Como es bien sabido, los incendios proliferan en verano. Lo que nadie ha advertido es que, durante esos mismos meses, también cesan los homicidios y las desapariciones en la ciudad.
El Loco considera que hace demasiado calor para salir a buscar a alguien con quien divertirse; ya socializará cuando desciendan las temperaturas. Mientras las llamas devoran el verdor del extrarradio y amenazan las urbanizaciones aisladas, él prefiere pasar las tardes jugando con sus muñecas.
La primera nació tras su primer triple homicidio, hace veinte años. Desde entonces ha reunido más de doscientas: rubias, morenas, pelirrojas... Cada una confeccionada con mimo y esmero a partir de fibras musculares y retazos de ser.
Vestido con la misma lencería fina que las cubre a ellas, las sienta alrededor de la mesa para tomar el té. Les sonríe y les habla con suavidad. Si le conceden permiso, las acomoda en su regazo y las peina con la devoción de un padre. Aunque, a veces, las desnuda y hace con ellas lo que un padre jamás haría.
El Loco, al igual que nosotros, necesita sentirse amado.
