Ladra como siempre, encandila como nunca
Nota: 7
Como ya comentamos el año pasado, Wilfred fue una de las
pequeñas sorpresas de la temporada, una comedia refrescante que sin duda a
nadie dejó indiferente. Una vez consigues atravesar ese "What The Fuck" en toda
regla que producen sus primeros compases y entras en su dinámica,
consigues verdaderamente vincularte con la serie, de otro modo puedes caer en
la equivocación de prejuzgarla como una simple memez cuando está
repleta del humor más inteligente que se puede encontrar actualmente en
pantalla.
En su segunda temporada -la verdadera prueba de fuego-, FX nos sigue regalando una comedia alejada de lo cotidiano que sabe darle la vuelta al humor más primitivo para convertirse en una de las apuestas más personales que se puedan encontrar en pantalla. Su análisis, tras el salto.
La serie del reciclado y efectivo Elijah Wood nos trae a la memoria la maravillosa El Club
de la Lucha, ya que, una vez más, nos encontramos con un relato sobre el conocimiento personal. En este caso es Ryan el protagonista, que tras un intento de
suicidio no puede evitar ver al perro de su venerada vecina como un hombre de metro
ochenta disfrazado del fiel amigo del
hombre. Wilfred acabará convirtiéndose en la conciencia de Ryan, un agente
exterior que le ayudará a ver con perspectiva los hecho que provocaron que
llegase a tal situación y que desde luego le permitirá encauzar su vida de otra forma. Nos encontramos con un constante viaje por el subconsciente de Ryan.
Una vez terminada la primera temporada con un final que nos
dejó a más de uno con la boca abierta, la segunda entrega comienza fuerte
aunque bien es cierto que deja al cliffhanguer del final de la temporada pasada
todavía en el aire, SPOILER ¿está Ryan realmente loco?¿Existe o no dicho
sótano? SPOILER algo que tampoco debería sorprendernos, ya que como bien pudimos
comprobar en varias ocasión durante su primera andadura, la serie de FX juega con el espectador de la misma forma que
Wilfred juega con la cabeza de Ryan. Los juegos oníricos o las representaciones
metafóricas no solo crean una atmósfera perturbada sino que nos ayudan a entrar
en juego en la personalidad del protagonista, sabiendo de antemano que algo no anda bien en su cabeza.
Pero a pesar de que la serie disfruta de un tono jocoso
constantemente, los realizadores saben en todo momento no desvincularla de una
realidad que ralla la tragedia, porque al fin y al cabo, el joven Ryan es un
chico emocionalmente inestable fruto de una familia descompuesta. De ahí que
Wilfred juegue en otra liga acercándose a otros géneros. Si bien la primera temporada nos sirvió para
entrar en la atmósfera y dilucidar el quién es quién dentro del microcosmos de
Ryan, ésta en cambió ha intentado mostrarse como un viaje de aceptación de la
propia locura de su protagonista así como volver a conectar no solo con el
resto del mundo, sino también con las rutinas que conlleva formar parte de él.
En términos generales y como decimos, esta temporada ha intentado marcar el
desarrollo de un Ryan conocedor de su locura. No obstante, el impacto final ha vuelto a residir en otro as en la manga que sigue cuestionando
la premisa en la que se sustenta la serie y por la que no terminan de decantarse. Y es que después de todo y aunque podamos imaginarlo, todavía no
sabemos realmente quién es Wilfred. Sea como fuere, esta temporada sin bien se
sitúa por encima de la mayoría de las comedias actuales, si es
cierto que está por debajo de su predecesora al carecer de ese efecto sorpresa
que supuso la llegada a nuestras pantallas del esta joyita. No obstante, los enredos
y tergiversaciones de Wilfred nos siguen prometiendo grandes momentos, aunque en
este año hayamos echado algo de menos a Oso.