Llegó la noche, pero antes el sol, que pinta las mejores marinas, también coloreó un cielo digno del Greco. Los malvas jugueteaban con las nubes, los cárdenos con el azul, y los amarillos y naranjas jugaban entre ellos al despiste, mientras, el astro rey desaparecía entre los tejados de Madrid. Y la oscuridad puso de manifiesto la diferencia entre los barrios.
Antonio Flores escribió en 1853: «Desde que el siglo de las luces, inventando la luz eléctrica ha permitido que la noche se eche el alma a la espalda, trocando sus negras tocas de viuda modesta y recogida por el esplendente ropaje de doncella alegre y enamorada…»
(1). Pero esto sólo ocurría en barrios ricos, los pobres se tenían que conformar con luz de gas, es decir, con ver durante el crepúsculo negras tocas de viudas modestas. En el Madrid de principios del siglo pasado había calles donde el tendido eléctrico formaba una telaraña de hasta cinco empresas, mientras que en otros los cables brillaban por su ausencia.Las costureras, ya recogidas en el sotabanco del señor Jesús y la señora Casta, cenaron croquetas y ensalada. E igual que pasara en la comida, hubo quién se hartó y quien, a la fuerza, probó una porque:
—Hija, no me vas a despreciar las delicias que estas manos han hecho — amonestó la señora Casta.
—Cómete una cocreta aunque sea, Gertru. Venga, ésta —. Reme puso en el plato de Gertru la más grande que vio en la fuente. Y como usara la mano para tal fin, se llevó la reprimenda de la cocinera. Rapapolvo que se extendió al señor Jesús por intentar servirse igualmente con las manos. Manos que recibieron un cachete también.—Y tú, para. Que hay invitados.—Si no quiere la pobre…—¿Y tu hija y yo? Pero no te preocupes que hay más en la cocina.—Es que no es lo mismo serrar que coser, vamos digo yo.—En eso estamos de acuerdo. ¿Pero a ti no te enseñaron a sumar en la escuela? —preguntó doña Casta a su marido.—Pos claro, no te fastidias ahora.—Pues suma, Jesús: barrer, cocinar, comprar, hacer camas, fregar, lavar, limpiar, mullir los colchones, tender, zurcir… ¿Eso cuánto suma?—Na. Y además sois dos mujeres.—Ya. Dos. Y mujeres. ¡Ay, Casta! To el día matando tontos y siempre queda alguno. Aunque los tontos nunca echan piedras a su tejao.—Bueno, ¿os servís o qué? Porque aquí el currelas tiene un hambre de mil demonios.—Pues come ensalada.—Eso verde es pa los burros.—Por eso.—Madre lo ha recitao usté en orden analfabético. ¡Qué curioso!—Sí hija, sí, analfabético. Será porque no sé leer ni escribir. Pero, anda sírvete, que tu padre tié prisas.El caso es que Gertru sólo comió a regañadientes una croqueta y el señor Jesús también una, pero una docena. Después de oír un rato la radio, rato que el señor Jesús dormitara, se fueron por parejas a la cama.—¿No te importará compartir cama conmigo, no?—No mujer. A ti es a la que debería importarle.—Anda, anda. Vamos a acostarnos que mañana será otro día.Y lo fue.———— o O o ————Anselmo vivía del despiste ajeno y de la Gertru. Es decir, era lo que en argot se conoce como un tomador y un gorrón. Esas noches de verano, ya avanzadas, las prostitutas, antiguas Gertru, andaban a la caza de clientes. Una vez vendido el producto, había que consumirlo, y esto se hacía en los descampados que llenaban el arrabal de los Cuatro Caminos, hoy imposibles de imaginar. De esa forma algunos clientes se deshacían de las prendas para realizar más cómodos el ejercicio. Entonces Anselmo tenía dos opciones según las circunstancias. Una era tomar las prendas y salir por pies, sin más; y otra consistía en gritar “¡Agua!” que en jerga era sinónimo de “¡Cuidado, policía!”, y en este caso era el cliente el que corría y dejaba allí las prendas. Entonces sólo había que buscar en los bolsillos y tomar lo de valor. El producto no consumido no decía nada, pues había cobrado ya y se ahorraba el ejercicio de su profesión.Esa noche, Anselmo había "tomado" tres veces, y las ganancias merecieron la pena. Aún con la satisfacción del que hace un buen trabajo, y con el buche lleno de tinto, gaseosa y churros, no se quitaba de la cabeza el asunto de la Gertru. Rumiaba y rumiaba sobre el daño que a su fama había causado el ajeno embarazo de su novia. LA chusma no perdonaba estas cosas. No podía vivir así, sin poder entrar en cualquier taberna por la guasa de los parroquianos o ser señalado por la calle. Toda su ira se iba concentrando en lo alcanzable, ya que el señorito Luis no lo era, y, cuando volviera a la villa, el daño ya sería irreparable. ¡Y los trajes usados del señoritingo se los va a poner el lucero del alba! Con el golpe en la mesa de tablas hubo de despedirse del culín de vino que quedaba y del vaso, que con la frasca, acabó sobre la arena. Tiró de su cuerpo, se estiró y comenzó la vuelta a su buhardilla. Mañana, u hoy, sería otro día.Y lo fue.———— o O o ————Don Mauro, joven viudo, vecino de Remedios, vivía en el principal(4). Hombre de recursos, pues regentaba una fábrica de chocolate heredada de su padre, no terminaba de verse como único responsable de aquel fruto que le dejara la muerte de su esposa al dar a luz. Apoyado en los quehaceres de una buena mujer asturiana, ama de cría que le recomendara un matrimonio amigo, había pasado los tres últimos años sumergido en su trabajo. Amén de recordar su pérdida cada vez que veía a aquel mocoso que ya enredaba en su despacho. Cenó como siempre, solo, después de que Servanda acostara al niño, leyó el Sol media hora y tras escuchar un rato la radio, se fue a descansar. Mañana sería otro día.Y lo fue. [Continuará]
(1) Antonio Flores, Ayer hoy y mañana, Parte tercera, Mañana o La chispa eléctrica en 1899, pág. 159. Montaner y Simón Editores. 1983.
(2)
Aunque espurrear viene a ser regar con agua echada por la boca, en este caso se cuenta que el vino espurreao era el que se mezclaba con gaseosa de limón. Fuente ABC, 2/1/1974, pág. 41, Los amaneceres en los Cuatro Caminos.(3) Un guiño a Beatriz de El ajuar de Beatriz. Que le diga a “su JC” que con la vergüenza ni se come, ni se almuerza.
(4) DRAE. 5. adj. Se decía del piso que en los edificios se halla sobre el bajo o el entresuelo. U. t. c. s. m.