Sheyla

Por Peterpank @castguer


Hace años en una noche de tormenta, justo antes de irnos a la cama, un rayo seguido de un  trueno nos dejó sin luz y en tanto volvía, mi abuelo comenzó a contarnos un cuento y mis padres no tuvieron más remedio que dejárselo contar. Con su voz trémula, a la luz de la vela, que mi madre corriendo encendió , nos puso a mi hermana y a mí sobre sus rodillas y recitó la leyenda de los Colosos de  Memnón:

«Sepas, ¡Oh, Tetis!, tú que reinas sobre las aguas, que Memnón aún vive y que, calentado por el fuego maternal, levanta la voz sonora al pie de los montes líbicos de Egipto, allí donde el Nilo divide en dos la Tebas de las bellas puertas».

Se quedó  un momento en silencio y continuó:

—Hace muchos, muchos años, dos grandes colosos de piedra, “dos gigantes para que lo entendáis”, que aun hoy siguen en pie, hablaban al amanecer de cada día a los viajeros —hizo una pausa, miró a Sheyla y añadió—, y a las viajeras… que acudían de países lejanos recorriendo miles de kilómetros  para oírlos.

—¿Qué decían, abuelo? —preguntamos a la vez, Sheila y yo.

—Cosas. Pero si queréis saberlas debéis estar callados —y soplando hacia la llama de la vela, la volvió temblorosa. Y siguió.


—Se dice que es una leyenda, pero tan cierta como que la luz sale por el este. Y cuenta, que al amanecer, con los primeros rayos del sol que Ra el dios derrama sobre Egipto y cuando las gotas del rocío de la noche forman un sudario de lágrimas sobre los colosos, se escucha un lloro y aquél que lo oye, se queda inmóvil y sin aliento.

—Estás asustando a los niños —dijo mi padre.

—¡Déjale! —dijo mi madre. Y el abuelo continuó.

—Al rato de gemir por Egipto, pues el lloro, era eso, los colosos en susurros apenas audibles…ssshhssshhssshhsss…, revelan a los viajeros aquello que durante la noche han visto en el cielo estrellado.

—¿Qué es gemir, abuelo? —pregunté.

—¡Llorar! ¡Tonto! —contestó Sheyla.

—Nadie sabe lo que los colosos han contado a los viajeros, pues nadie que se sepa, lo ha desvelado nunca. Y desde hace dos mil años están mudos. Se dice que aguardan a un viajero o viajera para comunicarle las palabras atesoradas durante siglos…
Y en ese momento llegó la luz. Y mi madre dijo: “Hala. A la cama y lavaros los dientes antes”.

Mientras Sheyla se metía el cepillo en la boca,  me miró y supe que iba a pasar algo.
En la habitación —ella dormía en la litera de abajo y yo en la de arriba— me dijo: “¿Ron, me prometes que cuando seamos mayores, iremos a oír hablar a los colosos gigantes?”.

—¡Sheyla!

—¡Promételo! —dijo Sheyla. Y levantó el dedo índice mojado en saliva para unirlo al mío.

—Bueno. Lo prometo.

Nuestros dedos se juntaron y luego  besé su yema mojada y ella la mía. Era la forma en que prometíamos algo que había que cumplir, pase lo que pase. Era nuestro juramento más poderoso.

Pasó el tiempo y Sheyla y yo dejamos atrás la infancia. Fuimos a la universidad y vivíamos nuestra vida ajenos a las convenciones. Hace poco, nuestros padres nos repudiaron, no deseando saber nada con ella ni conmigo. Regresaron a Alejandría, llevándose la urna con los restos del abuelo y murieron allí apenas llegar, en el atentado del zoco El-Magharba.

Sheyla y yo, continuamos en París… Ella murió al dar a luz…. El bebé nació muerto… Y al día siguiente llegó la noticia sobre mis padres… Presentí que el paso del tiempo no iba a disipar mi dolor y dejé las clases en la universidad. Volé a Luxor. Y aquí en las llanuras de Tebas, llevo cuarenta noches acudiendo al desierto antes de la salida del sol. Me detengo frente a los colosos y escucho. Pongo la grabadora en marcha y recito esta o una historia parecida, pues a veces cambio alguna palabra. Es mi voz, para llevársela a Sheyla, junto con los secretos de los colosos. Se la dejaré en su tumba para que la oiga cada amanecer.

Ahora los colosos se perlan por el rocío y reflejan débilmente la luz de las estrellas. “Parecen llorar”. Una chispa de luz surge de pronto del horizonte y apaga de golpe cientos de estrellas.

—Oigo un susurro… “ssshhssshhssshhsss”…contengo la respiración.

L.K.