Entré en la galería de arte abstracto porque era gratis y no tenía nada mejor que hacer. Al pie de cada una de aquellas acuarelas, una cartela indicaba quién era el autor, el título de la creación y su significado. Sin embargo, no había relación alguna entre lo que exhibían los lienzos y lo reflejado en las cartelas.
Me dijeron que el arte abstracto se trata de una cuestión de percepción, en la cual el espectador tan solo tiene que elaborar su propia interpretación sobre lo que está contemplando. Si eso es así, las explicaciones están de más, aparte de que se hace muy difícil tomárselas en serio si las lees y luego contemplas las obras. Sería más serio y creíble que el autor dijera que ese es su puto cuadro y que cualquiera lo interprete como le salga de las pelotas.
Como no podía ser menos, tampoco faltaron los elogios displicentes sobre el equilibrio de las masas de color, la composición de las formas, la armonía cromática y el contraste de no sé muy bien qué como contrapunto, ja, ja, ja, ja. No pude evitar replicar que el ser humano de creativo no tiene nada. Que, como excelente copión, tan solo es recreativo y que solo Dios (para el que crea) o la Naturaleza (por la que me inclino) lo son.
Como podéis intuir, no hice amigos en la galería. Aunque tampoco los culpo ni son los únicos flipados. Fijaos, por ejemplo, en lo que se dio a llamar arte conceptual. Todavía hoy cientos de gilipollas pagan, y hacen cola a diario, para ver una firma estampada en un puto urinario de porcelana expuesto del revés.
