Revista Cine

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Publicado el 24 julio 2021 por Jimmy Fdz

La de sueños locos que he estado teniendo últimamente. Casi todos relacionados y altamente influidos por el mundo de GTA NoPixel 3.0. Por ejemplo el otro día soñé que estaba en una mega fiesta repleta de estos personajes, sucediendo toda clase de locuras, y yo me encontraba caminando por entre la multitud junto a Ash Ketchup, hablando de esto y lo otro, aunque lo que yo recuerdo es que ella me contaba que quería fumarse un pito (un porro, un caño), pero estaba indecisa, a lo que yo, que por cierto tenía la voz de Irwin Dundee, le decía que podía fumarse el pito dependiendo de sus intenciones: si quería fumar por el puro placer de fumar, entonces que fumara sola; si quería compartirlo con alguien, flirtear, etc., entonces que esperara. Ash me dice, con un dejo de resignación, que quiere flirtear con alguien. Por alguna razón me sorprendo, pero así sorprendido de verdad, como si hubiese escuchado algo impensado, y le digo que en ese caso espere a esa persona para fumar. Ella se fuma de inmediato el pito, como si pensara que esperar a esa persona fuera algo inútil. Justo después alguien cae de lo alto de una edificación, tiene todas las extremidades rotas, hay gente acumulada a su alrededor, algunas de estas personas gritando y llorando y todo eso, y luego no recuerdo más. El sueño de anoche fue más loco aún, pero es mejor no contarlo, mejor vayamos a lo que nos corresponde hacer hoy.

Hoy, por supuesto, hablaremos de "El ala rota", el otro cómic que conforma este díptico informal sobre la memoria familiar e histórica escrito por Antonio Altarriba y dibujado por Kim, publicado casi diez años después que "El arte de volar".

Es curioso porque leyendo "El arte de volar" me pareció que el personaje de la madre de Altarriba estaba muy encasillado en esa imagen de mujer en extremo beata y fanática religiosa, cuya fiel disciplina es tan dañina o, cuanto menos, irritante y fastidiosa para ella como para su esposo, el hombre derrotado que sólo quería un poco de tranquilidad, acaso comprensión y apoyo. Esta mujer parecía casi una antagonista en la vida de ese hombre. Antonio Altarriba se dio cuenta de lo mismo, eso sí aclaró que ese retrato de su madre fue inconsciente, no intencionado, y que cuando su madre murió y descubrió que se pasó toda su vida con un brazo roto, de lo cual nadie supo nada (ni siquiera el esposo), tuvo la necesidad de investigar su vida y contar su historia, la historia de esta mujer que, más que esconder, supo disimular o, mejor todavía, vivir sin dejar que esa discapacidad le impidiera llevar a cabo su día a día. Y descubrimos a una mujer compleja, profunda, feliz y dolorosamente humana. Una historia que casi parece encajar a la perfección con la del padre de Altarriba, aunque cada historia sea única y con sus propios relieves. Desde el punto de vista de la madre de Altarriba, el padre parece ser el pusilánime, el distanciado, el que no comprende la disciplina con que la madre se refugia luego de tantas penurias y desgracias, pero ningún punto de vista está equivocado, y es triste constatar una verdad tan simple como devastadora: es difícil la comprensión mutua, por más que se intente, más aún cuando terceras personas observan y atestiguan otras vidas, sumándose más puntos de vista que, más que conciliar, al fin y al cabo también generan fricciones.

Sin entrar en detalles sobre lo argumental, en "El ala rota", que tiene casi cien páginas más que "El arte de volar", nos narra la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, de la madre de Altarriba, desde su nacimiento, trágico pues la madre murió en el parto y el padre, desesperado, enajenado, culpando a la recién nacida, intentó matarla, logrando eso sí fracturarle un brazo y marcándola de por vida, hasta sus últimos días en un asilo de ancianos administrado por unas monjas bien poco cristianas. Es una historia también de derrotas y frustraciones, de crecer en un pequeño pueblo de campesinos (aunque su padre era un artista que escribía obras de teatro, haciendo giras por ciudades vecinas, y que nunca conoció la gloria), entre hombres brutos y a veces bestiales, luego la Guerra Civil, la maldad y la violencia, la familia fracturada, separada, su abnegación como hija y luego seguir sirviendo a otra personas, ya como un trabajo, el amor, la familia, la pobreza, la miseria, la vejez y, tal como con su esposo, la vejez como un improbable, aunque no exento de complicaciones e injusticias, renacer. Es una historia íntima que también habla de una sociedad que vivió sus propias fracturas y muertes a lo largo de un siglo, la historia de una mujer abnegada al servicio de otros que observaba todo en silencio, que trabajaba en silencio, que sufría en silencio, que a veces gozaba, también en silencio, y a su alrededor el esfuerzo de otras personas afectadas y atacadas por la corrupción, el egoísmo. Además, la madre de Altarriba estuvo en la primera línea de un hecho histórico bastante olvidado, según Altarriba, que es el asesinato de un general anti-franquista para el que la protagonista estuvo trabajando.

Todo lo demás ya está explicado en "El arte de volar", desde el precioso arte de Kim, hasta el tratamiento diáfano con el que Altarriba desarrolla la historia, desde un punto de vista humano, sin necesidad de apuntar con el dedo o explicaciones pedagógicas (porque desde ese punto de vista no son necesarias las explicaciones, pues cualquier humano que se precie sabrá evaluar las cosas por como son). No hace falta agregar mucho más, salvo que "El ala rota" es un bello e imprescindible cómic que, valga la redundancia, no se pueden perder.

Y con eso, por fin, hemos terminado de comentar los cómics de Altarriba que hasta el momento hemos leído. Es hora de dormir.


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