Se sentía feliz.
Tal vez «feliz» fuera una palabra excesiva para aquella sensación apacible que lo habitaba, pero no encontraba otra mejor. No era euforia ni plenitud, sino una tregua interior. Por primera vez en muchos años, tenía la impresión de que su vida funcionaba razonablemente bien.
Aquella mañana desayunaba en el porche con un espresso entre las manos. En algún momento dejó de leer la prensa y alzó la vista hacia el jardín. Su mujer había conseguido convertir aquel pequeño rectángulo de cemento en un refugio natural: vigas de madera envejecida en el suelo, mimbre, lino color crema, algunas plantas, el sauce llorón y, debajo, el cántaro.
Ese cántaro.
Lo habían encontrado en una casa medio derruida, en un pueblo perdido. Ella se había subido a una montaña de escombros para rescatarlo y él había tenido que sujetarla mientras se estiraba para alcanzarlo. La torre se vino abajo, los dos acabaron en el suelo y el cántaro salió indemne. Desde entonces ocupaba uno de los rincones preferidos del jardín y un espacio memorable y risueño en sus recuerdos.
Durante unas semanas siguió sintiendo aquella calma. Hasta que dejó de sentirla.
No ocurrió nada en su vida. Lo que cambió fue la de los otros. Las pruebas médicas confirmaron la demencia de su padre. Sus mejores amigos se separaron. En la empresa donde trabajaba empezaron los despidos. Nada de aquello le sucedía a él directamente, pero todo le afectaba.
Le resultaba imposible disfrutar de su paz mientras los demás se hundían.
A veces pensaba —y se avergonzaba de pensarlo— que solo podría ser feliz aislado del dolor ajeno. Pero no era así. Había en él una disposición involuntaria a sufrir con los suyos.
Estaba sentado en el porche con un whisky de malta en la mano cuando oyó un susurro.
Era una voz hueca, como salida del interior de un recipiente vacío.
Miró alrededor. No vio a nadie.
La voz sonó de nuevo.
Venía del cántaro.
Dentro del cántaro, el alma de cántaro llevaba siglos esperando. Su misión era sencilla: necesitaba que un ser humano llenara el recipiente de agua, bebiera de él y formulara un deseo. Durante siglos aquello había sido fácil pero luego llegaron los grifos, las tuberías, y las botellas de plástico. Los cántaros dejaron de ser útiles y pasaron a ser objetos decorativos. Y ella había terminado atrapada en uno de ellos, debajo de un sauce llorón que se pasaba media vida soltando hojas que lo iban llenando lentamente.
Cuando él se inclinó para escuchar mejor, la voz dijo:
—Soy el alma de cántaro.
Miró una vez más a su alrededor. Nada. Se asomó al interior.
Solo había hojas.
Sonrió ante lo absurdo de la situación y, sin saber muy bien por qué, decidió limpiar el cántaro. Lo vació de hojarasca, lo enjuagó, lo dejó reluciente y lo llenó con agua fresca. Después vació el whisky al pie del sauce y llenó el vaso con agua del cántaro.
Le pareció la más limpia y fresca del mundo.
Antes de beber, pensó:
Ojalá todo mejore para todos.
Y apuró el vaso de un trago.
Dentro del cántaro, el alma sintió una sacudida de júbilo. El rito se había cumplido.
Un ser humano había bebido del cántaro.
Y había deseado.
Conmovida, pronunció la fórmula:
Que todo mejore para todos.
A los pocos minutos empezó a sonar el teléfono.
El diagnóstico de su padre era erróneo.
Sus amigos se habían reconciliado.
La empresa había conseguido un contrato millonario: no habría despidos.
Aquello fue solo el principio.
La insatisfacción llevaba demasiado tiempo convertida en atmósfera del mundo. Nunca era suficiente: ni el cuerpo que tenías, ni el trabajo, ni la casa, ni el dinero. Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. La acumulación perdió importancia. Se hundieron industrias enteras construidas sobre el descontento. Descendió el consumo de ansiolíticos. Las guerras empezaron a apagarse. El bien común empezó a parecer razonable.
No era una felicidad excesiva.
Era una felicidad suficiente.
Una tarde, sentado en el porche, oyó un ruido al otro lado de la valla. No le dio importancia. Se levantó y se acercó al sauce. El cántaro, casi oculto por las ramas, recogía agua de lluvia.
—Tenemos al objetivo a tiro. ¿Procedemos, señor?
Nadie oyó el disparo.
Él solo sintió una vibración en el aire y un calor repentino en el pecho. Después se aferró a una rama, abrazó el tronco del sauce y cayó contra el cántaro.
El agua empezó a derramarse.
Él empezó a morirse.
—Objetivo derribado, señor.
—Recuperen el artefacto. Borren huellas. Desaparezcan.
Hombres vestidos de negro irrumpieron en el jardín. Lo oyó todo desde muy lejos. Entendió, sin comprenderlo del todo, que lo habían identificado como el Propagador del Virus de la Felicidad.
¿Él?
Buscaban «el artefacto».
El dolor lo iba venciendo. Quiso moverse, preguntar, insultar. No pudo. Cayó con la cara sobre la tierra húmeda y, a unos centímetros de sus labios, el cuello roto del cántaro siguió soltando gotas lentas de agua de lluvia.
Pensó en su mujer.
Pensó en cuánto le gustaba a ella aquel cántaro.
Y sonrió.
Una gota le cayó en la boca.
La bebió.
Su último pensamiento fue limpio, feroz:
Ojalá no encontréis nunca ese artefacto, cabrones infelices.
Dentro del cántaro, el alma comprendió que el barro no resistiría. Antes de marcharse, concedió el último deseo del moribundo:
Que no encuentren el artefacto. Nunca.
Los lobbies de las industrias más poderosas del planeta reaccionaron tarde, pero no lo bastante como para resignarse. Habían estudiado el fenómeno, localizado su origen y entrenado a un equipo especial para neutralizarlo. Descubrieron que todo partía de un individuo insignificante: un hombre corriente en un bajo con jardín. A partir de él, la felicidad se había propagado de forma exponencial.
Y la felicidad, para ciertos intereses, era una catástrofe.
Sin insatisfacción no había negocio.
Registraron el jardín. Sus detectores señalaban la zona del sauce. Revisaron las imágenes. El Propagador abrazaba el tronco antes de caer sobre el cántaro.
El cántaro, sin embargo, estaba hecho añicos.
Arrancaron el sauce y lo trasladaron a un laboratorio en Wichita. Allí reprodujeron el clima, la humedad, la luz. Ensayaron hipótesis. Tal vez el árbol. Tal vez el abrazo. Tal vez el whisky. Durante meses, los especialistas abrazaron el sauce, le hablaron, bebieron junto a él.
Nada ocurrió.
Mientras tanto, la felicidad siguió extendiéndose.
Imparable.
El alma de cántaro, por su parte, pensó durante unos días en instalarse en una botella de plástico, pero le pareció un destino vulgar y poco estable. Al final se decidió por un botijo hermoso que colgaba de una higuera, en un campo labrado.
No era un cántaro.
Pero se le parecía bastante.
Nota :Alma de cántaro
Según la RAE, “Persona sumamente ingenua o pasmada.” Expresión coloquial y poco usada…
