Cuánto le habría gustado a Pedro Álvarez de Miranda añadir dos a las 263 ocasiones que tan brillantemente trató en su discurso de ingreso en la RAE en junio de 2011. Las de los académicos electos Antonio Machado y Miguel de Unamuno, que no llegaron a leer sus discursos y que, por consiguiente, no tomaron posesión como numerarios. A los dos se refirió entonces Álvarez de Miranda: «Como se sabe, Unamuno, electo desde 1932, o Machado, que lo era desde 1927, no terminaban de verse académicos, y si el primero tuvo poco margen temporal para un posible ingreso, el segundo tuvo casi una década, y llegó a escribir —hacia 1931— un borrador de discurso, que hoy podemos conocer» (En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta. Madrid, Real Academia Española, 2011, pág. 31). Y ahora, como un largo, meditado y documentado escolio de lo dicho en aquella disertación, Pedro Álvarez de Miranda da a las prensas este Antonio Machado y la Academia (Santander, 2025), firmado y con pie de imprenta de ese año —diciembre— del sesquicentenario del nacimiento del poeta en Sevilla, pero distribuido —como edición no venal, entre colegas y amigos— hace poco más de un mes. La edición es exquisita, muy elegante, en la machadiana colección «22 de febrero» dirigida por Fernando Gomarín, de la que hace el número 14 —en formato mayor de 26,5 x 20 cm.—, y que lleva en cubierta una preciosa viñeta de Ramón Gaya que publicó la revista Hora de España en febrero de 1937 como ilustración de unos fragmentos de «Sigue hablando Mairena a sus alumnos» de don Antonio. El relato de la relación de Machado y la Academia parte de la «Elección como académico», que es un primer apartado que contiene la destacable aportación de la transcripción y de la reproducción fotográfica, por primera vez, del documento en el que un grupo de notables de la ciudad de Segovia propuso a la RAE en diciembre de 1926 la admisión de Antonio Machado. No era aquel escrito colectivo procedimiento válido para que la Academia eligiese a un nuevo miembro, pero surgió en un contexto muy singular en el que intervino —o quiso intervenir— nada más y nada menos que Miguel Primo de Rivera, quien a golpe de decreto —por el que se creaban sillas regionales— y también con una carta dirigida al director de la RAE, don Ramón Menéndez Pidal, había maniobrado para que su adversario Niceto Alcalá-Zamora, que había sido Ministro de la Guerra con Alfonso XIII, no ingresase en la ilustre casa. En esto también este opúsculo de Pedro Álvarez de Miranda ofrece una novedad grande, pues se da por vez primera la carta —fechada el 14 de febrero de 1927— en la que el Dictador se permitía indicar la conveniencia de que «sean preferidos los verdaderos literatos, filólogos e investigadores, dejando aparte a políticos cuando su mayor aporte literario sea el de discursos de este carácter» (pág. 17). Finalmente, a propuesta de Ricardo León, Armando Palacio Valdés y Azorín, Machado resultaría elegido académico el 24 de marzo de 1927. Y lo único que nos dejó fue el borrador de un discurso. De la difusión moderna del texto machadiano tratan las páginas siguientes, en los apartados «Trayectoria posterior de un discurso inacabado» y «Lecturas públicas», que dan cuenta de las ediciones de la pieza en revistas, volúmenes compilatorios de las obras machadianas, o de Escritos dispersos, como la edición anotada de Jordi Domènech (Barcelona, Octaedro, 2009) —la mejor de todas, según Álvarez de Miranda—, o aquella exenta —Proyecto del discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua—, que compré cuando salió en 1986 bajo el sello de «El Observatorio Ediciones»; y de tres lecturas públicas del texto inconcluso en 1979, en 1989 y en 2025, por el actor José Sacristán en un acto celebrado en la Academia. El recuerdo de la primera de aquellas lecturas se refuerza con la publicación de un par de fotografías (págs. 34 y 35) con las que Pedro Álvarez de Miranda rinde un cariñoso homenaje a una de las participantes en aquel acto, la profesora de la Universidad Complutense Ana Vian Herrero, fallecida este pasado año. ¿Por qué no terminó su discurso Antonio Machado? A la dificultad de responder a esta pregunta dedica Pedro Álvarez de Miranda la última división de su obra, «Un abandono de difícil explicación» (págs. 36-39). Se ha especulado con la situación política o la actividad literaria de los hermanos Machado en aquel tiempo como causas por las que el académico electo no culminó su texto; pero Álvarez de Miranda pone el acento en la enjundia del asunto que el poeta quiso abordar: el problema de la definición de la poesía. Así que don Antonio no supo «cómo salir del callejón sin salida» de sus reflexiones «y por eso terminaría desistiendo de rematar las cuartillas del fallido discurso. Literalmente: se atascó en la redacción» (pág. 38). Y es muy interesante lo que sugiere —de la mano de unas palabras muy perspicaces de Jordi Domènech— sobre cómo, en el plano creativo, Machado sí supo resolver en el Cancionero apócrifo (1926-1936) el conflicto entre subjetivismo y objetividad que latía en el panorama literario de los años veinte y que, sin embargo, se le atoró teóricamente cuando lo escribía para la Academia. Magnífico e iluminador homenaje el de Pedro Álvarez de Miranda desde una Academia de la Lengua que no pudo recibir a tan apasionado valedor de las palabras esenciales y temporales.
