Otro día más, frío y crudo, en un mundo joven en el que la vida es una lucha constante por la dominación y la supervivencia. Otra veneración a Ares donde no hay cabida para los débiles. En un entorno despiadado e implacable, solo los fuertes sobreviven sin más autoridad que la fuerza bruta.
El sol recién nacido refulge en la punta de millares de lanzas. Manos en tensión tironean de las riendas de monturas inquietas. Las espadas tienen sed y hambre. Los combatientes se escrutan con instinto predador, y respiraciones de odio gélido se unen al silencio que precede a la barbarie.
En un momento las gargantas se liberan, y cargan unos contra otros con la ferocidad del lobo. Cae la noche y la gran extensión de tierra queda sembrada de mutilación y sangre. Las criaturas carroñeras se dan un atracón con la matanza, y otro episodio de horror queda escrito en la historia infame de los hombres.
