Revista Cultura y Ocio

Al otro lado del espejo (relatos cortos de víctor virgós)

Por Orlando Tunnermann
AL OTRO LADO DEL ESPEJO (RELATOS CORTOS DE VÍCTOR VIRGÓS)

Disponía tan sólo de 24 horas antes de que el espejo de Deimos quedara sellado para siempre, ocluyendo el portal bidimensional entre Limerick e Yvernia, su hogar.
El objeto esotérico que buscaba en esta ocasión la hechicera Diandra era un arcano talismán con forma de calavera engastada con fúlgidos diamantes.
Sonrió autosuficiente admirando la imagen engolada de su reflejo en la límpida pantalla del espejo temporal, que sólo eran capaces de abrir los más preeminentes hechiceros por medio de poderosísimos conjuros.
El esfuerzo requerido para tamaña empresa era siempre ímprobo y dejaba su fuerza vital tan menoscabada como un famélico erial agostado.
El poseedor de tan codiciado objeto era un extravagante archiduque galés que coleccionaba rarezas de todo el orbe.
Su mansión, al norte de Limerick, era como un museo de antigüedades y reliquias de valor incalculable que el anacoreta aristócrata exponía al criterio mundano una o dos veces al año.
Vermont Archibald había enviudado en nebulosas circunstancias al año y medio de desposar a la multimillonaria marquesa de Irantzu.
No se le conocían afiliaciones sociales ni asistencia alguna a eventos de carácter gregario. El solitario archiduque deshojaba su existencia al cobijo de su palaciega residencia, sin más acicate que atesorar tantos lujos como le permitiese su opimo patrimonio.
Lo encontró frente al televisor, fumando en pipa, congelado ante la imagen de un filósofo extremadamente exacerbado que arengaba a cuatro contertulios acerca de la desfachatez de los políticos del país que derivaban sus monumentales capitales a paraísos fiscales.
Diandra se fijó en la enjoyada mano derecha que acariciaba la testa de un enorme gato de angora. La otra, retenía entre los dedos índice y pulgar un habano a medio consumir.
Sobre la cabeza, pequeña y redonda, se había incrustado una chistera excesiva que le confería un grotesco aspecto de bufón amorfo y liliputiense.
Tenía los ojos grises y enormes, pero su boca, rugosa y lívida, era una pequeña brecha sobre la barbilla. La nariz era simiesca y fea. Aparentaba unos 70 años, pero algo en su actitud le otorgaba un aire ecléctico entre juvenil, procaz y burlón.
Su sentido auditivo era excelente. Vermont se giró inquieto en el enorme butacón de cuero gris.
Diandra abandonó su escondrijo tras un biombo naranja con grabados en grafía china. Le satisfizo comprobar cómo afluía la estupefacción y el horror en el semblante flemático del envanecido galés.
Pero el breve inciso de estupor quedó rápidamente trocado por la expresión petulante del baladrón que guarda en la recámara de la insidia una martingala inesperada.
-¿Quién eres tú? ¿Cómo has entrado en mi casa? –inquirió arrogante. No era un hombre fácil de acogotar-
-Me iré enseguida. Nadie tiene por qué salir herido. Quiero la calavera de diamantes. Dámela y así podré regresar a mi mundo y tú al tuyo.
-No está en venta. Me pertenece –repuso recalcitrante. Se había puesto de pie, pero aún seguía pareciendo enano, como un garbanzo menguado aplastado por un sombrero mexicano-.
-No he dicho que tenga la menor intención de comprarla. Entrégamela sin objeciones.
El enano estudió a la bella damisela unos instantes. Su elegante vestido violeta se ajustaba como un guante a su talle esbelto. Lucía majestuosa y grácil; dimanaba de su aura majestuosidad y bondad, pero también una firme determinación.
La intuición le decía que no debía fiarse de su aspecto inocuo.
-¿Por qué iba a hacerlo?
-Porque de lo contrario tendré que llevármela por la fuerza.
El enano se rió, incrédulo.
-Sólo eres una escuálida mujer. ¿Acaso crees que eres más fuerte que yo? No veo ninguna pistola, ningún arma.
No le gustó el modo en que le devolvió la sonrisa la extraña visitante del elegante vestido rimbombante.Se llevó las manos al medallón que circuía su grácil y largo cuello.
