El ogro jodió bien al almirante. Bueno, al almirante y a otros dos: al chófer y al escolta. En fin, daños colaterales, que dicen. Fue un gran día aquel en el que el almirante iba en coche y de improviso se hizo la destrucción, y el coche despegó en vertical dirección al espacio abierto.
Aquello fue el final de su carrera y muchos se quedaron blancos de la impresión. Para redondear la envergadura de aquel hecho, los que dieron de comer al ogro no llegaron a ser juzgados y encima se beneficiaron de la amnistía de 1977.
Ay, esa palabra que eriza la piel y provoca sarpullidos.
Hoy me ha dado por mirar la línea del horizonte, lejana e hipnotizante, y me he recreado en la contemplación del perezoso desplazamiento horizontal de un frente nuboso, blanco y bello, rojizo en sus contornos. Me abstraje del mundo, de sus tumores y estúpidos habitantes, y al cabo de pocos minutos llegaron las pareidolias como hacen siempre, sin pedir permiso y en silencio.
Y entonces la vi, sí.
Una mágica creación de la Madre Naturaleza. Una nube magnífica que era exacta a un Dodge 3.700 GT. Contuve la respiración ante aquella maravilla algodonosa, y no pude más que constatar que las nubes no huelen a nada pero hay en ellas un misterio connatural.
Vuela alto, Luisito, vuela.