Revista Arquitectura

Agricultura, utopías y prácticas urbanas

Por Peterpank @castguer

1. El Paraíso, la agricultura y el nacimiento de las ciudades.

En diferentes culturas y civilizaciones existe un mito recurrente, aquel de la existencia de un tiempo inmemorial, llamado por Hesíodo (1) la “Edad de Oro”. Durante ella, la humanidad gozó de un estado de deleite y de placer total. En la mitología judeo-cristiana, ese arquetipo corresponde al jardín del Edén, espacio donde la sobrevivencia estaba garantizada por la existencia de un jardín de árboles frutales. “Dios el Señor (…) hizo crecer también toda clase de árboles hermosos que daban fruto bueno para comer. En medio del jardín puso también el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal” (Génesis 2, 9) (2). Vale notar ya allí presente la idea de subsistencia, pero también la de una vegetación que recrea un paisaje de deleite: “Cuando Dios el Señor puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara…” (Génesis 2, 15). Con la expulsión del Paraíso, Dios condena a Adán a comer el fruto de su propio trabajo, atribuyendo la culpa a la maldición de su propia tierra:

 “Entonces Dios el Señor le dijo a La serpiente: -Por esto que has hecho, maldita serás entre todos los demás animales. De hoy en adelante caminarás arrastrándote y comerás tierra. Haré que tu y la mujer sean enemigas, lo mismo que tu descendencia y su descendencia. Su descendencia te aplastará la cabeza, y tú le morderás el talón. A la mujer le dijo: -Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz. Pero tu deseo te llevará a tu marido, y él tendrá autoridad sobre ti. Al hombre le dijo: -Como le hiciste caso a tu mujer y comiste del fruto del árbol del que te dije que no comieras, ahora la tierra va a estar bajo maldición por tu culpa; con duro trabajo la harás producir tu alimento durante toda tu vida. La tierra te dará espinos y cardos, y tendrás que comer plantas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste formado, pues tierra eres y en tierra te convertirás.” (Génesis 3, 14-19)

Una de las interpretaciones posibles para ese mito es la del abandono de una economía de recolección, para dar paso al desarrollo de la agricultura. Todavía en la tradición judeo cristiana, Caín, hijo de Adán y asesino de su hermano, habría sido justamente el fundador de la primera ciudad, Henoc.

“El Señor le dijo: – ¿Por qué has hecho esto? La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra, me pide a gritos que yo haga justicia. Por eso, quedarás maldito y expulsado de la tierra que se ha bebido la sangre de tu hermano, a quien tú mataste. Aunque trabajes la tierra, no volverá a darle sus frutos. Andarás vagando por el mundo, sin poder descansar jamás.” (Génesis 4, 10-12)

Caín se queja de su castigo, diciendo:  (sigue)

“… tendré que vagar por el mundo lejos de tu presencia, sin poder descansar jamás. Y así, cualquiera que me encuentre me matará. Pero el Señor le contesto: -Pues si alguien te mata, será castigado siete veces. Entonces el Señor le puso una señal a Caín, para que el que lo encontrara no lo matara. Caín se fue del lugar donde había estado hablando con el Señor, y se quedó a vivir en la región de Nod, que está al oriente de Edén. Caín se unió a su mujer, y ella quedó embarazada y dio a luz a Henoc. Luego Caín fundó una ciudad, a la que le puso por nombre Henoc, como a su hijo” (Génesis 4, 14-17).

jardín del Edén

Representación del jardín del Edén, íntimamente relacionada al mito de la Edad de Oro. Pintura de Lucas Cranach, el Viejo, circa 1530 (Fuente: JEAN, 1994, pp. 20-1)

En muchos pasajes del texto bíblico las ciudades fueron estigmatizadas como áreas malditas. Indudablemente, bajo ciertos aspectos simbólicos, la ciudad es la antípoda del Edén. Una parte significativa de la historia del urbanismo y de las utopías urbanas puede ser interpretada como intentos de reconciliación con la naturaleza y con ese mito originario de una era y un espacio perdidos. Desde los jardines de Babilonia, o mucho antes, se suceden los intentos de recrear en la ciudad el paraíso perdido. El nacimiento de la ciudad, así como el concepto mismo de su existencia, están ambos circunscritos por la definición de un territorio que sería el lugar de ciertas prácticas políticas, culturales y económicas, significativamente diferentes de aquellas del medio rural. En el comienzo de la existencia de la vida humana, la oposición ciudad/campo corresponde a una determinada división social y espacial del trabajo. Las actividades más directamente ligadas a la obtención de productos alimenticios y de materias primas ocurren en el campo, mientras las ciudades son lugares de comercio, de gestión y de poder por excelencia.

