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61 Zinemaldia | Sexta Crónica

Publicado el 09 octubre 2013 por Jesusteatrero @jesusteatrero

61 Zinemaldia | Sexta Crónica

Denis Villeneuve y Hugh Jackman, tras el pase general de Prisoners


Aunque comencé el quinto día de mi paso por el festival absorto en la desquiciada mirada de una Marian Álvarez rota por el dolor y la enfermedad, en La Llave Azul pensamos que tan fascinante film merece una crítica propia junto a la entrevista exclusiva realizada a director y actriz. Por tanto, empezaré esta crónica hablando de la segunda película de Denis Villeneuve presentada en el Zinemaldia: Prisoners.
Villeneuve, que ya había impactado tan profundamente a un servidor con Enemy, realiza su primer trabajo en América contando con un equipo técnico y actoral que quita la respiración. Una película que cuenta con una serie de nombres tan sonados como Hugh Jackman, Jake Gyllenhaal, Viola Davis o Melissa Leo llama de por sí la atención. Si además añadimos a esta lista a Roger Deakins, el mejor director de fotografía operativo en la actualidad, o al excelente compositor Jóhann Jóhannsson, uno ya puede imaginarse que el resultado final distará mucho de ese tono de telefilm que desprende su argumento.
Puede que la presencia de Hugh Jackman en Donosti propiciara tal hecho, pero el caso es que la multitud que se agolpa a las puertas del Kursaal para el pase de Prisoners triplica a la de Gravity. Es curioso que lo que más me sorprenda de tanto revuelo es la cantidad de señoras de cierta edad dispuestas a ignorar lo supuestamente dura y perturbadora que es Prisoners solo por contemplar la guapura de Jackman. Comentarios como “yo no sé de qué va esto pero vengo por si aparece Hugh Jackman en la sala” lo dejan más que patente.

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Abarrotada rueda de prensa de Prisoners


Cuando las luces se apagan y el barullo disminuye notablemente, esa clase de comentarios desaparece al presentarse por primera vez al público el “monstruo” que es Prisoners. Tal calificativo, aparentemente exagerado, resulta ser de lo más acertado al descubrir la oscuridad y fiereza que desprende el último trabajo de Villeneuve. Se postula como una bestia de inconmensurables proporciones dispuesta a arrasar con ella cuestiones éticas y morales de imperiosa actualidad. Villeneuve lleva la ya masticadísima premisa del secuestro infantil a un nivel totalmente nuevo, haciendo partícipe al espectador de la angustia e impotencia padecida por los familiares y “obligándole” a sentir en sus propias carnes el dolor de una manera casi visceral.
Además, la película toca temas morales de una manera inteligente y provocativa, haciendo que, desde el primer segundo, el público no pare de preguntarse “¿qué haría yo si estuviera en tal situación? ¿Me comportaría así si estuviera en su lugar?”
La respuesta a tales preguntas es negativa en un primer momento, pero a medida que la película avanza, la historia se desarrolla y los personajes van calando cada vez más hondo en el espectador, somos incapaces de distinguir cuál es la fina línea entre el bien y el mal, lo correcto o incorrecto a la hora de afrontar una situación tan extrema.

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Hugh Jackman, actor, Kira Davis, productora, y Denis Villeneuve, director de Prisoners


A estas alturas, está claro que la excelente dirección es un factor más que esencial para humanizar la película y transferir los sentimientos de los personajes a la persona sentada en la butaca. Pero en mi opinión, el trabajo más destacable e impresionante del film es el de Roger Deakins, director de fotografía. Deakins envuelve la ya de por sí estremecedora historia en una atmósfera ominosa, fría y deprimente, pero no por ello menos bella, que aumenta el sentimiento opresivo predominante durante toda la película y engrandece la puesta en escena. Como cualquier trabajo de Deakins, éste aporta a la película una majestuosidad que pocos directores de fotografía logran en la actualidad, y eso está presente en cada plano. Todo esto acompañado de interpretaciones fabulosas por parte de sus protagonistas, hacen de Prisoners uno de los thrillers más intensos y provocativos de los últimos años. Tendrás el corazón en un puño durante toda la proyección.
La siguiente película del día es también la primera en habla inglesa realizada por un director francés. Pero aquí acaban las comparaciones: no hay dos películas más distintas que Prisoners y el nuevo trabajo de Jean Pierre Jeunet, director de la deliciosa Amèlie, The Young and Prodigious TS Spivet.

