
Hay algunas óperas que no es que no me gusten, es que soy incapaz de escucharlas o visionarlas completas, se me atascan, supongo que aguantas hasta el final en el teatro sería más fácil, pero por el momento no he tenido el gusto. Voy a poner un ejemplo, y sólo uno porque me temo que, de otra forma, habría algún compositor que iba a quedar, injustamente -como la pobre Desdemona-, bastante malparado, y cada uno que piense en quien quiera:
Pretender que Guglielmo Tell, ossia Il grande ingorgo, de Rossini pasara de un tirón por los oídos de quien esto escribe rayaría el masoquismo, no sé la de veces que lo he intentado, lo extraño del caso es que disfruto de su música, pero siempre llego a un punto en el que no me importa pulsar el off, parafraseando a mi padre: no es que se me atasca, es que no se me desatasca. Parece como que Rossini hubiera querido demostrar que no sólo los alemanes -presuntamente, como dicen los colegas del Jorge Javier, no sea que me vaya a caer una querella- saben dormir al público, lo que ocurre es que se pasó un pelín al confeccionar la receta. De todas formas voy a reconocer que su factura y sus melodías son maravillosas... cuando las escuchas a trozos. Creo que hoy es la primera vez que voy a escuchar el final. No me extraña que se aplauda tanto cuando acaba. Por cierto, no creo que Philip Glass fuera capaz de componer algo mejor. No se me enfaden si expreso lo que siento aunque lo haga con un poco de recochineo.
