Qué cosa rara

Por Arquitectamos
Qué cosa más rara es la arquitectura.
Estos días -gracias al ayuntamiento de mi pueblo, que organiza las fiestas ante la fachada de mi casa de tal modo que me anima a marcharme a ver mundo- mi mujer y yo hemos pasado un fin de semana largo en Soria.
Dos eran mis metas: los torreznos y la ermita de San Baudelio de Berlanga. Todo lo demás que viniera (San Juan de Duero, San Saturio, Numancia, el cañón del río Lobos...) sería bienvenido, por supuesto, pero lo principal era eso: Torreznos y San Baudelio. Y vive Dios que los disfruté a modo.
Ni el delicado, crujiente y grasiento tacto y sabor de los tesoros del gorrino, ni el emocionante, grávido y mágico sentimiento espacial de la ermita pueden ser explicados aquí por un glosador tan torpe (aunque entusiasta) como yo. No obstante, voy a intentar contaros una sensación rara. Qué cosa rara. Qué cosa más rara es la arquitectura. (Qué cosa más rara es todo).

Voy con ello:
Los torreznos son grasos, pero se comen con ligereza. La corteza crujiente es algo inexplicable, digno de análisis. (Qué porras análisis: disfruta y no le des más vueltas). ¿Cómo es que está todo tan tierno y blando pero con una corteza tan crujiente y quebradiza? ¿Cómo puede explotar aquello de esa manera en la boca al ser masticado? ¿Cómo...?
-Hernández: Tiene usted un blog de arquitectura. Deje de hablar de comida, que además está usted oblongo, qué vergüenza de hombre, ¿qué digo de hombre?: de mamut, y escriba sobre San Baudelio.
-Voy a ello cariño.
Mi esposa tiene razón. Voy con San Baudelio. (Por cierto: A ella también le gustó mucho).
La ermita tiene eso que tienen algunas obras señeras de la arquitectura de todos los tiempos: Es algo esperado, paladeado de antemano, algo en lo que uno se ha documentado un poco antes de ir. De modo que cuando uno al final está ahí comprueba que es lo que ya había visto y leído; es en gran medida lo que se esperaba; pero es algo nuevo y que le sacude a uno desde dentro y desde fuera.
Qué cosa rara.
No pretendo "explicar" San Baudelio. Entre otras cosas porque no tengo ni remota idea. Así que no voy a hablar ni de mozárabe, ni de prerrománico ni de nada de eso. Quien quiera saber, que busque a alguien que sepa. Solo pretendo contaros la sensación que tuve, si soy capaz.
Llegas allí y ya el entorno impone: La ermita, desde una cota alta domina muchos kilómetros a la redonda, en declive.
Por una vez todas las fotos son mías. Podéis clicarlas para verlas más grandes.
El edificio es un cubo ciego con otro cubito más pequeño pegado a una de sus caras. No tiene adorno alguno: Nada.


En el exterior, ante el cubo pequeño del ábside, hay unas cuantas tumbas excavadas en la roca. La ermita cargando con sus muertos para llevarlos al más allá.
Digo que el interior sorprende a pesar de llevarlo estudiado, pero imaginemos cómo les sorprendería a los antiguos fieles y peregrinos que no tenían ninguna información previa y se asomaban a la ermita.
Entras y...


En el centro del cubo grande hay un pilarón de cuya cabeza nacen ocho arcos: uno a cada vértice (los largos) y uno al centro de cada cara (los cortos).
El interior estaba lleno de frescos de colores muy vivos, que hoy, lamentablemente se han perdido por los daños de la humedad milenaria y de los compradores yankis (a quienes a lo mejor hasta hay que agradecerles que se los llevaran y así no se perdieran para siempre)(1).
La columna central es una palmera: los arcos son las ramas. Hay un dromedario a sus pies, un mono trepando por ella y un elefante que lleva un castillo a cuestas.
Al lado hay una cacería de liebres y otro montón de escenas, que eran de colores muy vivos y de las que ahora, tras la transferencia de los frescos a lienzo, tan solo queda la vaga impronta.
Quien entraba a esta burbuja, a este huevo, a este útero, ingresaba en el paraíso. Imaginaos la escena, viniendo de fuera y entrando súbitamente en este espacio mágico, en este oasis con palmera, mono, elefante, dromedario, liebres, cacerías, colores, brillos... Imaginaos todos los colores chillones y la palmera palpitante.
(Pero a mí casi me emociona más ver ahora la desvaída huella de lo que hubo que el colorido chillón que había habido. No sé: Soy amante de la desnudez y probablemente la profusión original de tanta pintura me habría apabullado e incomodado. Pero quién sabe: Precisamente la pretensión de esa pintura era apabullar y maravillar).
Uno de los pocos fragmentos que no se llevaron.
La palmera no se yergue solitaria en medio de la nave. Ocurre algo muy curioso: Desde el altar hasta el tronco el espacio está vacío. Medio cubo queda expedito bajo las ramas del árbol gigante. Pero el otro medio está poblado por un bosquecillo de pilares muy pequeños que sustentan la entreplanta del coro.



Ese bosquecillo de columnas es una minimezquita. Una mezquita dentro de una ermita cristiana. O quién sabe: Un todo cristiano construido con esquema musulmán. No lo sé, pero no quiero hablar de eso. Me impresiona el cambio de escala del paso del vacío bajo la gran palmera al lleno de pilarcitos y arquitos: El cambio de estatura y el de densidad.
Todo ello ocurre en un espacio pequeño, pero que en el interior cambia de escala perceptiva y se dilata.
Se produce un efecto espacial puramente arquitectónico. He experimentado algo parecido en el Museo Guggenheim de Nueva York y en el Panteón de Roma, por ejemplo: Espacio espacio. También lo he vivido en otros lugares de arquitectura anónima e incluso trivial: El zaguán de Maruja, en Seseña, o el rincón del patio de mi tía Celia, bajo la parra.
Todos hemos experimentado esa pura sensación espacial, esa cosa rara y al mismo tiempo muy habitual. Es arquitectura, y está hecha con cuatro cosas: piedra, mortero, yeso... Debería ser fácil, y, desde luego, viendo obras como esta lo parece. Qué fácil es, qué sencillo, qué limpio. Y sin embargo es todo siempre tan difícil... Qué cosa rara.
Ese espacio nos llama. Ese espacio se expande, porque por dentro parece más grande que lo que se intuía desde fuera, y de alguna forma resume el cielo y lo promete.
No hablo de creencias religiosas; no hablo de San Baudelio pintado en el ábside, ni de la paloma del Espíritu Santo que se quiere ir por la aspillera, no hablo de la fe en Dios ni en la vida eterna. Tan solo estoy hablando de arquitectura, esa cosa rara.
-------------------------------------------------------------
(1).- Por un tejemaneje de los habituales, los americanos prestaron alguno de esos frescos al Museo del Prado, donde están de forma indefinida y más o menos eterna, pero no son de nuestra propiedad.