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Equipo de El Extraordinario Viaje de T.S. Spivet posando ante la prensa


A pesar de la fría reacción de la sala en la que se proyectó, lo cierto es que Spivet es la película más cálida que vi en todo el festival. Si se me permite el símil ñoño, el poso que te deja la película una vez concluida es parecido a la dulce sensación del chocolate caliente recorriéndote la garganta en un frío día de invierno. En la inverosimilitud de la historia de Spivet reside la mayoría de su encanto. Por su parte, Jeunet añade la esencia: su toque propio. Su dirección proporciona un ambiente de cuento al film, moviéndose constantemente y con una facilidad pasmosa entre la realidad y la fantasía.
Además, es muy sorprendente la presencia de un gran componente trágico en una película enfocada al público infantil. Tal componente añade pinceladas de tristeza a la historia y a partir de él tienen lugar los mejores momentos del film. La mayoría de ellos (por no decir todos) provienen de una de las mejores interpretaciones de la carrera de Helena Bonham Carter. Su papel secundario y aparentemente insignificante, es esencial y llega a conmover hasta límites insospechados: luchadora, cariñosa y fuerte a pesar de las desavenencias, no resulta difícil ver a nuestra propia madre en su cálida mirada.

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Jean Pierre Jeunet firmando en el libro de visitas del festival


Como norma general, los actores jóvenes que se ven obligados a llevar sobre sus hombros todo el peso de una película, no suelen resultar victoriosos (véase Jaden Smith en After Earth como el ejemplo más reciente). Este no es el caso de Kyle Catlett, el niño que interpreta a Spivet. Catlett derrocha madurez por los cuatro costados, convirtiendo un personaje que podría resultar pedante en uno de los críos más tiernos que jamás he visto en pantalla.
Al finalizar la película me sorprendo a mí mismo al darme cuenta de que he estado toda la proyección con una sonrisa en la cara. Películas como Spivet son necesarias por todo lo que implican, ya que… ¿para qué sirve el cine si no es para hacer un poquito más feliz al espectador?

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Antonin Baudry, guionista de Quai D'Orsay, recogiendo el premio al Mejor Guión


La proyección de la tercera película de la que hablaré en esta crónica (y último film que vi en el festival), tuvo lugar al día siguiente de las otras dos. En el momento en que tuve oportunidad de ver Quai d’Orsay ya se había dicho todo de ella: la comedia francesa había encandilado tanto a crítica como a público. Cuando pude comprobarlo, descubrí que no es para menos.
Quai d’Orsay es una desternillante sátira de la demagogia política llevada a la pantalla con suma inteligencia y conocimiento de la situación actual.
En un momento en que este tema lleva a la población mundial a tirarse de los pelos, Bertrand Tavernier apuesta por un tratamiento cómico de tan vergonzoso hecho, llevando a la pantalla una historia hilarante. El mayor aplauso va para el guión, dinámico y fresco, rápido y divertido. Christophe Blain y Abel Lanzac firman una obra casi redonda, cosa que les valió un más que merecido premio al Mejor Guión. Quizás la única pega que podemos achacarle al film es que hacia la mitad de su metraje se pierde durante unos minutos en su propia rapidez, resultando algo frenético, provocando confusión y desconcertando al público.

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Bertrand Tavernier y Julie Gayet, director y actriz de Quai D'Orsay


Por lo demás, Quai d’Orsay fue la forma perfecta de cerrar un festival tan maravilloso en todos los sentidos. El resonar de las carcajadas de la audiencia en las paredes del Victoria Eugenia y la ovación final sirvieron de clausura a este momento tan mágico del año, en el que una parte del país ha vuelto a alimentarse de cine durante toda una semana, devolviendo la fe a los que cada vez ven más negro el futuro de este arte en España.
Pero recordadlo: en San Sebastián todo es posible…
Miguel

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