Como ya pasó en el 2005, presiento que todos los putos gilipollas conocidos y desconocidos de mi entorno, van a estar todo el condenado año entrante con la consabida rima en la boca. Esa que estáis pensando, sí, esa. ¿Y sabéis por qué? Porque ninguno de ellos ha muerto todavía, joder. Todos siguen vivos.
Lo peor es que en estos veinte años transcurridos, habrán desarrollado hasta límites extraordinarios su odiosa capacidad para hacerse los graciosos sin serlo. Mientras que yo he perdido en paciencia, y apenas me calma ya recurrir a mi saco de boxeo, a mi cuantioso surtido de maldiciones, o jugar a los dardos con la cara enmarcada de la princesa Leonor.
La experiencia ya me enseñó que los primeros cinco o seis meses son los más duros. Si durante ese tiempo logro contener los deseos sobrehumanos de darles sepultura, los meses restantes se harán mucho más llevaderos, y tanto yo como ellos podremos continuar con nuestras vidas, al menos hasta el 2035, que no es poco.