Ahora bien, esa oposición no impide que ciudad y agricultura sean históricamente relacionadas una con la otra. Las actividades urbanas se desarrollaron a partir de la gestión y de la distribución del excedente, viabilizado por el desarrollo de la agricultura. Paul Bairoch llega incluso a afirmar que la agricultura supone casi ineluctablemente un proceso de urbanización. Raras son las regiones donde, 2.000 años antes de la existencia de una verdadera agricultura, no se constate la aparición de ciudades (3). A lo largo de toda la historia de las ciudades, esa separación física en relación con los lugares implicados en la producción de alimentos fue efectivamente mucho menos rígida que en la teoría, sobretodo en lo que respecta al pastoreo y a una pequeña producción agrícola de subsistencia. El mantenimiento de esas actividades en el espacio intramuros, innúmerables veces, representó también la garantía, a partir de la situación de cercamiento, de la sobrevivencia. A ese respecto, Michel Ragon en su libro L’homme et les Villes (1995: 16) menciona el relato de Herodoto, según el cual la ciudad de Babilonia sería un cuadrado cuyo lateral mediría el equivalente a 21 kilómetros de lado, circundada por una muralla de 80 metros de altura y 20 metros de ancho. Inclusive dudando de esas medidas, Ragon afirma que existen pruebas suficientes para creer que las primeras ciudades eran efectivamente bastante extensas, justamente por incluir, en el espacio de intramuros, muchas áreas agrícolas.

jardines de Babilonia jardines de Babilonia

Representación de los jardines de Babilonia, en este caso en una ilustración publicada en 1760 por John Bowles, en Black HorseCornhill. Se percibe en ella la clara proyección de las concepciones del paisajismo absolutista barroco (Fuente: KING, 1979, p. 23). “Los jardines colgantes de Babilonia”, de D. Lancelot. Publicada en Histoire des jardinscheztous les peuplesdepuisl’antiquitéjusqu’à nos jours, de Arthur Mangin, 1883 (Fuente: KING, 1979, p. 23).

2. Las propuestas utópicas: la agricultura y el espacio urbano

El pensamiento occidental estuvo frecuentemente marcado por la producción de representaciones utópicas que evocaban el descubrimiento o la propuesta de sociedades ideales. Esa tradición se forjó bajo diferentes formas: los tratados de política, textos literarios, las formulaciones iconográficas y arquitectónicas, etc. Una de las características más sobresalientes de esa tradición utopista, sobretodo en lo que respecta a su dimensión literaria, fue la ubicación de esos espacios utópicos en geografías insulares o en alguna otra forma de espacio alejado del mundo conocido. La propia situación de insularidad y de alejamiento implicó comúnmente la inclusión de la agricultura y de la subsistencia como elementos claves de la viabilidad utópica. En la República de Platón, por ejemplo, los agricultores y artesanos, proveedores de la subsistencia material, constituyen una de las tres clases de la ciudad. A partir del Renacimiento, la tradición literaria utópica comenzó a interesarse por la organización del espacio, más específicamente por el espacio urbano, por el hábitat construido y por la relación de éste con el medio natural y las áreas rurales. En la isla de Utopia de Thomas More (1516), por ejemplo, 54 núcleos urbanos se distancian unos de los otros en función del potencial agrícola del área rural que los separa.

Jardín en medio urbano Utopus, el Rey de la Isla de Utopía

Jardín en medio urbano (Fuente: Haudebourg, 2001, p. 193). Utopus, el Rey de la Isla de Utopía, de Tomas More, llevando un manojo de espigas de trigo en lugar de cetro (Fuente: Jean, 1994, p. 45).

