Difícil parece disociar el nombre de Jean Rouch de ese concepto-disciplina, tan poco atractivo para muchos, la etnografía.
Siempre alineado junto a Flaherty, Peter Nestler, Shirley Clarke, Michel Brault incluso Joris Ivens o Jean-Claude Rousseau - cuando no empaquetado junto a Vertov y hasta enlazarlo con un cine eminentemente de tesis - Rouch y sus vitalistas, expansivas películas quizá necesitarían, independientemente de lo mucho o poco que se parezcan a las de alguno de los citados, un enfoque, otro enfoque, por qué no desde un lado Tati, Iosseliani, Demy o Renoir, para vencer una serie de obstáculos.
Su tono contagioso.
No hay más que contemplar cualquier film de Ousmane Sembene, con su voz en off, sus diálogos superpuestos, su rítmico y cambiante hilo musical, su narrativa avanzando a base de anécdotas y sketches, para constatar el sinsentido de su confrontación con Rouch, del que desconfiaba y no acababa de entender cómo pretendía decir de dónde viene y hacia dónde camina un hombre sólo mostrándolo y atreviéndose a inventarse una historia; África mítica, que no miraba el futuro. En realidad eran dos acepciones de la pureza, sociológica y cinematográfica, no demasiado distantes, enfrentadas en un punto: el intervencionismo, alterar o no lo filmado y hasta qué punto se distorsiona lo que se cree realista con el sólo hecho de inmortalizarlo en celuloide.
Un intervencionismo aceptado por Rouch como inevitable y reconstruído para enrriquecerlo, rehuído escrupulosamente por Sembene, mil teorías comunistas en la cabeza después, una buena ironía.
No deja de ser curioso si se piensa un momento que ya con la independencia en la mano, llegasen en varios países (el más conocido, "The river" de Renoir en el cine indio y muy especialmente en el de Satyajit Ray) algunas de las más perdurables muestras de lo que aquel poema, "The white man's burden" de Rudyard Kipling, proclamaba. Quizá la gran comedia de Rouch y una de las obras capitales de los 70 sea "Petit à Petit", su "Playtime" particular y uno de los films más hilarantes, excéntricos, atrevidos y originales de esos años. Y uno de los más certeros retratos, entre bromas y veras, de la realidad de un país.
Dice en un momento hacia el final del film uno de los personajes que el objetivo de su pueblo (Níger) no es alcanzar a Europa sino que los conozcan, que sepan que existen y que son así y no quieren cambiar.
Cuarenta años después y si un milagro no lo remedia, ya abandonada hace muchos la idea de revertir la suerte del continente, imagino que el film debe ser visto como una provocación. Comedia convertida en tragedia.
Y pudo haber sido fácilmente "Petit à Petit" (y eso parece en sus primeros minutos, con la llegada y toma de contacto del "empresario" Doumaré con París y los parisinos, tan feos, extraños y mal vestidos para su gusto) un inofensivo y cómico relato acerca del choque cultural, que a lo sumo advirtiera del alejamiento que los europeos habíamos experimentado de las "fuentes de la vida".
Pero se empeña Rouch, con esa retahíla de imágenes en bruto, que no se protegen del sol, del viento o de la lluvia, sin aspiración perfeccionista alguna y como siempre, no calzando los zapatos, sino transmutado plenamente en africano, en plantear, futurista o utópicamente, qué será de los inocentes que aún piensan estén donde estén, en su tierra, en sus costumbres, que no quieren saber nada de la modernidad o la globalización si les va a arrancar el alma, cuando ya no tengan la opción de ELEGIR, cuando las opciones se reduzcan a lanzarse al mar - como Cristóbal Colón, alguien señala, sin saber dónde arribarán - o soportar dictaduras, pandemias, sequías; una escena desgraciadamente visionaria.
Un explorador sin equipaje, Rouch, afanándose, como Godard en llegar hasta las últimas consecuencias de sus planteamientos, por muy desesperanzadores o contradictorios que fuesen los puntos de llegada, por muy poco interés que pudiera concitar hablar de lo que molesta o de lo que nadie más se ocupa. Pocos dividendos reportaba, vista la conveniencia entonces y ahora de abrir abanicos interpretativos a lo narrado, para quizá enmascarar que nada nuevo ni propio se está diciendo.
No es por ello la imposible transposición de las costumbres parisinas a Niamey, por muy divertidas o agudas que sean las situaciones creadas, ni el reverso ni el complemento de la primera parte del film, sino el quid de la cuestión. En algunas de las más bellas escenas de su carrera, Rouch, se aleja dos pasos como Eustache en "La rosière de Pessac" y simplemente filma confiado en que se advierta el inmaculado hálito que todo lo envuelve.
