Revista Arte

Los paraísos perdidos de Yves Saint Laurent

Por Felipe Santos

TOURNAGE DU FILM UN MONSIEUR DE COMPAGNIE DE PHILIPPE DE BROCA

Tan solo tenía que girarse en su escritorio para poder pasear la vista frente al inmenso panel de corcho que tenía tras él. Junto a los bocetos de las colecciones en marcha habitaban fotografías, tarjetas manuscritas, estudios de color y algún retrato suyo que algún amigo le había hecho a lápiz. Entre todo aquel paisaje allí estaba Catherine Deneuve, luminosa y bella, fotografiada en blanco y negro con esa mirada extraviada que la haría famosa. En aquel estudio de París, cuando Yves Saint Laurent decidía perderse unos instantes entre aquellos recuerdos, encarnaba esa frase que había tomado de Proust: “Los paraísos auténticos son los que uno ha perdido”.

Aquel rincón de su paraíso personal, el de sus “fantasmas estéticos”, como él mismo lo denominó, empezó a configurarse en 1967, cuando le encargan el vestuario para Belle de Jour, que iba a dirigir Luis Buñuel. Por entonces, él ya barruntaba el cambio que iba a dar a sus colecciones cuatro años más tarde. En el personaje de Séverine habita esa mujer de aspecto frágil pero inaccesible y temible por dentro. El chaquetón negro con que pasea por un bulevar repleto de hojas secas, el vestido color camel que tanto gusta a sus amigas, o ese negro corto que lleva al final de la película, con cuello y puños de satén blanco, actúan a la vez como protector y como espejo de una personalidad inquietante.

Aquellos diseños encontraron en Catherine Dorléac un partenaire que parecían llevar tiempo esperando. La actriz francesa, que desde la primera película ya utilizaba el apellido de su madre, la actriz Renée Deneuve, había saltado a la fama con el drama musical y colorista Les Parapluies de Cherbourg (Jacques Demy, 1963). El empuje definitivo surgió cuando consiguió estremecer a la platea con el aplomo esquizofrénico con que se condujo en los vericuetos asfixiantes de Repulsion (Roman Polanski, 1965). Esa facilidad para lidiar con lo desconocido, con lo incómodo y lo inaccesible, debieron fascinar a un Yves Saint Laurent que desde el año anterior ya había desafiado a las mujeres de su tiempo al proponerles un esmoquin masculino como sugerente prenda de noche. Cuando le preguntaron cuándo y cómo llevarlo, respondió: “Es tan nuevo este uniforme que el arte de llevarlo carece aún de reglas”. Catherine se las inventó para cada uno de sus trajes. Una de ellas fue el movimiento. Solo verla caminar en Belle de Jour constituye un espectáculo en sí mismo. Yves dirá siempre que no puede “trabajar al margen del movimiento del cuerpo humano. Un vestido no es algo estático, sino que tiene ritmo”.

Después de aquello, repetirían experiencia en la más convencional La chamade (Alain Cavalier, 1968) y en La Sirène du Mississippi (François Truffaut, 1969), una peculiar historia de amor con Jean Paul Belmondo de pamelas sugerentes, un vestido camisero color camel, un traje de novia y, al final de la película, el contraste del blanco de la nieve con el clásico chaquetón negro de Yves con plumas en el cuello y las mangas. Catherine no fue la única pero sí fue su favorita. También vestiría a Claudia Cardinale en The Pink Panther (1964), a Jean Seberg en Moment to Moment (1965) con un abrigo con capucha rematada en piel, a la suntuosa Sophia Loren en Arabesco (Stanley Donen, 1966) y a Anny Duperey en Stavisky (Alain Resnais, 1973).

Cuando murió en 2008, allí estaba ella, vestida con un trench de satén negro y una versión de los zapatos de Roger Vivier que llevó en Belle de Jour. Frente a una iglesia de Saint-Roch abarrotada, Catherine Deneuve leyó unos fragmentos de Hojas de hierba de Walt Whitman.

Yo me celebro y yo me canto,
y todo cuanto es mío también es tuyo,
porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

Por fin, Yves Saint Laurent cumplía uno de sus anhelos, fundirse con toda su creación, con cada hebra de sus trajes y cada partícula de quienes los llevaron.

Huyo como el aire.
Sacudo mi guedejas blancas con el sol fugitivo,
vierto mi carne en los remolinos 
y la dejo marchar a la deriva entre la espuma de las ondas.

Me doy al barro para crecer en la hierba que amo.
Si me necesitas aún, búscame bajo las suelas de tus zapatos.

Y así fue como pasó a formar parte de su propio paraíso perdido.

***

Artículo publicado en la revista de crítica cinematográfica FilaSiete.

Foto: The Place

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