En una ilustración de la obra publicada en el siglo XVII, Utopus, el rey de Utopia, en lugar de cetro lleva en la mano un ramo de espigas de trigo, simbolizando así la base material de la estructuración social de la isla. Todavía en el ámbito del Renacimiento es revelador el hecho de que Filarete (4), uno de los principales autores de la producción tratadística del período y responsable por el proyecto de Sforzinda, produjo también un tratado sobre agricultura (Roseneau, 1988: 62). La historia de las Américas está marcada, en varios pasajes, por la implantación de comunidades portadoras de proyectos utópicos urbanístico-agrícolas. Ese fue el caso, por ejemplo, de las misiones jesuíticas en América del Sur o de las comunidades puritanas en América del Norte durante el siglo XVII.

Al fin del siglo XVIII, con el advenimiento de la era industrial y la degradación de las condiciones ambientales en las grandes ciudades europeas, los proyectos utópicos ganaron más precisión respecto a la función agrícola, así como en la especificidad de la organización física de los asentamientos. En ese período se puede asistir, por un lado, al apogeo de la ideología fisiocrática. De cara al desarrollo de la producción manufacturera y mercantil, los partidarios del pensamiento fisiocrático argumentaban que solamente la agricultura sería capaz de producir riquezas. Por otro lado, las ciudades eran cada vez más asociadas a los vicios y perversiones. Las utopías adquirían un contenido que daba mayor énfasis al aspecto agrícola y a la dimensión antiurbana. Eso puede ser observado sea del lado de las idealizaciones mas identificadas con el pensamiento liberal -o pre-liberal, como fue el caso de los fisiócratas-, así como del lado de las propuestas reformistas de orientación más socializante.

Gravado que ilustra el libro Isla de Utopía

Gravado que ilustra el libro Isla de Utopía, de Thomas More, 1516. Nótese la presencia de una determinada concepción de la relación ideal entre lo urbano, lo rural y las prácticas agrícolas. En el borde superior derecho, el medio urbano, congestionado y densamente ocupado, antípoda de lo que ocurría en la isla.

Esa época, el inicio de la era industrial, coincidió con la conclusión del largo período de grandes descubrimientos geográficos iniciado en el siglo XV. Las perspectivas de descubrimiento de sociedades ideales, geográficamente aisladas, se estaban agotando. Las utopías abandonaron entonces la búsqueda geográfica y adquirieron una perspectiva propositiva en relación al futuro. Innumerables formulaciones utópicas bregaban por el abandono de las ciudades y la aproximación al medio rural y a las actividades agrícolas. Entre una gran variedad de propuestas, el falansterio de Fourier figura entre las más conocida (5).

3. Parques, jardines y agricultura urbana: un problema de precisión

No se debe olvidar que, cada vez que la temática urbana es mencionada, evoca la figura del jardín. Dejemos en claro desde ahora que la propia idea de jardín es un concepto ambiguo que evoca tanto a la ‘naturaleza’ (6) como la interferencia humana. Así como la ‘naturaleza’, el jardín esta constituido de elementos naturales, pero no se trata de la propia ‘naturaleza’ sino de su representación, una naturaleza producida, controlada, podada, injertada. De igual modo que en la ciudad el jardín es un producto de la acción humana, simbólicamente cerrado y amurallado. El concepto de jardín revela también otra ambigüedad, o mejor, una doble posibilidad de interpretación. Esa dualidad puede ser, al mismo tiempo, complementaria o antagónica. De un lado, el jardín es considerado un lugar de placer, de arte y de distensión que evoca el Paraíso; pero al mismo tiempo, puede ser también un lugar de producción que lo aproxima a la agricultura.

jardín secreto

Una representación del concepto de giardinosegreto (jardín secreto) que ilustró la obra HypnerotomachiaPoliphili (El sueño de Polifilo), de Francesco Colonna, 1433-1527 (Fuente: MOSSER&TEYSSOT, 1991, p. 88).

