El cuerpo cayó desde una altura obscena sin más resistencia que la del aire. Más tarde se sabría que alcanzó su velocidad terminal en unos trece o catorce segundos, y que no tropezó ni fue empujado. El suelo recibió el cuerpo con indiferencia, y el impacto, duro y seco, propició que sus entrañas se conmovieran, y se abrieran paso a través de los huesos tronzados y la carne rota. Por último, toda chispa vital de aquel despojo, se perdió en algún lugar inalcanzable, junto con multitud de interrogantes que nunca hallarían respuesta.
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