
"Quien agradece ve en el otro una virtud, que cabe llamar, casi indistintamente, justicia, bondad o generosidad. A su vez, el agradecimiento es también un acto de justicia, de bondad y de generosidad. Quien agradece, expresa la misma virtud excepcional. Estamos todos en la misma orilla. Compartimos la misma condición de las afueras: intemperie y vulnerabilidad (el médico será paciente; el fuerte, débil; el joven, viejo; el alegre, triste...) Pero en ciertos momentos, uno puede ayudar a otro. Y el otro quedar agradecido. Esto, que se manifiesta tan estimable, explica la pena y el desencanto que, en general, provocan las situaciones de desagradecimiento. El desagradecido -y el insensible, y el indiferente- es como el insensato: no advierte lo que pasa; tiene atrofiada su capacidad de sentir. Vive poco la vida. Por eso, ser desagradecido es mala cosa. Denota incapacidad para generar y falta de vitalidad. El desagradecido es egoísta por definición y en lugar de crear comunidad, la mina." (La penúltima bondad, Josep Maria Esquirol).