En el medio urbano la vegetación se da siguiendo un abanico diferenciado de situaciones: parques, cementerios, plazas, arborización variada y jardines privados o comunitarios. La agricultura urbana, no obstante, es una actividad usualmente presente en esas dos últimas geografías. En las próximas páginas trataremos de esos espacios, sin hacer de modo alguno una separación por demás estricta entre la corriente más ornamental, que será presentada como “agricultura de deleite”, y el lado más productivo, ligado a la producción agrícola. En los casos concretos no son fácilmente separables. Nuestro interés, en el ámbito de este trabajo, está puesto más sobre el papel de los jardines y la agricultura urbana de las utopías, en los modelos y referencias adoptadas para el desarrollo de las ciudades del mundo occidental capitalista.

4. La agricultura urbana en la era industrial.

En la era industrial las nuevas tecnologías de transporte y de conservación de los alimentos hicieron posible el distanciamiento de los lugares de producción de los de consumo de productos alimenticios. En ámbitos urbanos de mayor escala, el advenimiento de la era industrial supuso tres fenómenos que implicaron directamente el tema de la agricultura urbana: a) el abandono y la prohibición de muchas prácticas urbanas de producción de alimentos en los barrios más centrales de las grandes ciudades del mundo industrializado; b) la sobrevivencia de la agricultura urbana de subsistencia eventualmente inducida con propósitos de control social; y finalmente, c) la difusión de un modelo de desarrollo urbano caracterizado, entre otros, por un determinado tipo de “agricultura urbana de deleite”. Esos tres fenómenos se dieron en geografías diferentes aunque no totalmente aisladas entre si.  En el primer caso, como mencionamos, se trata de hechos referentes principalmente a los grandes centros urbanos. En el segundo caso, los jardines familiares u obreros son más característicos de las ciudades europeas, aunque la experiencia de los jardines industriales se haya extendido también en el continente americano. Y, por último, la proliferación urbana de los suburbios residenciales con césped fue originalmente un fenómeno urbanístico de los países de cultura anglo sajona, si bien más tarde ese modelo fue difundido más allá de esos límites geográficos.

actividades agrícolas

Pintura de fines del siglo XVIII imbuida de la ideología fisiocrática, enaltecedora de las virtudes de las actividades agrícolas (Fuente: JEAN, 1994, p. 63).

La expulsión de las actividades agrícolas de las ciudades industriales estuvo directamente ligada al aumento del precio de los terrenos, a la intensificación de la ocupación del suelo urbano y a la propia precariedad de las condiciones habitacionales de la población obrera. Otras estrategias de abastecimiento de alimentos, principalmente la cría de animales, fueron prohibidas o cercenadas en el ámbito urbano a causa de las molestias ocasionadas, por la implantación de normas sanitarias y la difusión de una determinada imagen de civilidad urbana con la cual las elites se identificaban. En lo relativo al transporte urbano, la rápida substitución de fuerza motriz animal por la electricidad y los combustibles fósiles tuvo como consecuencia el fin de toda una agricultura urbana de pastoreo que alimentaba los rebaños, de gran importancia para el transporte urbano hasta la última década del siglo XIX.

A esa tendencia más estructural de expulsión de actividades agrícolas del medio urbano se contrapusieron varias prácticas no hegemónicas, más bien reveladoras de las problemáticas sociales, económicas y políticas de los diferentes contextos urbanos en cuestión. Desde los últimos años del siglo XIX, la periferia y los suburbios de París y de varias otras ciudades de Europa continental fueron ocupadas por asentamientos populares. En esas localidades, una determinada agricultura de subsistencia, practicada en los jardines familiares, garantizó la sobrevivencia y una cierta independencia -en un contexto de salarios bastante reducidos- de eventuales períodos de desempleo y de una caída del ingreso familiar. Esos jardines, muy frecuentemente, tenían raíces campesinas, identificables en la elección de las especies cultivadas, directamente ligadas a los hábitos alimentares de aquellas regiones de origen (Trempé, 1971, citado por Dubost, 1984: 37).

En Inglaterra, entretanto, las clases populares continuaban viviendo en los barrios centrales, donde la disponibilidad de espacio libre para la actividad de jardinería no era grande. Los jardines de subsistencia y de cultivo de flores eran mucho más frecuentes en el  medio rural, en cottages y parcelas agrícolas ubicadas en los pueblos. Esas parcelas, en su gran mayoría, habían sido originalmente establecidas durante el avance del siglo XVIII y comienzos del XIX, obtenidos como compensación por la perdida de los derechos comunales en el contexto del enclosure movement (Constantine, 1981: 392).

