Revista Cultura y Ocio

18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes

Por Calvodemora

Leer no garantiza que seamos más felices. Ni siquiera que la felicidad nos visite mientres leemos. Es incluso posible que la lecture nos procure un paraíso inverso, un desorden emocional que no posee quien no ha abierto libro alguno. El habito de la lectura no crea mejores personas. Muchas de las barbaries cometidas por el hombre han nacido en los libros. Las propias religiones han mantenido un enconado y sospechoso recelo hacia los libros. Los jerifaltes de la Iglesia Católica, a lo largo de sus muchos siglos de imperialismo moral, elogian la ignorancia. La ajena, claro. El que no lee vive en la oscuridad. En la oscuridad, el pueblo es más fácilmente manipulable. El pueblo, una vez manipulado, se deja gobernar con pasmosa mansedumbre y se aviene al credo de quien custodia la palabra, el libro. Todavía vemos actitudes en quienes gobiernan que nos obligan a pensar en estas desviaciones del pasado perverso. Me duelen los recortes por lo que significan en el futuro: no en el ahora masacrado sino en el mañana al que sacrifican. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Los monasterios, las abadías y todo edificio de inspiración cristiana alberga, tutela y, por último, oculta montañas de libros, aunque ya amengua esa tesorería fantástica y el libro, por fortuna, por el signo de la modernidad, se ha democratizado. De eso, del libro como hechizo o del libro como arma del demonio habla Umberto Eco en su fabuloso El nombre de la rosa: de la ocultación del conocimiento, del libro como revelación y como instrumento diabólico. (Aristóteles, la risa). El diablo, ya se sabe, se embosca en las palabras, y las maneja a su antojo para profanar la dura coraza de la fe y pervertir al pobre que se atreve a leer. Y ahí hemos andado dos milenios. Se tardará en salir. No confía uno en que de verdad la luz vence a las sombras.       18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Leer es una actividad de riesgo. Como escribir. El escritor es un agitador social y el lector es el incauto que ha perpetrado el pecado terrible de buscar, ajeno a tutor o guía alguno, la verdad o el conocimiento o la belleza. En las guerras, lo primero que hacen los soldados es quemar las bibliotecas. Piras funerarias de historias. Caligrafía quemada. Letras que arden. Los libros arden mal, escribió Manuel Rivas.    18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Me cuesta cada vez más concentrarme en lo que leo. Me distrae lo que he leído. Pienso en las cosas que no debería y la línea por la que discurre el relato se expande, adquiere proporciones fantásticas, incluso llega un momento en que ni la reconozco siquiera. Esa línea es la que hace que uno decida escribir. Leer no solo es una actividad de riesgo. También es una actividad tóxica. Hay una cantidad enorme de veneno en las palabras. Las hay inofensivas, las hay tiernas, las hay amorosamente cándidas, pero en cuanto se encuentran y se entabla entre ellas el diálogo son de verdad temibles. En lo que uno lee, en las palabras cosidas unas a otras, está también todo lo que no ha leído. Las historias tienen su envés. Unas historias te llevan a otras historias. Yo, al leer a Lovecraft, no puedo evitar que se me aparezca Poe. O era al reves. Primero Poe, luego Lovecraft. Y cuando están ahí los dos, observándome, no puedo evitar pensar en la escritura. En eso consiste leer: en querer escribir. Voy a escribirlo otra vez, matizado, personalizado: cuando yo leo, casi siempre termino escribiendo. No suele pasar al revés. Que escribir me incite a leer. Es cosa de razonarlo todo esto con calma.  18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes En principio creo que hablo más que escribo, pero hay ocasiones en las que pienso en que debería escribir más de lo que hablo. En otras, a lo visto, más valdría no excederme ni en escribir ni en hablar y esmerarme en leer o en escuchar. Pasa que cuanto más leo, por lo general, más ganas me dan de escribir y que, en la misma trama de afinidades, cuanto más escucho, más me animo a hablar. Puedo controlar tres de esas formas de entablar un diálogo con el mundo. Con la que no hay manera de rebelarme es la de escuchar. No sé cómo librarme de esa influencia. No vale el recluírme. Dentro de casa hay vías por las que se adquiere una noción bastante exacta (a veces atropellada y brutal) de lo que pasa afuera. No tengo ninguna convicción firme sobre lo que hacer. Si adiestrarme a tiempo completo en el oficio relatado (leer, escribir, hablar, escuchar) o declararme incompetente durante unos días y ver después en qué he ganado o qué he perdido durante la convalecencia mediática. A lo que me cuesta renunciar es a pensar. Juro que lo he intentado con ahínco. He probado a dejarme llevar. A no ahondar en las cosas. A verlas venir y a no interponer contra ellas ninguna declaración amistosa u