Revista Cultura y Ocio
Cuánto le habría gustado a Pedro Álvarez de Miranda añadir dos a las 263 ocasiones que tan brillantemente trató en su discurso de ingreso en la RAE en junio de 2011. Las de los académicos electos Antonio Machado y Miguel de Unamuno, que no llegaron a leer sus discursos y que, por consiguiente, no tomaron posesión como numerarios. A los dos se refirió entonces Álvarez de Miranda: «Como se sabe, Unamuno, electo desde 1932, o Machado, que lo era desde 1927, no terminaban de verse académicos, y si el primero tuvo poco margen temporal para un posible ingreso, el segundo tuvo casi una década, y llegó a escribir —hacia 1931— un borrador de discurso, que hoy podemos conocer» (En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta. Madrid, Real Academia Española, 2011, pág. 31). Y ahora, como un largo, meditado y documentado escolio de lo dicho en aquella disertación, Pedro Álvarez de Miranda da a las prensas este Antonio Machado y la Academia (Santander, 2025), firmado y con pie de imprenta de ese año —diciembre— del sesquicentenario del nacimiento del poeta en Sevilla, pero distribuido —como edición no venal, entre colegas y amigos— hace poco más de un mes. La edición es exquisita, muy elegante, en la machadiana colección «22 de febrero» dirigida por Fernando Gomarín, de la que hace el número 14 —en formato mayor de 26,5 x 20 cm.—, y que lleva en cubierta una preciosa viñeta de Ramón Gaya que publicó la revista Hora de España en febrero de 1937 como ilustración de unos fragmentos de «Sigue hablando Mairena a sus alumnos» de don Antonio. El relato de la relación de Machado y la Academia parte de la «Elección como académico», que es un primer apartado que contiene la destacable aportación de la transcripción y de la reproducción fotográfica, por primera vez, del documento en el que un grupo de notables de la ciudad de Segovia propuso a la RAE en diciembre de 1926 la admisión de Antonio Machado. No era aquel escrito colectivo procedimiento válido para que la Academia eligiese a un nuevo miembro, pero surgió en un contexto muy singular en el que intervino —o quiso intervenir— nada más y nada menos que Miguel Primo de Rivera, quien a golpe de decreto —por el que se creaban sillas regionales— y también con una carta dirigida al director de la RAE, don Ramón Menéndez Pidal, había maniobrado para que su adversario Niceto Alcalá-Zamora, que había sido Ministro de la Guerra con Alfonso XIII, no ingresase en la ilustre casa. En esto también este opúsculo de Pedro Álvarez de Miranda ofrece una novedad grande, pues se da por vez primera la carta —fechada el 14 de febrero de 1927— en la que el Dictador se permitía indicar la conveniencia de que «sean preferidos los verdaderos literatos, filólogos e investigadores, dejando aparte a políticos cuando su mayor aporte literario sea el de discursos de este carácter» (pág. 17). Finalmente, a propuesta de Ricardo León, Armando Palacio Valdés y Azorín, Machado resultaría elegido académico el 24 de marzo de 1927. Y lo único que nos dejó fue el borrador de un discurso. De la difusión moderna del texto machadiano tratan las páginas siguientes, en los apartados «Trayectoria posterior de un discurso inacabado» y «Lecturas públicas», que dan cuenta de las ediciones de la pieza en revistas, volúmenes compilatorios de las obras machadianas, o de Escritos dispersos, como la edición anotada de Jordi Domènech (Barcelona, Octaedro, 2009) —la mejor de todas, según Álvarez de Miranda—, o aquella exenta —Proyecto del discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua—, que compré cuando salió en 1986 bajo el sello de «El Observatorio Ediciones»; y de tres lecturas públicas del texto inconcluso en 1979, en 1989 y en 2025, por el actor José Sacristán en un acto celebrado en la Academia. El recuerdo de la primera de aquellas lecturas se refuerza con la publicación de un par de fotografías (págs. 34 y 35) con las que Pedro Álvarez de Miranda rinde un cariñoso homenaje a una de las participantes en aquel acto, la profesora de la Universidad Complutense Ana Vian Herrero, fallecida este pasado año. ¿Por qué no terminó su discurso Antonio Machado? A la dificultad de responder a esta pregunta dedica Pedro Álvarez de Miranda la última división de su obra, «Un abandono de difícil explicación» (págs. 36-39). Se ha especulado con la situación política o la actividad literaria de los hermanos Machado en aquel tiempo como causas por las que el académico electo no culminó su texto; pero Álvarez de Miranda pone el acento en la enjundia del asunto que el poeta quiso abordar: el problema de la definición de la poesía. Así que don Antonio no supo «cómo salir del callejón sin salida» de sus reflexiones «y por eso terminaría desistiendo de rematar las cuartillas del fallido discurso. Literalmente: se atascó en la redacción» (pág. 38). Y es muy interesante lo que sugiere —de la mano de unas palabras muy perspicaces de Jordi Domènech— sobre cómo, en el plano creativo, Machado sí supo resolver en el Cancionero apócrifo (1926-1936) el conflicto entre subjetivismo y objetividad que latía en el panorama literario de los años veinte y que, sin embargo, se le atoró teóricamente cuando lo escribía para la Academia. Magnífico e iluminador homenaje el de Pedro Álvarez de Miranda desde una Academia de la Lengua que no pudo recibir a tan apasionado valedor de las palabras esenciales y temporales.