5. Las prácticas de la agricultura urbana

Las prácticas de la agricultura urbana, entretanto, suponían también otras dimensiones, bastante abiertamente políticas que económicas. Durante el siglo XIX, en las sociedades donde el proceso de industrialización se encontraba más avanzado, surgieron innumerables iniciativas de reforma social y reforma urbana. Ellas variaron en sus orientaciones, desde vertientes filantrópicas y de caridad hasta posiciones abiertamente socialistas. Sin olvidar las iniciativas de las grandes companías industriales: los jardines industriales, existentes en las company towns y en las ciudadelas obreras. ¿Qué es lo que une a todas las iniciativas de ese período? Un consenso de que la solución para la degradación de los sitios urbanos debería pasar necesariamente por una política de reducción de la densidad de población en las ciudades existentes, construyendo nuevos hábitats con más espacios abiertos y mayor interconexión entre las áreas rurales y el medio ‘natural’. Dicha perspectiva estaba presente también en las utopías socialistas de la primea mitad del siglo XIX, pero tomó forma más acabada y difusión hacia 1898, en la propuesta de ciudades-jardín de Ebenezer Howard. Esto tuvo como consecuencia diversas experiencias piloto ocurridas a ambos lados del Atlántico.

A lo largo del siglo XIX, las ciudades de la era industrial, sobre todo las más grandes, continuaban constituidas principalmente por barrios densos e infectos. En un contexto de agitación social, epidemias y condiciones ambientales graves, se respondió con intentos de domesticación y manipulación de la clase obrera, por medio de la transformación de su hábitat. Una idea bastante difundida por entonces era aquella que asociaba los malos hábitos de las clases populares al hábitat denso, los barrios de mala fama solidarios con el entretenimiento, la vida en los cabarets y el alcohol. Es bajo esa lógica que emergieron las propuestas de un nuevo hábitat basado en la unidad residencial aislada, en la vida centrada en la familia y en la ocupación del tiempo libre con actividades de jardinería.

fiesta jardines obreros

Fiesta de los jardines obreros, 2 de julio de 1922 (Fuente: DUBOST, 1997. pp. 120-1).

 

Jardinería Siglo XIX

“La jardinería se volvió, durante el siglo XIX, un entretenimiento popular. Antes de eso era una actividad restricta a aquellos con medios financieros capaces de contratar ejércitos de jardineros profesionales”. (Fuente: Zuylen, 1994, p. 154; traducción del autor).

 

Una nueva temporalidad estaba siendo formulada y difundida para la población como un todo, pero más específicamente dirigida a las clases populares. Esta nueva época trajo también la necesidad de nuevos espacios. Diferentes lógicas se imbricaron a la perfección. Desde el punto de vista sanitario, la unidad residencial aislada facilitaba las condiciones de ventilación y se plegaba a la teoría de los miasmas, entonces hegemónica en los medios higienistas. El pequeño jardín alrededor de la casa o el pequeño terreno agrícola en las inmediaciones debían suscitar la asociación y la devoción con la propiedad privada, consolidando así la ideología dominante. La actividad de jardinería reemplazaría las juergas en los cabarets: “Hacer de un bailarín un jardinero” (7) era uno de los lemas de esas acciones de higiene social (Murard & Zylberman, 1976).

No se debe tampoco olvidar que el desarrollo de la jardinería, en esa época, fue asimismo el fruto de acciones en el mercado de todo un dinámico sector económico ligado a la producción de herramientas, semillas y del sector editorial de revistas y otras publicaciones sobre jardinería. En todo caso, la promoción de esa práctica correspondía, más allá de eso, a una valorización de los espacios privados en detrimento del espacio público. El abordaje moralizador estaba también bastante presente en las actividades de varias sociedades de jardinería existentes desde el principio del siglo XIX y de orientación abiertamente conservadora. Esas sociedades estaban frecuentemente dedicadas a las clases populares. Las exposiciones florales, los concursos ornamentales, las publicaciones instructivas, todas esas actividades tenían habitualmente la finalidad de difundir un determinado hábito de empleo del tiempo libre y los “buenos valores cristianos”. La orientación paternalista estaba de igual modo presente en las actividaes de los organismos de promoción de los jardines obreros, espacios verdes colectivos que se ubicaban en las periferias de las ciudades.

