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Africanas en lucha contra la mutilación genital

Publicado el 06 febrero 2011 por Aurora Moreno Alcojor @Alcojor

Agnes ha vivido la ablación en sus carnes. Honorata ha visto el dolor reflejado en la cara de primas y amigas. Por eso, están dispuestas a seguir con la lucha para erradicar esta práctica ancestral que todavía sigue afectando a unos 120 millones de niñas en todo el mundo y que se practica sobre todo en África.

Africanas en lucha contra la mutilación genital

Agnes Pareyio y Honorata Nasuwa (dcha.), durante su visita a Madrid. Foto: Aurora Moreno Alcojor


Son conscientes de que acabar con la Mutilación Genital Femenina es muy complicado, pero también saben que hace 20 años era casi inconcebible hablar de este tema en una comunicad africana, mientras que hoy es parte de la materia lectiva en los colegios. Así que, a pesar de los muchos retos que tienen por delante, miran al futuro con optimismo.
Coincidiendo con la celebración este 6 de febrero del Día contra la Mutilación Genital Femenina han venido a España invitadas por la ONG Mundo Cooperante, como parte del proyecto Mujeres que cambian el Mundo para dar a conocer su trabajo con las comunidades y concienciar de la existencia de una práctica que, recuerdan, no es más que una “tortura y un atentado contra los derechos humanos”.
Agnes Peyró trabaja en Kenya, donde dirige la asociación “Tasaru Ntomonok” –“Rescate de la Mujer”, en lengua masai–, desde la que actúan en dos direcciones: prevención y acogida para evitar la MGF y, de forma más integral, los matrimonios tempranos o las agresiones dentro de la familia. Porque una de las cosas de las que primero fue consciente Agnes es que existía una estrechísima relación entre la llamada ‘circuncisión’ y el hecho de que las niñas dejaran el colegio. “En cada casa a la que íbamos oíamos lo mismo: ‘Después del ritual, estará lista para casarse’, o ‘tras la circuncisión será una mujer…’. Y, por supuesto, aunque eso nadie lo decía, “tras el ritual, dejarán el colegio”.