Era una orquídea natural, pero brillaba de un modo artificial, como si estuviera lacada. Jugueteó con los pétalos, largos y arrugados, como lágrimas que cayeran de una cascada floral.
Le fallaron las piernas y cayó derrumbado al suelo. Diandra estrujó los pétalos con mayor ahínco, ejerciendo mayor presión en las puntas afiladas. Vermont se retorcía de dolor cada vez que ella manipulaba la orquídea.
-La calavera… -fue la única palabra que musitó, mientras sus dedos elaboraban maleficios entre los pétalos del esotérico colgante-
Le faltaba el aire, no podía respirar. De repente, el aire se había tornado fétido y rancio, como un bosque abonado con azufre. El enano, tendido en el suelo como un guiñapo, indicó con su dedo índice un lugar indefinido al fondo de un pasillo lóbrego y angosto.
Diandra se apresuró, dejando a su víctima sometida a la tortura de la asfixia y los dolores terribles por todo el cuerpo.
La calavera estaba en el interior de una vitrina de cristal, entre alhajas de procedencia dispar: cofres pequeños de la antigua Hispania, vasijas etruscas, máscaras griegas, ánforas romanas,  tablillas con escritura cuneiforme…
Regresó con el venerado objeto entre sus manos…  el espejo de Deimos se cerraría en poco menos de 6 horas.
Desde el pasillo escuchó el tintineo de una campana. Eso no era bueno, nada bueno… sabía lo que significaba y su cuerpo reaccionó de inmediato al mandato de la melodía…
Le fallaron las piernas, flaqueaba… las piernas no sostenían su peso… tenía tanto sueño…
Arrastrándose, llegó hasta el fastuoso salón, donde sorprendió a Vermont tañendo un pequeño artilugio dorado conocido como Campana de Morfeo.
El astuto enano la había superado en argucias e ingenio… Diandra se maldijo entre dientes por tamaña imprudencia, propia de magos bisoños y pacatos neófitos.
Sonrió esperanzada ante la nueva perspectiva…
Su incursión en Limerick iba a resultar mucho más provechosa de lo que habría soñado jamás.
El potentado archiduque ostentaba en su prolijo patrimonio la calavera de diamantes, que otorgaba la inmortalidad a su poseedor, y también la campana de Morfeo, que adormilaba a cuantos se hallaran rayanos en un radio de 3 kilómetros.
Sabía que los objetos mágicos de la hechicera Norma Flandes, que había arrebatado miles de vidas con sus inicuos relojes pintados, se contaban por millares y estaban diseminados por todo el mundo…
Diandra tenía que encontrarlos. Con la calavera y la campana, sumaría ya un total de 19 objetos.
El archiduque blandió una jactanciosa sonrisa cuando la vio aparecer tan menoscabada y abúlica.
Se mofó abiertamente al comprobar los efectos de su asechanza.
Logró levantarse y le asestó una patada terrible en la barbilla que le hizo sangrar. Acto seguido, le arrebató el medallón y lo arrojó lejos de su alcance.
Sonrió maliciosamente. Su faz nunca le pareció a Diandra tan ridícula.
-Ahora ya no eres tan fuerte, sin tu medallón.
El archiduque le usurpó también la calavera y se burló de su patente inferioridad.
Se arrodilló junto a la hechicera y se la quedó observando, como quien contempla a una mariposa sin alas que sabe que jamás volverá a volar.
Diandra aguantó su mirada escrutadora unos segundos, mientras sus manos acariciaban las vetas violetas de sus medias.
El enano frunció el ceño, cauteloso, circunspecto...
Observó las manos de la hechicera, que ahora estaban teñidas de una pátina de tiza roja y púrpura. Diandra aprovechó ese instante de perplejidad para embadurnarle el rostro con el polvo molido.
Vermont comenzó a aullar, horripilado. No podía ver nada. Le ardían los párpados… se le hinchaban los glóbulos oculares… se estaba abrasando…
Diandra, aún debilitada y entumecida, reptó hasta la calavera, recuperó el medallón y escamoteó de entre los dedos del aristócrata la campana de Morfeo.
Vermont no podía ver nada, pero supo que la hechicera se había escapado con su calavera de diamantes cuando escuchó unos pasos precipitados perdiéndose en la distancia a toda velocidad…

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