Otra tipología que compartía esa misma orientación eran los jardines industriales, presente en las ciudades y ciudadelas obreras (las company-towns). Partiendo de una concepción urbanística también centrada en la residencia aislada, dichos espacios tenían un significado sutilmente diferente del que tenían en los barrios-jardines de las clases más favorecidas. En las ciudades construidas por las companías para sus obreros, los espacios abiertos cultivados, así como los bloques construidos, eran concebidos como espacios de vigilancia, jardines disciplinares. Los jardines productivos en el medio urbano, en tanto, no eran únicamente fruto de esas acciones de manipulación. En diferentes países del mundo occidental, florecieron jardines urbanos comunitarios, locales de vivencias colectivas y prácticas culturales que, frecuentemente, evocaban la vida y el mundo rural abandonado.

La idea de reducir la densidad poblacional estuvo también en la base de los programas gubernamentales, efectivamente implantados a gran escala en algunos de los países del norte de Europa durante el período de entreguerras. En Inglaterra, así como en los Estados Unidos, estos programas se extendieron inclusive durante el período de la Segunda Guerra Mundial, con la implantación de varias war villages. En el primero de estos países los asentamientos fueron concebidos bajo la influencia directa del concepto de ciudades-jardín: baja densidad, casas semi-duplex o las short terraces con jardines en el frente y atrás de la construcción. La jardinería ornamental se convirtió así en una práctica popular. En Alemania, por su parte, las influencias del movimiento moderno se hicieron sentir inclusive antes de la Segunda Guerra Mundial. Algunos municipios importantes, administrados por los social demócratas, implantaron programas de habitación social teniendo como referencia los métodos de construcción industrializados, el hábitat colectivo y las economías de escala. El pequeño jardín familiar no fue un rasgo característico de esos emprendimientos, a pesar de la presencia de concepciones relacionadas con bajar el nivel de densidad poblacional. También durante los períodos de guerra, la agricultura urbana adquirió una función estratégica no solamente en lo relativo al abastecimiento de alimentos, sino que, como mencionamos con anterioridad, también respecto a su aspecto ideológico. Ese fue el caso, por ejemplo, de la Alemania nazi, donde la agricultura urbana fue una actividad extensamente incentivada.

El ideal de paisaje residencial, característico de los países de cultura anglo sajona, y la referencia de las ciudades jardín fueron asimilados por el sector de promoción inmobiliaria privada y se difundieron en todas las direcciones del mundo occidental desarrollado. Mientras tanto, a pesar del enriquecimiento general de esas sociedades y de la pérdida de las raíces campesinas durante la segunda mitad del siglo XX, hay que reconocer que la agricultura urbana de subsistencia sobrevivió, alimentada por la difusión de un modo de vida influenciado por el movimiento ecológico y por el ideal de un hábitat sustentable. Eso sin negar, entretanto, una tendencia de largo plazo de aumento de la “agricultura ornamental”.

producción hortícola Agricultura urbana

La permanencia de la producción hortícola en los jardines obreros de Suresnes, periferia parisina, en 1943 (Fuente: LE GOFF, 1998, p. 31). Agricultura urbana en los jardines industriales como estrategia de domesticación de la clase obrera (Fuente: MURARD&ZYLBERMAN, 1976).

6. “El césped: una obsesión americana”(8)

Las consideraciones sobre la agricultura urbana en los países desarrollados serian por demás incompletas sin una mención específica de una ocurrencia asociada al paisaje urbano ajardinado, bastante característica del mundo de la colonización anglo-sajona: el césped. Este elemento constitutivo de la construcción del paisaje se integró plenamente a un modelo de desarrollo urbano pautado por la expansión horizontal, las bajas densidades poblacionales, el transporte individual, la existencia de barrios residenciales exclusivos, la residencia unifamiliar aislada en los lotes y la ausencia de cercos o de muros, por demás evidentes entre los lotes -al menos en la parte frontal. Se trata de un paisaje en el que el césped suscita un ideal de serenidad, originario de la tradición paisajística inglesa. Veamos, entonces, algunos aspectos de ese origen y su desarrollo en el continente americano.

