Revista Cultura y Ocio

Alfredo wandossell

Publicado el 24 marzo 2010 por Hache

Hace unos días, revisando antiguos papeles metidos en cajas y carpetas, me encontré con un par de cuentos de Alfredo Wandossell, de quien ya colgué un relato suyo aquí.
El caso es que, releyéndolos, creo que no han envejecido tan mal como otros textos que algunos amigos me dejaron hace ya quince años...
Dejo aquí uno de ellos:
EL ÚLTIMO DESEO DE DON ROBERTO
Dos pares de pisadas se alternaban rítimicamente sobre el soleado pavimento de la Calle Mayor. El primero era propio de un profesor de Filología o un maestro de esgrima, pausado, elegante, clásico. El segundo contenía pisadas jóvenes y nerviosas, altamente musicales.
Paseaban, hasta que las pisadas jóvenes se detuvieron; las clásicas hicieron cortésmente lo propio.
–Entonces, me abandonas...
–Sí– contestó la dueña de las pisadas nerviosas. –Lo siento.
Cuando se rompe un corazón puede sonar de muy diferentes maneras, la más frecuente es el húmedo chasquido de una sandía madura arrojada con fuerza al suelo, es un ruido sorprendente y en cierto modo agridulce, un corazón también puede gemir como un papel rasgado poco a poco, dolorosamente, o como cristales rotos, como hachazos sobre madera húmeda (preferentemente en octubre), o simplemente no sonar.
El atípico corazón de Don Roberto se rompió a su manera, con un cristalino tintineo de diminutos cascabeles.
–Pues me acabas de romper el corazón–. Dijo con la serenidad de un viejo caballero. Entonces sucedió algo, se puso pálido y llevó una mano al pecho. Le dolía.
–No seas dramático. Dijo ella –Estas cosas no duelen físicamente y menos a un degenerado como tú.
–¡Ni estas cosas ni leches! ¡¡Creo que me está dando un infarto...!!
La ambulancia gemía como cuando le pisas el rabo a un gato gigante (aunque no recuerdo haber pisado nunca a un gato gigante).
Ella tomó su mano.
"Ya no tengo edad para estas cosas" –pensaba Roberto.
A sus sesenta años, su delirante vida sexual era la envidia de todos sus alumnos de la Facultad. Con su pinta de galán caduco había seducido a Eva Montes, una joven profesora de baile, la dueña de las pisadas nerviosas y vivas que había decidido poner fin a su relación con el portador de neoclásicos andares.
La mente de Don Roberto se columpió sobre viejas canciones; ignorando los destemplados gritos de la ambulancia, se detuvo su alma en una que recordaba de Javier Krahe que escuchó no hace mucho en un bar del centro. Sonrió levemente y con ojos de moribundo susurró:
–Me muero Eva...¿Me concederás un último deseo?
Ella enarcó una ceja. –¿Qué clase de deseo?
–Siempre quise morir... en fin...
–¿Un polvo?– atajó ella.
Él asintió con fingido pudor.
–Eres un sátiro y un viejo verde.
Roberto sonrió: –Sabía que aceptarías.
Al llegar al hospital, el conductor abrió la puerta de la ambulancia y dos médicos se acercaron corriendo.
Roberto fumaba sentado junto a Eva, que dormía exhausta en la camilla. Uno de los médicos estaba perplejo, el otro sonreía.
–¿Otro infarto, Don Roberto?
–Pues sí, hijo... ¡Qué mala es la vejez...!
Lentamente se levantó de la camilla, palmeó afectuosamente la espalda del médico y se alejó de la ambulancia con las manos en los bolsillos y un leve tintineo de cascabeles al compás de sus viejas pisadas.

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