofendido desprecio que un “cómo” es un concepto de vulgares realistas; el concepto de espíritus superiores es “De algún modo”. En esta tierra restringida por la materia y el beneficio, las recompensas se logran con el pensamiento; en un mundo liberado de tales restricciones, las recompensas se logran deseando.

Y ése es todo su escuálido secreto. El secreto de todas sus filosofías esotéricas, de todas sus dialécticas y super-sentidos, de sus miradas evasivas y palabras amenazadoras, el secreto por el que destruyen civilización, lenguaje, industrias y vidas, el secreto por el que perforan sus propios ojos y tímpanos, pulverizan sus sentidos, arrasan sus mentes, el objetivo por el que disuelven los absolutos de razón, lógica, materia, existencia, realidad – es erigir sobre esa niebla plástica un único y sagrado absoluto: su Deseo.

Durante siglos, los místicos del espíritu han proclamado que la fe es superior a la razón, pero no se han atrevido a negar la existencia de la razón. Sus herederos y fruto, los místicos del músculo, han completado su trabajo y alcanzado su sueño: proclaman que todo es fe, y lo llaman una rebelión contra el creer. Como rebelión contra afirmaciones no demostradas, proclaman que nada puede ser demostrado; como rebelión contra el conocimiento sobrenatural, proclaman que ningún conocimiento es posible; como rebelión contra los enemigos de la ciencia, proclaman que ciencia es superstición; como rebelión contra la esclavitud de la mente, proclaman que la mente no existe.