Testigos de la historia, de nuestra historia

Por Rms @roxymusic8

Cuando nos vamos haciendo mayores, cuando vemos que el tiempo se nos va de las manos, cuando ya nada es indiferente a nuestro caminar, ahí es cuando uno se da cuenta de que lo que acontece a su alrededor ya no le es ajeno y que está inserto en ello. Ahora esa historia ajena le pertenece porque vive en ella, crece en ella y se ve afectado por ella. Y así es cómo somos testigos de nuestra historia, la historia de la humanidad presente. La actualidad de nuestro mundo es la actualidad de nuestra vida. ¡Y cuánto nos pesa, nos ilusiona, nos duele, nos alegra o entristece! Somos humanos, con corazón de carne, nos podemos permitir vernos afectados, y es bueno. Lo preocupante sería que mostrásemos indiferencia a eso que acontece fuera que tiene una repercusión dentro de nosotros. Lo preocupante es que tú y yo nos olvidáramos de quiénes somos y no viviéramos según nuestra naturaleza humana.

Parece como si esa historia ajena y nuestra, tuviera un desequilibrio entre los acontecimientos optimistas frente a los menos optimistas. Como si éstos ganaran la batalla pues los medios de comunicación, las redes sociales y el día a día nos muestran una cara amarga de la vida, un despropósito del ser humano o una decaída de los valores humanos frente al relativismo. Al final uno puede creérselo, caer en la tentación de vivir en un desánimo continuo, de no esperar nada de nadie ni de la vida; puede, incluso, perderse por caminos sin retorno, por veredas de olvido de sí mismo o por sendas de falso amor. ¡Y cuánta palabra vana, cuántas imágenes dañinas, cómo llegan directas al corazón ultrajándolo o removiéndolo! Es cierto que existe el mal a nuestro alrededor, intencionado; pero también es cierto que existe el bien, voluntario. ¿Qué es el mal? La falta del bien. Lo importante es construir la historia, nuestra historia, con nuestras propias manos haciendo el bien, tomando protagonismo en la parcela en la que nos ha tocado vivir.

Ahora abro el periódico, enciendo la TV, visito las redes sociales o camino por las calles y me encuentro con imágenes, palabras o acontecimientos que puedo leer, interpretar, acoger o despreciar. Cuando uno crece empieza a entender el mundo o, quizás, llegar a entenderlo menos; pero ya puede uno obrar en consecuencia, siendo partícipe de aquéllos. Y así poder decir que embellece o empobrece la imagen del mundo con su persona. ¿Acaso no somos todos testigos, protagonistas, culpables y víctimas de todo el bien o el que se haya podido dejar de hacer en el mundo que hoy tenemos? Sólo un egoísmo (permitidme la palabra) es válido en estos casos: el procurarse una vida ejemplar. Sólo el ejemplo, el buen hacer, arrastra. Las palabras y las imágenes ayudan pero pueden caer en el olvido. Un acto que va directo a tu persona, del cual eres partícipe, receptor, difícilmente podrá quedar en el olvido pues queda atrapado en el corazón y alma de uno, provocándole a hacer o dejar de hacer eso mismo. ¡Un acto es bello porque atrae, un acto es despreciable porque daña!

Por nuestras retinas han pasado todo tipo de imágenes. A nuestros oídos han llegado palabras con diversas intenciones. Por nuestras manos han pasado objetos o personas de toda índole. No podemos caer en la indiferencia, en el acostumbramiento. Esta generación y este mundo de hoy, no ha dejado de gritar a voces lo mismo que clamó en generaciones anteriores: paz y amor. Lejos de querer copiar el discurso de una Miss Universo, esas palabras son una realidad que poco brilla a nuestro alrededor cuando nos empeñamos en mostrar las acciones que no tienen bien en ellas, cuando no tenemos la esperanza como bandera, el amor en las cosas pequeñas y cuando no valoramos las relaciones personales. Vemos sólo ataques terroristas, la presencia del ISIS, la tasa de desempleo creciendo, las riquezas y corrupciones, el auge de nacionalismos, el querer acabar con la vida de las personas de forma "digna", el problema de los refugiados, las persecuciones a cristianos, las catástrofes naturales... Y un largo etcétera que se come la otra parte de la balanza dejándola a un lado, imperceptible.

¿Cómo ver esa otra parte de la balanza? Dejándonos sorprender. Permitiéndonos creer. Moviéndonos por la vida con esperanza. Caminando siempre hacia adelante dejando a cada paso una huella, un gesto de amor. ¿Qué es el bien? La abundancia de gestos de humanidad, de humanidad vida, en comunión. No perdamos lo más valioso que tenemos: quiénes somos.