El disco se compone de once temas, y comienza con Pierde el control. Ritmos algo más contenidos para empezar y, con los que nos invitan a entrar en esta habitación de reflejos multicolores que es su disco Adam Smithee. Referencias de un medio tiempo climatizado de puntiagudas guitarras que nos hacen querer escuchar algo más. Lo que conseguimos con Vértigo, a la postre uno de los singles que han elegido para presentar su último trabajo, un tema que se vierte ya sin miedo sobre una melodía mucho más rápida con la que nos invitan a empezar a saltar pues contiene claros tintes tequileros. Aquí las guitarras y los efectos atmosféricos comienzan a reinterpretarse de una forma clara hacia ese pop-rock que caracteriza al grupo, gritos del cantante, Cristian Haroche, incluidos. Nena! aplaca un poco los elevados ritmos del grupo, que no así su fuerza, y devienen en una especie de rap alternativo, donde las cuerdas de las guitarras siguen al mando con toda la diligencia que seamos capaces de imaginar. Lo que no es óbice para retornar a las oleadas de ritmos intensos revisitados por la implacable fuerza de Sharon Bates, anclados en letras imaginativas que van desde el amor o el desamor a la vertiente más existencial del ser humano. Aquí, resplandece Mil intentos, con una especial capacidad de resumen de todo el concepto musical del grupo, donde los relámpagos guitarreros alternan con las pausas en las que la voz de Cristian recobra un merecido protagonismo. Cerca del clímax de este disco y su música aparece Lipstick rojo, uno de los temas preferidos del grupo, y que destaca por las generosas dosis de argumentos musicales y cinematográficos que se funden y unen con la pasión a la que los componentes del grupo nos tienen ya acostumbrados. Pura fuerza y control superlativo de las sensaciones en uno de los temas del disco, sin duda.
Las dosis de adrenalina consumidas en la anterior canción, nos llevan hacia una de las pausas musicales del disco, Robinson en Hyde Park, donde Sharon Bates busca la claridad de unos sonidos más suaves, con los que apoderarse de los latidos del corazón de sus seguidores; una canción puente que nos demuestra la amplitud de estilos e interpretativa del grupo, pues con No se lo digas a mamá, regresamos a versión más ramoniana de su música. Destellos muy identificables de Los Ronaldos en esta versión de rock garaje que tan bien le sienta al grupo vallisoletano, y que tan bien resuelven; un ritmo que se diluye en Bambola, hasta llegar a un medio tiempo disfrazado con unas guitarras nada tímidas marca de la casa (muy Fito y los Fitipaldis).
Al llegar a la parte final del disco, también regresamos a las melodías más intensas, y lo hacemos de la mano de Diecisex, una canción que rezuma notas tequileras, tanto por su matiz festivalero como festivo; ritmos aguerridos plasmados en una capa de efervescencia ochentera. Propuesta que se reafirma en Instinto animal, conceptuado bajo los mantos coloreados de rojos intensos. Perfecta pigmentación de colores que nos lleva hasta El punto suicida, a la postre, último tema del álbum, un compendio de todo lo dicho y que nos ayudan a definir a la música de Sharon Bates como de bocanadas superlativas de ritmos pop-rock.
Ángel Silvelo Gabriel.