Un día desafinado en el que muchas cosas no podían ir a peor, decidimos enfrentar a nuestros enemigos. Llegaron a creerse intocables, pero habíamos enloquecido y nos dimos cuenta de ello cuando cambiamos nuestros instrumentos musicales por ametralladoras.
Nos habíamos cansado de protestar tocando.
Las canciones devinieron en himnos de guerra, y al compás de las balas la melodía se tornó muerte. Disparamos contra ellos cientos y cientos de proyectiles en octava y en clave de do. Parecía que íbamos a ser los perdedores de aquella sinfonía belicosa, pues eran numerosos y estaban muy bien organizados. Pero a nuestro concierto de destrucción también se unieron dueños de bares, gimnasios, peluquerías, discotecas, salas de juegos, comercios varios... y conseguimos vencer.
Ahora, la totalidad de la música está libre de derechos y se puede reproducir en cualquier lugar sin coste alguno. Habíamos acabado con el índice dolorido, sí, pero también con la SGAE.