Revista Gente

Aprender a caminar sin prisa

Publicado el 13 febrero 2026 por Abvec @abvec
APRENDER A CAMINAR SIN PRISALa prisa se ha convertido en una forma de vida. Todo debe hacerse rápido, resolverse pronto y mostrarse eficiente. Caminar despacio, en cambio, parece un lujo innecesario o una pérdida de tiempo. Sin embargo, hay cosas esenciales que solo se comprenden cuando se baja el ritmo. La vida, curiosamente, es una de ellas.

Desde muy temprano se nos empuja a avanzar sin detenernos. Hay metas que alcanzar, plazos que cumplir y comparaciones constantes que alimentan la urgencia. Aprendemos a medir nuestro valor por lo que logramos y por la velocidad con la que lo hacemos. En ese proceso, caminar sin prisa se percibe casi como un acto de rebeldía.Pero caminar despacio no es lo mismo que no avanzar. Es una forma distinta de moverse. Cuando se reduce la velocidad, la mirada se amplía. Aparecen detalles que antes pasaban desapercibidos: conversaciones que merecen atención, cansancios que piden descanso, emociones que necesitan ser entendidas. La prisa suele silenciar todo eso en nombre de la productividad.Muchas decisiones importantes se toman desde la urgencia. Elegimos por miedo a quedarnos atrás, no por convicción. Decimos que sí cuando queremos decir no, aceptamos caminos que no sentimos propios y sostenemos ritmos que nos desgastan. Caminar sin prisa permite distinguir entre lo que realmente importa y lo que solo hace ruido.La lentitud también enseña paciencia, una virtud poco valorada en la actualidad. Esperar se vive como un castigo, no como un proceso. Pero muchas cosas necesitan tiempo para madurar. Las relaciones profundas, los proyectos con sentido y el crecimiento personal no responden bien a la aceleración constante. Forzarlos suele romperlos.Caminar sin prisa implica reconciliarse con el presente. La prisa siempre empuja hacia adelante, hacia un futuro que promete ser mejor que el ahora. Vivir así genera una sensación permanente de insatisfacción, como si la vida real estuviera siempre a punto de comenzar, pero nunca ocurriera. La lentitud, en cambio, ancla al momento presente y lo vuelve habitable.También hay una dimensión emocional en la velocidad. La prisa evita el contacto con lo que duele. Mantenerse ocupado se convierte en una estrategia para no sentir. Sin embargo, lo que no se atiende termina pasando factura. Caminar sin prisa permite enfrentar lo que incomoda con mayor honestidad, sin distracciones innecesarias.Esto no significa abandonar responsabilidades ni rechazar el progreso. Significa elegir un ritmo que no anule a la persona que camina. Hay una diferencia profunda entre avanzar con propósito y correr por inercia. El primero construye; el segundo desgasta.En un mundo que aplaude la rapidez, caminar sin prisa requiere valentía. Implica aceptar que no todos entenderán el ritmo elegido. Algunos interpretarán la lentitud como falta de ambición o de disciplina. Pero quien aprende a caminar a su propio paso descubre una libertad difícil de explicar.Caminar sin prisa también transforma la relación con el error. Cuando todo debe hacerse rápido, equivocarse parece imperdonable. La lentitud, en cambio, permite aprender, corregir y ajustar sin culpa excesiva. Se entiende que el camino no es lineal y que tropezar forma parte del proceso.Al final, no se trata de llegar antes, sino de llegar entero. De no perderse a uno mismo en el intento. Caminar sin prisa es una forma de cuidado, una manera de honrar los límites propios y de reconocer que la vida no es una carrera, sino un trayecto.Quizá el verdadero desafío no sea acelerar más, sino aprender a detenerse cuando es necesario. Respirar, observar y seguir caminando, sin prisa, pero con sentido.





Volver a la Portada de Logo Paperblog