Reconozco la dificultad de definir que es la felicidad en general y, aún más, qué es la felicidad para un niño. En los Estados Unidos incluyeron la búsqueda de la felicidad como uno de los derechos fundamentales en su Declaración de la independencia, equiparada con el derecho a la vida y a la libertad. No es exactamente lo mismo que el derecho a ser felices, posiblemente porque la verdadera felicidad está en la búsqueda.
El antropólogo que llevo dentro me indica que, como con tantas otras cosas, la felicidad es un concepto con una enorme carga cultural. Cada cultura va a tener una visión propia de la felicidad. De ahí que hacer un estudio comparativo multinacional, siendo un esfuerzo más o menos encomiable, muy probablemente yerra el tiro y difícilmente va a poder establecer criterios objetivos. Seguro que el psicólogo que tengo sentado al lado me indicaría algo parecido: las diferencias con que las distintas personalidades entienden y aceptan lo que les depara la vida.
Relacionarlo con aspectos puramente materiales como ropa buena, televisión o un automóvil en la familia, parece mucho más disparatado, aunque eso sea lo que la revista Quartz destaca en su noticia. Y es que, claro, se trata de una revista de negocios.
Por eso, quien quiera entender algo, mejor que se lea las 150 páginas del estudio enlazado más arriba de la Fundación Jacobs, que abarca muchos otros aspectos del bienestar de los niños, que es algo diferente y probablemente más concreto que su felicidad.
En cualquier caso, los que nos ocupamos de los niños sí que tenemos la obligación perseguir, de buscar la felicidad de los niños por todos los medios a nuestro alcance.
X. Allué (Editor)