Africanas en lucha contra la mutilación genital
Honorata Nasuwa es de la vecina Tanzania y realiza su trabajo sobre todo en la región de Kilimanjaro, precisamente en la frontera con Kenya. Desde allí coordina los esfuerzos de las organizaciones de base en labores de concienciación y acogida de las chicas. “Necesitamos ser muy convincentes y contar con el testimonio de las propias víctimas. Porque, por ejemplo, yo no estoy circuncidada, así que cuando les hablo acerca de la MGF, ellas terminan por preguntarme ¿cómo sabes si es bueno o malo, si tú no estás circuncindada? Así que es necesario que hable alguien que tenga cierto predicamento sobre la comunidad: una mujer respetada por todos, un líder tradicional o religioso… Por eso es tan difícil”.
De momento, los datos son positivos, pero hablar de números es muy complicado, porque no siempre la información está disponible. Por ejemplo, las estimaciones son que el número de niñas a las que se les practica la ablación ha disminuido en un 12% en las regiones de más prevalencia (pasando del 37 al 25% de las chicas) de Tanzania, un país donde está legalmente prohibido pero en el que la aplicación de esta ley es relativamente laxa. De hecho, “se han dado casos de rituales en los que se ha realizado la ablación a más de 600 niñas a la vez y la policía no ha hecho nada porque, al fin y al cabo, son de la misma tribu, creen en ello y opinan que está bien”, recuerda Honorata.
UN TRABAJO A MUY LARGO PLAZO
Por eso, las labores de concienciación afectan prácticamente a todo el mundo en la comunidad. Por supuesto, hay que hablar con las niñas, pero también hay que hacerlo con los padres, las parteras, los líderes religiosos, los maestros, los responsables gubernamentales, los líderes tribales y los chicos. Así que el trabajo es duro y, sobre todo, a muy largo plazo. En un primer momento, es difícil hablar con las comunidades: “¿Nos vais a denunciar a la policía? Es lo primero que nos dicen”, explica Honorata, que hace gala de una paciencia infinita para ir lidiando con cada uno de los estamentos comunitarios y llegar a un acuerdo de mínimos. “Ponemos el énfasis en dos aspectos clave: que no es una cuestión de tradición y cultura, sino de Derechos Humanos, y que tiene efectos perniciosos para toda la vida de la mujer, incluyendo el momento en el que dé a luz”.
Y para ello utilizan metodologías de su propia cosecha que han ido perfeccionando a través del método universal de prueba y error. “Al principio organizábamos campamentos para que, en un clima de confianza y alejadas de sus padres, nos hablaran de la ablación, pero la respuesta siempre era un descorazonador silencio. Así que pasamos a las encuestas anónimas, escritas en papel, y ahí sí empezamos a conseguir información”, explica Honorata. “Con los hombres”, continúa, “vimos que nos era casi imposible hablar, así que optamos por no decirles nada, sólo pedirles que vieran un vídeo, “Beliefs and Misbeliefs” (producido por el Comité Inter-Africano para las prácticas tradicionales), con grabaciones sobre hechos reales realizadas en Costa de Marfil, Djibouti, Somalia y Uganda. Te juro que han sido muchos los que, después de verlo, nos han dicho: “tenemos que acabar con esto”.
SUNNA, ESCISIÓN E INFIBULACIÓN
Agnes, por su parte, utiliza material gráfico y pequeñas figuras de madera para explicar en qué consiste la MGF y los tipos que hay. “Diferenciamos entre la llamada “sunna”, la escisión y la infibulación. Todas son dañinas, pero las dos últimas son las peores. La primera consiste en el corte de la parte más externa del clítoris; la escisión implica el corte del clítoris y de los labios mayores y menores; y la infibulación supone, además de la extirpación total, el cosido de la vagina, dejando un pequeño orificio para la orina”, explica Agnes, que en los últimos tiempos ha comenzado a trabajar junto a organizaciones de salud, en vista de los innumerables problemas (fístulas, quistes, imposibilidad de dar a luz..) que estas prácticas acarrean a la mujer. Y ya de paso, como hablar de salud siempre es más fácil que hacerlo de sexo, el trabajo con los especialistas sirve también para que las adolescentes aprendan a conocer y entender su propio cuerpo y se atrevan a hablar de lo que les pasa.
Además, para desmitificar esta práctica, piden a la gente que escriba las tradiciones de su tribu -tatuarse la cara, agujerearse las orejas, utilizar vestidos típicos o pintarse el cuerpo- y que señalen las que todavía hoy siguen realizando. Según Agnes, la gran mayoría sólo marca una: la ablación. “Entonces les preguntamos: ¿crees que sigues siendo masai a pesar de que no te tatúas la cara? O ¿te ha pasado algo malo por no agujerearte las orejas? Así, por comparación, muchas personas se dan cuenta de que no todas las tradiciones tienen que ser continuadas”.
FALTA DE APOYOS
Pero el problema, y el mayor reto al que se enfrentan estas activistas es la falta de apoyo real por parte de sus gobiernos. “Los políticos no quieren hablar de este tema por miedo a perder votos y, además, lo consideran una cosa de mujeres sin mayor importancia”, dice Agnes, para quien la MGF es una tortura que debería ser considerada una cuestión de Derechos Humanos. Por ello, muchas veces terminan trabajando a merced de la cooperación internacional, lo que implica proyectos con fecha de caducidad. “Y a nuestro trabajo no se le pueden poner fechas”, puntualiza Honorata, “porque no es como construir una carretera o un hospital, es provocar un cambio en la mentalidad de toda una comunidad”.
Aún así, conscientes de los obstáculos y los retos que tiene por delante, pero con las metas claras, éstas y otras activistas contra la Mutilación Genital Femenina siguen luchando porque el día 6 de febrero desaparezca del calendario de ‘causas’ de Naciones Unidas.
* Texto publicado originalmente en GuinGuinBali


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