hostil. Dejarse ir tiene su pequeña cuenta de daños. Todo a lo que uno renuncia regresa más tarde más fieramente. He comprobado que el azar no es azaroso completamente. Que te guarda las cosas. Las buenas y las malas. Quizá más de unas que de otras. No sé este quebranto mío de jueves nevado en mi pueblo a qué conduce. Puede que no sea su cometido el llevarme a ningún sitio. Se está bien aquí, a pie de teclado, mientras afuera el día está norteño y la nieve ameniza la mañana, escuchando a Keith Jarrett en Colonia a un volumen muy discreto, esperando salir después a tomar una cerveza con los amigos. Es posible que en la barra del bar, pensando en todo esto, recule y me escandalice mi promiscuidad verbal. De verdad que no lo hago por molestar. Es que hay veces en que me duele la realidad y no sé cómo atajar el dolor. No tengo otra cosa a mano. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Cuento entre mis aficiones la de no permitirme perder ninguna.  Una de las más queridas es la de las palabras.  Prueba uno el sabor de la palabras y ya no desea ningún otro sabor. No hay otro que se le parezca. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera, ingredientes de un plato delicioso o de un brebaje tóxico. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Está mi Borges, los laberintos, la rosa de Milton, los tigres en la noche. Dentro de los diccionarios, en su alambique de placeres, están todas esas cosas, las que sabemos, las que nos esperan. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Anoche, en lugar de continuar con la lectura del libro en el que ando emboscado (Dios no es bueno, Christopher Hitchens) cogí uno de los diccionarios más voluminosos que hay en casa. Manejado con dificultad (amo los libros electrónicos, perdóneseme la blasfemia) me perdí en la maraña de significados, acepciones y etimologías. Hice lo que mis alumnos, en ocasiones, realizan cuando buscan una palabra nueva (hoy, uno de ellos ha descubierto el ósculo): amplían el radio de acción, visitan la periferia, recorren caminos largos, con paradas innecesarias, pero fascinantes, en paisajes imprevistos, en lugares donde nunca antes habían estado. Como si fuese un viaje. De eso, al cabo, se trata.  18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Leer no garantiza que seamos más felices. Ni siquiera que la felicidad nos visite mientres leemos. Es incluso posible que la lectura nos procure un paraíso inverso, un desorden emocional que no posee quien no ha abierto libro alguno. El habito de la lectura no crea mejores personas. Adolf Hitler era un lector voraz. Muchas de las barbaries cometidas por el hombre han nacido en los libros. Las propias religiones han mantenido un enconado y sospechoso recelo hacia los libros. Los jerifaltes de la Iglesia Católica, a lo largo de sus muchos siglos de imperialismo moral, elogian la ignorancia. La ajena, claro. El que no lee vive en la oscuridad. En la oscuridad, el pueblo es más fácilmente manipulable. El pueblo, una vez manipulado, se deja gobernar con pasmosa mansedumbre y se aviene al credo de quien custodia la palabra, el libro. Los monasterios, las abadías y todo edificio de inspiración cristiana alberga, tutela y, por último, oculta montañas de libros, aunque ya amengua esa tesorería fantástica y el libro, por fortuna, por el signo de la modernidad, se ha democratizado. De eso, del libro como hechizo o del libro como arma del demonio habla Umberto Eco en su fabuloso El nombre de la rosa: de la ocultación del conocimiento, del libro como revelación y como instrumento diabólico. (Aristóteles, la risa). El diablo, ya se sabe, se embosca en las palabras, y las maneja a su antojo para profanar la dura coraza de la fe y pervertir al pobre que se atreve a leer. Y ahí hemos andado dos milenios. Se tardará en salir.  18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Leer es una actividad de riesgo. Como escribir. El escritor es un agitador social y el lector es el incauto que ha perpetrado el pecado terrible de buscar, ajeno a tutor o guía alguno, la verdad o el conocimiento o la belleza. En las guerras, lo primero que hacen los soldados es quemar las bibliotecas. Piras funerarias de historias. Caligrafía quemada. Letras que arden. Los libros arden mal, escribió Manuel Rivas. Volví anoche a recuperar la película de Jean Jacques Annaud y me sentí violentado. Consentí que ese súbito estado de malestar distrajera mi atención y no disfruté como antaño de la historia contada por Eco y que el film, con sus limitaciones, recoge formidablemente. Vi a Borges entre los libros. Vi sus ojos ciegos. Qué mejor bibliotecario, qué más celoso guardián de este tesoro que un ciego. Y qué triste.  