Hasta el siglo XVIII los jardines ingleses seguían la tradición francesa conocida como formalista/absolutista, basada en una concepción de naturaleza controlada y moldeada. Durante ese siglo, sin embargo, la tendencia se desplazó hacia otra concepción estética, una  basada en un ideal de paisaje que ya no debía ser controlado, aunque si usufructuado en su forma ‘natural’. La referencia de base era el hábitat pastoral de Arcadia, en la Grecia antigua, o, más exactamente, su idealización como un lugar en el que la sociedad vivía en armonía con la naturaleza. Con la intención de recrear ese ideal del ambiente natural, esa nueva construcción del paisaje hizo uso de formas orgánicas y de la perspectiva no circunscripta, diferente, ella también, de la perspectiva axial de la tradición absolutista. El ideal pastoral, así como la liberación de las barreras visuales para permitir la construcción de perspectivas fluidas y continuas, está en el origen de la valorización y difusión del césped. Los ha-ha constituían la piedra de toque de esa concepción de la naturaleza no circunscripta, no cercada. De manera irónica fueron implantados, justamente, durante el proceso de cercamiento de los campos comunales. Ha-ha es un dispositivo de encerramiento en las propiedades rurales que engloba la cerca propiamente dicha y su implantación por debajo de la línea del horizonte, en una especie de foso especialmente construido para esconderse y así dar la ilusión de un territorio continuo, transparente y sin segmentariedad. El nombre ha-ha es originario de la exclamación de sorpresa acaecida cuando el observador se aproxima y, súbitamente, la descubre.

Corte esquemático de un ha-ha

Corte esquemático de un ha-ha. 

El césped en sí constituía un elemento importante del mundo rural y pastoral inglés. Formó parte de la colonización biológica del nuevo continente. Era el césped, hecho de especies importadas, el que garantizaba el pasto para la cría de ganado. Estaba también presente en el medio urbano, sobre todo en las áreas comunes (los commons), donde cumplía la función de proveer alimento a los rebaños urbanos. Su utilización para fines ornamentales data de mediados del siglo XIX, ampliamente difundido por el movimiento de los parques urbanos y la implantación de los barrios jardín en los suburbios ‘elegantes’. El césped urbano americano estaba también lleno de significados y tenía en sí importantes denotaciones. En los barrios exclusivos, suscitaba el mundo rural en un contexto en que las ciudades, llenas de connotaciones negativas, se encontraban estigmatizadas. Representaba, también, el poder económico del propietario y una actitud específica caracterizada por el celo de mantenerlo bien, llano y libre de hiervas dañinas. La existencia de cercos, principalmente sobre el frente de los lotes, implicaba imprecisiones territoriales en relación con los vecinos y, por ello, la necesidad de un cierto contrato comunal, por un lado, así como una fuente de conflictos por el otro. Particularmente en relación con los que no acataban la estética de la homogeneidad que el mantenimiento del césped implicaba.

Para los recién llegados a Nueva Inglaterra, provenientes del sur del país o de cualquier región rural, la vegetación alrededor de la casa era, sobretodo, algo a evitar debido a la amenaza de serpientes e insectos indeseables (Jenkins, 1994). Para la mirada de los vecinos, el acto de cultivar el lote y no colocar césped era visto como una agresión y una negativa a integrarse en la comunidad. Se trataba, en realidad, de una estética urbana hegemónica ligada a situaciones de intolerancia. Eso, en concreto, porque dicha estética implicaba, como ya mencionamos, una determinada concepción de “transparencia”, de homogeneidad y de continuidad del espacio paisajístico. Más recientemente, los conflictos provienen, sobretodo, de los comportamientos desviados de aquellos propietarios que eligen jardines más ‘naturales’, con especies no-domesticadas y sin el respeto sistemático a la práctica hegemónica que preconiza el corte y la limpieza de las hierbas dañinas (Jenkins, 1994: 175). Esos conflictos toman la forma de acciones judiciales o de ordenanzas municipales que se pretenden guardianas del bien estar y de la salud pública. Una vegetación no respetuosa de estos valores implicaría un riesgo de proliferación de serpientes, ratones y mosquitos. Curiosamente, un argumento muy parecido con aquel que, cien años atrás, venía justamente de quienes no se sometían a la hegemonía del césped.

