No soy

Por Chocobuda

No es necesario trepar a las cumbres inhabitadas
ni sepultar el corazón en el silencio de las rocas.
La liberación no aguarda al final de una fuga.
Tampoco está en el misticismo mentiroso
de un ego hambriento de más.

En el zafu el cuerpo se aquieta como una montaña antigua.
La columna se yergue hacia el cielo sin esfuerzo,
la respiración desciende y se vuelve transparente.

Sentado como las montañas,
el oleaje del pensamiento se disuelve en su propio manantial.
Una mente sin orillas, despierta y en calma,
que no persigue sombras ni rechaza el polvo del mundo.
Eco de dolor, vestigios de mil historias.
No soy.

Es una vasta pausa del ser,
se revela el fulgor que no se extingue
la Luz Dorada de Amida Buda,
infinita y serena,
que abraza cada fatiga, cada paso errante,
sin exigir purezas imposibles.

Barrer el patio cubierto de hojas secas,
partir el pan de la mañana,
sostener la mirada atribulada del prójimo.
Preguntar su nombre y honrar su presencia.
¿Estás ante el Buda?

Abrazar la vida. Amar a todos los seres.
¿Qué ha dicho el viejo barbudo?
Danzamos en la danza del cosmos siendo música,
siendo uno, siendo silencio en vacuidad.
Ser parte de solo esto, en este instante
y no hay nada más.

Frente a la pared abro mis ojos de fuego,
observo el aire llenarme y jugar conmigo.
La mente arde, se revuelca y me azota
para solo unirse al aire de nuevo.
Son nueve años en un latido.

No soy, no estoy, no tengo tiempo.
En ningún lugar, sin nación pero omnipresente.
Sin nombre navego con la bandera del Dharma.
No hay nada pero somos todo lo que es.

La crema de la compasión no habita en un paraíso lejano;
desciende e impregna el cuenco de barro cotidiano.
En el centro mismo del instante que fluye,
la quietud sentada y la luz sin límites
son una sola respiración,
donde la vida ordinaria se despoja de toda ilusión.

Donde no soy.