Revista Infancia

A Pablo, Pía y Luca

Por Pingüicas

A Pablo, Pía y Luca

Hay ciertos momentos  ―y a veces tan sólo se trata de unos pocos instantes― en los que todo hace sentido. Cansancio, desveladas y desmañanadas, llantos, pleitos, dudas y temores… de repente, algo pasa y nada de lo anterior tiene importancia. Todo eso desaparece y no te cambias por nadie.

Una mirada de complicidad; una carcajada; un beso pegajoso que te llena el cachete de chocolate; verlo intentar caminar con los zapatos de su papá; escuchar el primer mamá; ver que finalmente logra atarse las agujetas; la conversación con su amigo imaginario; que te dé la mano mientras camina a tu lado; su baile en el festival de la escuela; la satisfacción reflejada en su carita cuando comienza a pedalear su triciclo; su canción desafinada en la regadera; su cara de sorpresa al encontrarse una catarina; verlo esforzarse por leer sus primeras palabras. Imposible mencionarlos todos.

Son esos pequeños detalles que de pequeño no tienen nada. Son momentos grandes y son, precisamente, lo que nos anima; lo que nos alimenta; lo que nos hace saber que todo lo que en algún momento pudiera parecer un sacrificio, en realidad no es nada comparado con  la satisfacción de poder contemplar a tu hijo y sentir lo que es el amor puro, incondicional.

Lo más increíble de estos momentos es que no son ni pocos ni predecibles. Son esporádicos y suceden todo el tiempo, varias veces al día. Por eso me paro en las mañanas. Y por eso, antes de dormir, voy una vez más a sus camas para ver cómo duermen ustedes.

Pablo, Pía y Luca, gracias.

Los amo.


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