La Catedral de Burgos acoge Picasso. Raíces bíblicas, la primera exposición monográfica del artista en una catedral española. Cuarenta y cuatro obras procedentes en su mayoría de la colección de su nieto Bernard Ruiz-Picasso revelan cómo Pablo Picasso (Málaga, 1881 – Mougins, 1973), aun declarándose ateo, nunca dejó de dialogar con la iconografía cristiana que heredó de su infancia española.
Pablo Picasso fotografiado por Ricard Canals i Llambí, París, 1904.
A todos aquellos que quieran profundizar en la creatividad polifacética de la figura de Pablo Picasso (Málaga, 1881 – Mougins, 1973), uno de los “monstruos sagrados” de nuestro arte, no puedo dejar de recomendarles que visiten la exposición Picasso. Raíces Bíblicas. Más de cuarenta obras del artista se despliegan por la Sala Beato Valentín Palencia de la Catedral de Burgos. Una muestra en la que subyace la huella de la iconografía cristiana y, con ella, el peso de nuestra tradición occidental y las raíces de un Picasso que nunca dejó de dialogar con esa herencia cultural, aunque en su edad adulta se declarara ateo.
Lo más extraordinario de esta visita, en la que la modernidad y la tradición se entremezclan, es tener la posibilidad, además, de recorrer una de las más fastuosas catedrales españolas de arquitectura gótica, cargada de simbolismo religioso y declarada Patrimonio de la Humanidad.
Este simbolismo religioso es el que aflora en las obras del indiscutible genio del siglo XX presentes en la muestra, atravesadas por signos cristianos como la crucifixión, la piedad, el sacrificio o la Virgen con el Niño. Una de las obras centrales de la exposición, Maternidad (1921), es un retrato de su esposa Olga Khokhlova con su hijo Paulo en brazos, como evocación de la maternidad bíblica de la Virgen María. Picasso consigue elevar una imagen íntima y cotidiana a prototipo ideal de lo femenino, del amor y de lo sagrado. La gran mayoría de las obras proceden, precisamente, del nieto de Pablo y Olga, Bernard Ruiz-Picasso, a través de la colección privada que comparte con su mujer, Almine Rech, en la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte.
Pablo Picasso, Maternité (Maternidad), Fontainebleau, verano de 1921. Óleo sobre lienzo, 162 × 97 cm. Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte, Madrid.
La relación entre Picasso y Olga Khokhlova comenzó en 1917, en Roma, mientras él trabajaba para los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev y ella era una de sus bailarinas. Olga representaba un mundo contrario al carácter indómito de Picasso. La disciplina, la elegancia, los salones y la vida social que ella trasmitía le fascinaron. Se casaron en 1918 y, durante esos años, su pintura se volvió más clásica. Esta armonía en los lienzos, con el paso del tiempo, se fue desgastando al mismo tiempo que lo hizo la relación entre ambos. Olga aparece cada vez más rígida, más distante.
Pablo Picasso, Portrait d’Olga dans un fauteuil (Olga en una butaca), 1917-18. Óleo sobre lienzo, 130 × 88,8 cm. Musée national Picasso-Paris.
Volviendo a la exposición, la relación con lo sagrado es algo natural, pues Picasso creció en una España profundamente católica, donde las imágenes religiosas formaban parte del paisaje cotidiano. Las Vírgenes de Gósol, Alonso Cano o Murillo fueron parte de ese imaginario. Aunque su vida adulta transcurrió en gran medida en Francia, esa memoria visual nunca desaparece.
La imagen de la crucifixión atraviesa la obra de Picasso como una forma de expresar el dolor. En 1901, el suicidio de su amigo Carlos Casagemas le sacude profundamente y abre esa fase creativa sombría que será el “periodo azul” (1901–1904). Aquel impacto reaviva además un duelo infantil que nunca terminó de cerrarse: la muerte de su hermana Conchita.
Pablo Picasso, Cristo crucificado, Barcelona, 1896. Óleo y carboncillo sobre papel, 73,5 × 54,4 cm. Museu Picasso, Barcelona. Donación Pablo Picasso, 1970.
De este modo, el cuerpo expuesto, el sacrificio y el sufrimiento llevan a los estudiosos de Picasso a ver en las representaciones de Casagemas casi un Cristo moderno. Décadas después, en Crucifixión (1932), ese imaginario alcanza una intensidad nueva, no tanto como escena religiosa, sino como condensación de angustia, violencia y trascendencia. En muchas de sus obras, la figura del Cristo crucificado aparece deformada, intensificando el dolor humano. Ese mismo lenguaje de cuerpos desgarrados y gestos extremos reaparece en Guernica (1937), donde el sufrimiento deja de ser íntimo para convertirse en tragedia colectiva.
Pablo Picasso, Naturaleza muerta con cráneo y tres erizos, París, 6 de enero de 1947. Óleo sobre lienzo, 60 × 72,5 cm. Museo Picasso Málaga, donación Christine Ruiz-Picasso.
Pablo Picasso, Guernica, París, 1 de mayo – 4 de junio de 1937. Óleo sobre lienzo, 349,3 × 776,6 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.
El “periodo rosa” (1904–1906) suavizó esa gravedad, introduciendo personajes de circo, arlequines y acróbatas, anunciando una ruptura que se consuma en 1907 con Les Demoiselles d’Avignon, una obra clave en la historia del arte occidental, desarrollando el cubismo.
Pablo Picasso, Les Demoiselles d’Avignon, París, junio-julio de 1907. Óleo sobre lienzo, 243,9 × 233,7 cm. Museum of Modern Art (MoMA), Nueva York.
En conclusión, Picasso sigue siendo un artista inagotable porque no se deja encasillar, y al mismo tiempo revolucionó la pintura y cambió nuestra manera de verla. La exposición de Burgos, al poner el foco en su relación con la iconografía cristiana, abre una nueva vía de interpretación y de entender la tradición. El valor reside en que una figura tan destacada y estudiada pueda seguir sorprendiendo con nuevas vías de interpretación. Su capacidad de absorber y transformar influencias de los maestros antiguos, del arte ibérico, de la cultura popular o del arte africano es lo que define su modernidad y desafía cualquier intento de simplificación del genio que fue Pablo Picasso.
Picasso. Raíces bíblicas
Sala Beato Valentín Palencia, Catedral de Burgos
Plaza del Rey San Fernando, s/n. Burgos
Hasta el 29 de junio de 2026
- Picasso. Raíces bíblicas - - Alejandra de Argos -