Resbalar por la vida (El extranjero)

Publicado el 07 agosto 2026 por Sesiondiscontinua
«Poco después, con los tranvías más escasos y la noche ya oscura sobre los árboles y las lámparas, el barrio se vació insensiblemente, hasta que el primer gato atravesó lentamente la calle de nuevo desierta. Pensé entonces que era necesario comer. Me dolía un poco el cuello por haber estado tanto tiempo apoyado en el respaldo de la silla. Bajé a comprar pan y pastas, cociné y comí de pie. Quise fumar aún un cigarrillo en la ventana, pero sentí un poco de frío. Eché los cristales y, al volverme, vi por el espejo un extremo de la mesa en el que estaban juntos la lámpara de alcohol y unos pedazos de pan. Pensé que, después de todo, era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado».
Albert Camus (El extranjero, 1942)

Esta breve descripción de un suceso anónimo, sin recurrir a filosofías, conceptos sesudos ni metáforas enrevesadas, me parece la definición más certera y profunda de la existencia solitaria a la que, desde que lo leí, comprendí que he aspirado toda mi vida. Una soledad no triste, tampoco entusiasta, pero sí lúcida y sin mentiras. Cuando leí la novela de Albert Camus con veintimuypocos quedé deslumbrado por su crudo retrato de un hombre que vive con lo mínimo, sin que nadie le eche de menos y sin deber nada a nadie. Le basta con satisfacer su supervivencia (trabajo, socialización mínima, intervenir lo mínimo en la socialización obligada, comprar los ingredientes de la cena justo antes de consumirlos...); pero especialmente el detalle que más me marcó en su día: cenar de pie, un gesto insignificante que podría representar un estado de ánimo de la humanidad, la manifestación más común de esas existencias construidas casi al completo de días insustanciales y sin huella. Lo de la cena de pie es algo que repetí durante años a todo aquel que se me ponía delante, en plan cita pedantilla; y aunque ya no la suelto así como así, sigue resonando en el trastero de mi mente porque no ha perdido un átomo de vigencia en ese estilo de vida solitaria, indolora y asceta a la que aspiro.
El debut literario de Camus --futbolista, director de teatro, periodista, ensayista, novelista-- supuso el inicio de una trayectoria ideológica y filosófica marcada por la desesperanza, el nihilismo y la hipocresía, el cual evolucionó con los años hasta la impensable reivindicación de un humanismo alejado tanto del cristianismo como del marxismo y que acabó precipitando su salida del Partido Comunista en 1938, incluso a enfrentarse dialécticamente con el influyente Sartre (bastante más alineado con la insensible ortodoxia de El Partido). Por todas estas razones y muchas más, El extranjero, a pesar de su aparente sencillez argumental, supone un reto monumental de adaptación al cine, por el delicado equilibrio entre la descripción doméstica de los días y la capacidad de interpelar al espectador con preguntas absolutamente fundacionales. Se trata de un reto para el que siempre habrá muchos ojos puestos. Pues bien, hay que admitir que la película de François Ozon es una muy buena versión del texto, capaz de mantener ambas vertientes, de la misma manera que lo hace el original literario (aunque éste cuenta con la ventaja del monólogo interior de su protagonista, un recurso al que, con gran criterio, Ozon renuncia completamente).

Se nota que Ozon ha querido hacer un filme clásico, no en el sentido de obra maestra, sino de entroncar con esa tradición cinematográfica anterior a 1960 y que se asocia a la cultura. La historia coincide con el mismo ámbito temporal que el esplendor de Hollywood, y hacer una adaptación de estilo contemporáneo y a todo color habría supuesto una rebaja determinante de su valoración crítica. La fotografía en blanco y negro está muy cuidada, y los encuadres y el montaje remiten claramente al cine de los años cuarenta. Es como si uno de sus objetivos fuera que el público, para dar más rotundidad a la ambientación elegida, creyera que la película estaba realizada pocos años después de la publicación de la novela (1942). Como si nuestro mundo fuera capaz --por una impensable combinación de factores-- de encontrarse en la misma encrucijada ética e ideológica que exhibe la película, y por tanto resultar inspiradora o contestataria. El arranque es ya una declaración de intenciones: un fragmento documental sobre la vida en Argel en los años treinta, con la típica narración autocomplaciente e quimérica, pero enseguida Ozon enlaza con unas imágenes muy diferentes que resquebrajan el decorado idílico del documental, denotando sin nombrarlos la desigualdad, el colonialismo y el racismo. Y entonces, por fin, en este mundo contradictorio, incomprensible y violento, arranca la historia de Mersault.
Destaca la meticulosidad del guión, que respeta el orden de los acontecimientos del libro, sin omitir ni inventar nada. La modificación más llamativa son los diálogos: sustituyen completamente al narrador en primera persona por un estilo directo que necesariamente exige el tratamiento de las escenas. Es el único momento en que se echa en falta la prosa de Camus, aunque se materialice en algunas frases escogidas (la de cenar de pie, no). No hay mucho más: un relato incondicionalmente conductista que muestra un fragmento de la vida de Mersault, un gris oficinista en la Argelia de los años treinta, el cual se entera de la muerte de su madre en el asilo donde la internó y que completa todos los trámites y compromisos sociales de este suceso con una frialdad que no debería llamar la atención...
Es posible que, en un filme como este, el aspecto que más enganche a las audiencias contemporáneas no sea el que conecte con la angustia existencialista de la posguerra, sino con los sentimientos que despierta la actitud distante y borde de Mersault. Quizá sea la obsesión la actitud de éste durante el funeral de su madre lo que dispare la empatía en las audiencias, dejando en segundo plano los motivos (inexistentes) del asesinato que comete. Ese tremendo desajuste es el verdadero núcleo de la novela, el aspecto que más escandalizó a la sociedad del momento, y Ozon se las apaña muy bien para convertirlo en elemento de más peso en su adaptación. Nuevo acierto.
El extranjero (2025) es un filme modélico en cuanto a producción en el que los mínimos cambios respecto a la novela demuestran que sigue siendo un texto vigente, del cual se pueden extraer viejas y nuevas preguntas sobre el ser humano. Y si para la mayoría no es así, en mi caso, sigue siendo un texto con un enorme influjo en mi perspectiva del mundo y mi forma de estar en él. Para la mayoría, este dato sólo añade un extra de vehemencia en mi crónica, pero no deja de ser la reivindicación de un gran director, un gran trabajo de guión en un filme que merece la pena afrontar. Por ética, por estética, por resignación, por experiencia cinematográfica. Vuelve a leer la cita que encabeza este texto y dime si no podría colar como una descripción de sentimientos absolutamente contemporánea. Pues eso.