18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Escuché una vez que hubo una manifestación que agitaba libros en el aire en lugar de percutir el metal molesto de las cacerolas. La hacían los dolidos por el cierre de una biblioteca en un pueblo, no recuerdo ahora cuál. Se me quedó el gesto, el pequeño y maravilloso símbolo de que un libro, izado como una oriflama, fuera el que librara la batalla de la justicia, que es (en el fondo) la antigua batalla de la cultura, que no ha terminado todavía. No sé si un día se cerrará ese capítulo de la Historia. Es posible que no acabe jamás: hay muchos intereses, hay muchos mercaderes. Interesa la ignorancia porque la ignorancia no exige. El que no sabe, no inquiere. Recuerdo a un profesor de mi facultad, que nos dejó muy prematuramente, encolerizado por el a menudo mal visto gesto de que alguien llevase unos libros bajo el brazo, andando por la calle, en la parada del autobús, en la cola de la charcutería. Decía Luis Sánchez Corral que la gente de las letras no es de fiar. Me lo contaba con su brizna de sorna habitual, trayendo historias de ayer, informándome de que el ayer vuelve si no tenemos cuidado y dejamos un hueco por donde quepa. También me habló ese día (Bar Platanín, calle Jaén, Sector Sur, a la vera de la Escuela de Magisterio) de lo buen columnista que era Eduardo Haro Tecglén, de mi inocencia política y de cómo la buena literatura salva a los pueblos del caos. El nuestro, en este estado de las cosas, cierra bibliotecas mientras que los políticos meten la mano en los sobres o se suben con absoluto impudor la soldada. Estaría Luis indignado si estuviese con nosotros. A veces echo de menos el café en el Platanín. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes De este ir y venir por la web, a veces con fundamento y otras, las menos, a vuelatecla, como a la caza de un tesoro invisible, saca uno en ocasiones momentos de una intimidad fastuosa. Encuentra textos que le fascinan, páginas de una indesmayable vocación de refugio, lugares donde abandonarse y a los que pedir una especie de asilo cibernético. No es que la realidad carezca de techos así, pero cansa el tráfago, el exponerse a ser distraído por el azar, por la rutina, por la mecánica previsible de las cosas, que vuelve y nos reclama. Por eso empleo algunas mañanas de domingo en perderme por la procelosa y enfebrecida maraña del google. Exploro concienzudamente, pero sin propósito. Busco información sobre un poema de Gil de Biedma y encuentro un rincón en donde puedo ver con asombrosa restitución cuadros del MOMA. Canjeo a Jaime por Pollock. La poesía por la pintura. Luego el jazz por la crónica de sucesos. Después las cuentas de Rajoy por un correo en el que un buen amigo me confía el descubrimiento de un autor que yo ya conocía (Jesús Carrasco) y del que acabo de terminar su primera y buenísíma novela (Intemperie) No tengo duda alguna de que este paseo por la negra flor, como cantaba Auserón en sus tiempos, agota más que ilustra, desguarnece la sensibilidad más que otra cosa, la abotarga y la convierte en otra cosa, pero no la que conocemos, la sensibilidad de ir a pie por la calle y respirar el vértigo de las cosas. Pero no puedo evitar sentirme bien en este laberinto. Lo imagino, a ratos, como aquel antiguo día en el que descubrí la existencia moral de los libros, su belleza oculta. No los libros como el objeto físico, sino la hondura de sus letras, todo ese milagro que tutelan y que se revela cuando los abrimos y les pedimos respuestas. Es curioso que al correr de los tiempos, yo prefiera las preguntas. Quiero muchas dudas. Que me escolten por la realidad y me lleven de los blogs a los libros, de los amigos a los parques, de las barras de los bares al aula en donde sigo aprendiendo cosas. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Hay algunas mentiras que no me importan que lo sean y hay algunas verdades que uno preferiría no creer. En la ficción se vive mejor. En cuanto me falta, me muero. No es la muerte irremediable, la atroz sin retorno, sino una de menor fuste dramático, una muerte de la imaginación narrativa, esa que solo desea que le cuenten historias. Mi cabeza entera las pide a gritos. No sabría vivir sin la ración diaria de mentiras habituales. La verdad, cuando es aburrida, no me interesa. La acepto porque no hay forma de eliminarla o porque hay algunos que se obstinan en defenderla. Soy el que le pierde saber cómo sigue la historia. Incluso cuando ha acabado, soy de los que creen que me están mintiendo. Que hay más. Que, por mi bien, me ocultan la información primordial. Que me quieren al punto de que me engañan. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Los libros son mapas tangibles de la felicidad. Mapas fiables de cómo funciona el mundo. Guías para no perderse. Cabe incluso la posibildad de que los libros sean los mapas del desconcierto. Guías que no cumplen la función que les encomendaron. Porque ese mundo que registran en sus páginas no es una materia fácilmente estabulable, de manejo dúctil. No creo que haya otro objeto más venerable que el libro. Lo que tutela (esa forma encriptada de belleza y de inteligencia) hace que seamos lo que somos. Para malo o para bueno. Somos lo que los libros nos cuentan. También lo que no cuentan. No hay nada que no esté en los libros. La bondad y la maldad están dentro de su reino. Pero los libros que más me fascinan son los que no están enteramente a mano. Los que no se exhiben con la majestuosidad de las grandes bibliotecas o las baldas de las buenas librerías. Ni siquiera ésos bien amados con los que uno ha ido haciéndose. Hablo de los libros inesperados. Surgidos de improviso, ofrecidos en un capricho del azar, rendidos a nuestros sentidos cuando nada invita a que aparezcan. No sé en dónde está la calle de la fotografía. Sé que al fondo, a la derecha, hay libros. Que no estén a la vista, que se escondan, los hacen más valiosos. Imagino uno que quien los colocó allí no deseaba desprenderse de ellos del todo. Y ahí he pensado en el maravilloso oficio del librero. En el incontestable hecho de que lo vende es felicidad. Mapas fiables, guías. Conozco un par de ellos muy bien. Aprecio el placer absoluto de manejarse entre libros, el confort óptico, la certeza de que el mundo entero está en las estanterías, en las mesas en donde se apilan los volúmenes. No es la primera vez que escribo sobre libros y estoy seguro de que no va a ser la última. Creo que no hay nada de lo que escriba más a gusto. Casi nada que me conforte más. Son criaturas dóciles, argamasa sublime con la que levantar un templo en el que refugiarse y al que invitar a la feligresía cómplice. Hay dioses en las letras. A falta de otro rezos, elevo a diario mi plegaria con éstos. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes Lo que sé del corazón no se lo debo a la ciencia. Ninguna información técnica relevante, ninguna evidencia cartesiana valdrá más que la poesía romántica inglesa o un verso suelto de Pablo Milanés. No hay lenguaje de más probado oficio que el de las metáforas. A ellas confiamos el entendimiento del mundo, pero la revista Science es un recetario de prodigios al modo en que lo es un libro de Kavafis. Del cerebro dice, en un número antiguo del que anoche leí una breve reseña, que es elegantemente simple. Que el mapa de alta resolución de su maraña sináptica respeta un orden. Del corazón no he leído nada parecido. Como si le concedieran el rango de brújula espiritual del universo. Como si el desorden del cosmos proviniese de los espasmos de su funcionamiento, de ese hermoso mantra de percusiones privadas que produce para que yo ahora escriba y usted lea, para que percibamos el olor del campo recién llovido o la belleza incuestionable del vals número dos de Shostakovich. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes El cerebro es el hardware, pero yo sigo fascinando por el software. Es en esa parte de la trama en donde entra a escena el corazón, órgano al que se le han venido atribuyendo las bondades sobre las que se construye el mundo. El amor, que mueve el sol y las estrellas, como quería Dante en su Divina Comedia, nace en ese músculo impresionable, en ese incansable (hasta que lo colapsamos y no continúa) aparato tímido, colosal, sufrido y mágico. 18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes ¿Y el alma? Del alma no se ocupa Science. El día en que unos cuantos lumbreras de los laboratorios (benditos sean, benditas sus cavilaciones, bendita su abnegada vocación de progreso y cultura) anuncien el mapa del alma, uno cartografiado en una resolución sublime, me paso de la poesía a la ciencia pura y dura. Dejo de leer a Gamoneda (en el que ando estos días maravillosamente grises) y me pongo las gafas de cerca para aprender el porqué de la elegancia sencilla del cerebro o las razones científicas que hacen que pierda el sentido escuchando  la poesía al piano de Bill Evans, pongo por caso, y me repela la canción española o el acid house. Si exponen el mapa del alma habremos unido dos mundos aparentemente congeniables, pero de difícil sutura, el de la materia y el del espíritu. O los habremos destrozado para siempre. Se les habrá extirpado el lado noble, el alquímico. Arrasados los jardines, devastada la palabra, el poeta escribe ecuaciones. Logaritmos que en realidad, mirados de cerca, semejan alejandrinos. La poesía, que pulsa la cuerdas del universo...


18 hormigas / Redux / Tranquilo plan de viernes
Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito de su imposición a la realidad. Antes de ese acto mágico el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges, un fantasma, como diría Cela, que precisa un público para dejar de serlo. Jabés, el autor de la formidable cita que abre esta historia, va siempre más allá: viene a decir que el libro no sólo elige al lector sino que crea al escritor. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventando. El cófrade secreto, héroe de sus fugas, cómplice de la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño verso.

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