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Agatha Christie en el oeste

Publicado el 18 enero 2016 por Lo Que El Cine Se Llevó @elcinesellevo

Vuelve Tarantino y lo hace con otro western. Pero esta vez no sigue la estela que dejó con Django. Los odiosos ocho es un western atípico. Lo es porque lo dirige un director irreverente, con un mundo y unas reglas propias, pero también por su estructura dramática.

Tarantino deja clara su intención de teatralizar la historia. Una gran parte de la trama transcurre en una cabaña llamada “La mercería de Minnie”. Es allí donde tiene lugar el grueso de la historia y en la que como un huésped más disfrutamos de sus largos (más que nunca) y ácidos diálogos, su gore marca de la casa y de un gran trabajo de planificación. Tarantino rueda muchos planos diferentes, a destacar unos interesantes travelling (geniales los del techo) o sus ya clásicos picados y contrapicados. La elección del formato Ultra Panavisión le ha venido muy bien para agrandar ciertos espacios como el interior de la diligencia, los paisajes nevados de Wyoming y la citada mercería. Una pena no haberla podido disfrutar en 70 mm.

En la faceta como director de actores vuelve a demostrar que tiene un sexto sentido. A Samuel L. Jackson le devuelve el rol de amo de la función y el actor da un verdadero recital. Hay dos escenas a modo de monólogo en las que su talento se desata por completo y te pega a la pantalla. También vuelve a contar con Walton Loggins (esta vez con mucho más protagonismo en el papel de shériff, y que es posiblemente la gran revelación de los ocho personajes), Michael Madsen, Kurt Russell (en uno de sus mejores papeles) y un Tim Roth realmente peculiar con su look británico.

No me olvido de Demián Bichir aportando su particular humor mexicano en la historia, de James Parks, quien deja otro gran momento de risas cuando es víctima de la ventisca y de un cascarrabias Bruce Dern que no se mueve de su sillón en toda la película. Mencionar también a los secundarios. Tarantino es uno de esos directores que siempre los ha cuidado mucho y lo vuelve a demostrar. Todos están muy bien elegidos pero quiero destacar el caso de Zoë Bell, quién hace un pequeño papel lleno de chispa. Zoë Bell fue doble de Uma Thurman en Kill Bill y es todo un detalle por parte de Tarantino incluirla en el film.

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Y por supuesto dejamos para el final a Jennifer Jason Leigh. Sólo por las perrerías que ha tenido que pasar en el rodaje ya es digna de mención. Pero es que hay más, es su voz, sus gestos, su actitud, es una actriz que no para. Puede estar compartiendo plano con otro personaje que está hablando en ese momento, que a ella le da igual y sigue metida en su personaje y sigue actuando. Actúa cuando la toca y actúa con cuando lo hacen los demás, no se limita a escuchar las conversaciones, reacciona ante ellas (sirva como pequeño ejemplo el momento en que Samuel L.Jackson cuenta que la van a ahorcar y ella hace el gesto del ahorcamiento). Quizás este gesto en concreto esté marcado por Tarantino, pero hay muchos más que demuestran que es una actriz que siempre está activa.

Volviendo a la historia. Puede ser rebatible si Tarantino tarda en arrancar, ya sabemos que es de los que se recrean, a mi personalmente me gusta el tempo que utiliza en presentar y dar a conocer a los personajes. Pero una vez que lo hace, no hay quien le detenga. Hay un momento clave, y es cuando decide incluir un narrador explicando un hecho importante que ha ocurrido en la escena mientras estábamos viendo otra acción. A partir de ahí empieza un juego propio de una novela de Agatha Christie. Es imposible no acordarse de Diez negritos o Asesinato en el Orient Express. En este último caso es casi inevitable (salvando las distancias por supuesto) comparar al personaje de Samuel L.Jackson con el detective Hercules Poirot. Después Quentin vuelve a trastear con la estructura dramática desordenando los hechos. Funciona muy bien, ya que aclara la historia y además retrasa el clímax final. No podía faltar una buena fotografía Robert Richardson y la notable música de Morricone.

Conclusión: Un Tarantino ligeramente diferente, más minimalista, más cerca de Reservoir dogs que de Django, jugando por momentos a la intriga, pero sin olvidarse de las señas de identidad que le han convertido en L’enfant terrible del cine americano de nuestros días.


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