Te veo. Desvío los ojos hacia los tuyos y sé lo que estás pensando. No pronuncias palabra, pero tu cara habla con claridad. Deseas con todas tus fuerzas que este verano infernal se convierta en un recuerdo que olvidar con la llegada de noviembre.
Odias el calor estival, no hay duda.
Al cruzarnos, quizá me miras tú a mí y, en ese instante fugaz, lees en mis ojos que a mí sí me gustan los veranos que derriten asfaltos y cuecen neuronas.
No puedo evitar sonreír. He visto a gente con tu misma expresión facial arrancarse la piel a tiras para aumentar su desnudez y refrescarse. Es el precio que hay que pagar si no quieres quedarte recluido en casa, frente al split del aire acondicionado. Pero hay tantos funcionando a pleno rendimiento que terminan aumentando la temperatura de la calle. Casi no parece haber escapatoria, ja, ja, ja. Aunque siempre puedes ponerte a remojo en el caldo de fluidos y secreciones de piscinas y playas.
Lo que no puedo discernir, por mucho que me fije en tus gestos, es si eres un negacionista del cambio climático. Si todavía tal fenómeno te sigue sonando a ciencia ficción, pese a las evidencias científicas. Yo no recuerdo veranos de mi infancia tan calurosos y disfrutables como los de los últimos cinco años. Ni inviernos tan poco fríos.
¿Será esta sensación anormal de abrasión un indicador de la llegada del Apocalipsis?
Bueno, he leído que el cuarto ángel llegará con el poder de afligir a los hombres con fuego y un intenso calor.