The Lawn BeingSprinkled Publicidad norteamericana de cortador de césped Cartel publicitario norteamericano

“The Lawn BeingSprinkled”, de David Hockney, 1967 (Fuente: RoWE, 1991, p. 54)

 

Publicidad norteamericana de cortador de césped (Fuente: Jenkins, 1994, pp. 132-3).

 

Cartel publicitario norteamericano, vehiculo de la ideología del suburbio-jardín y de la casa unifamiliar implantada en medio de un área verde como requisito para la felicidad.

 

Conclusión

Como otros elementos de la ciudad, la agricultura urbana es fruto de la acción humana y objeto de representaciones, significados y de un simbolismo no siempre evidente. Un caso bastante emblemático es el de las sociedades de jardinería para las clases populares de comienzos del siglo XIX. Bajo una fachada angelical, se escondía el interés velado de domesticación de dichas clases. Otro ejemplo que nos permite comprender la complejidad y las exigencias veladas es el de los suburbios norteamericanos. En ellas, y bajo el pretexto de preservar las condiciones ambientales, las exigencias de las leyes de parcelamiento con relación a las vastas proporciones de áreas verdes dentro de los lotes, se echó a andar una serie de prácticas de discriminación, a la vez que un intento por mantener un cierto status, impidiendo el establecimiento de los menos ricos y, hasta algún tiempo atrás, de los no blancos. Una mirada sobre las prácticas de la agricultura urbana y de sus imbricaciones puede servir de rica fuente para la comprensión de los condicionantes políticos, económicos, sociales y urbanísticos de los cuales las ciudades son objeto.

Luis Octavio Da Silva

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(1) Poeta griego que vivió en el siglo VIII a.C.

(2) Las citas en portugués fueron cotejadas y extraídas del Antiguo Testamento traducido directamente al castellano en la versión: Dios Habla Hoy, Sociedades Bíblicas Unidas, [1979]1994 [Nota del traductor].

(3) “D’ailleurs, à la lueur des recherches récentes, il apparaît de plus en plus que, à terme, l’agriculture entraîne quasi-inéluctablement un processus d’urbanisation. Dans pratiquement tous les cas où l’on est en présence d’une agriculture, quelques millénaires plus tard apparaît le fait urbain. Rares sont les régions où, 2000 ans après l’existence d’une véritable agriculture, on ne constate pas l’apparition de villes” (Bairoch, 1999, p. 13). volver

(4) N. Del. T: Como modelo ideal de ciudad renacentista, Antonio Averlino -llamado Filarete- diseñó Sforzinda, un proyecto que nunca se llegó a realizar. Trazada mediante círculos y cuadrados, su plano describe una estrella de ocho puntas inscrita en una circunferencia. En el centro se situaría la plaza, con la catedral, el palacio señorial, el hospital, los almacenes y los talleres. Las calles irradiarían del centro hacia las distintas puertas de la ciudad, y tendrían pendiente para facilitar los desagües. Toda la ciudad estaría rodeada de un sistema defensivo que le proporcionaría una buena protección ante acontecimientos bélicos. Se trata de una ciudad hermética, simétrica y ordenada racionalmente, diseñada para Francisco I, duque de Sforza.

(5) Siguiendo ese utopista francés, la sociedad iba a dividirse en comunidades de 1.600 a 1.800 personas, alojadas en un edificio común, el Falansterio, que, por su parte, estaría inserto en un territorio de 3 millas cuadradas de tierra arable.

(6) N. del T.: Las referencias a la naturaleza se les han puesto entre comillas para dar a entender de mejor manera el sentido original del texto; es decir, que la separación entre naturaleza/cultura no es radical, sino compleja y ambigua.

(7) “Faire du danseur un jardinier.”

(8) Subtítulo tomado prestado de la obra de Virginia Jenkins, The Lawn: A History of an American Obssesion.


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