
Pablo Escobar- Archivo
El asesinato de Fernando Villavicencio, aspirante a la presidencia de Ecuador, encierra un simbolismo de múltiples facetas. Representa el derrumbe de lo que alguna vez fue un país pacífico, la devastación de sus instituciones y su democracia, y, sobre todo, las nefastas repercusiones que el crimen organizado ejerce sobre cualquier nación.
Durante treinta años estuve fuera de Colombia; partí en la época en que Pablo Escobar merodeaba los pasillos del Congreso. Pasado un tiempo, los carteles de droga sesgaron la vida de un Ministro de Justicia y un candidato presidencial.
Aunque el narcotráfico operaba aún tras los bastidores del Estado, este comenzaba a hacerse notar.
Pues, en la actualidad, como muchos saben, el narcotráfico ya no se oculta en las sombras del Estado; este se entrelaza e incluso, en algunos casos, forma parte integral del mismo.
A pesar de los diversos factores que promueven esta interacción, deseo abordar el tema a través de una óptica elemental, todo con el propósito de ilustrar la crónica de una realidad más que predecible.
Cuenta la leyenda que en el siglo III a.C., Herón II, déspota de Siracusa, solicitó al sabio Arquímedes que determinara si su corona era realmente de oro puro, con la condición de no estropearla.
Un buen día, sumergiéndose en su bañera, Arquímedes se percató de que el volumen de agua desplazado igualaba al volumen sumergido de su cuerpo. Lleno de emoción, salió desnudo por las calles proclamando: "¡Eureka!", ¡Eureka... lo encontré!
Buscó un trozo de oro puro con el mismo peso que la corona y lo sumergió en un recipiente con agua. Si el oro no desplazaba el mismo volumen de agua que la joya, la corona no era de oro puro.
De ahí surgió el Principio de Arquímedes, que establece que un cuerpo sumergido en un fluido experimenta una fuerza ascendente igual al peso del fluido desplazado.
Ahora bien, a pesar de su aparente simplicidad, cuando se trata de drogas y narcotráfico, ni siquiera la noción de que un vaso rebosará al añadirle demasiado líquido parece estar presente en el pensamiento colectivo.
Ecuador, una nación que conozco bien y he visitado regularmente durante décadas, ejemplifica esto de manera prototípica. Como el mortal monóxido de carbono, incoloro e inodoro, pero cada vez más presente y dañino, el narcotráfico rebasó sus límites.
Tal como mencioné en un comunicado previo, a finales de 2018 visité la frontera entre Colombia y Ecuador y advertí sobre el rápido aumento del tráfico de drogas en la región fronteriza y sus inevitables consecuencias (recorté algunos extractos del video de esa visita: https://youtu.be/93LyimEQbg8 2:56).
Pero también mencioné a Colombia, donde el narcotráfico ha florecido como nunca antes, especialmente durante los últimos tres gobiernos. Ahora somos testigos de sus siniestros efectos en términos de inseguridad y violencia en varios departamentos del sur del país.
La lógica es elemental: Narcotráfico y Estado son incompatibles, no pueden coexistir. Cuando el narcotráfico supera los límites del Estado, el vaso se derrama, y las consecuencias de ese desbordamiento no son más que una manifestación de la esencia misma del crimen organizado: inseguridad, violencia, muerte y destrucción.
No obstante, lo que más me inquieta es que, además de que esa lógica elemental no parece figurar, creo que muy pocos son conscientes de que, tarde o temprano, esa realidad tocará a su puerta, dondequiera que esté, pues ese vaso lo siguen llenando de droga.
En pocas palabras, de seguir así, alcanzaremos ineludiblemente un umbral en el que quede escaso rastro del Estado y se imponga el control absoluto del crimen organizado.
Para aquellos que aún albergan dudas, el Principio de Arquímedes se erige como un axioma infalible, y Ecuador es la prueba irrefutable de ello.
Autor Omar Bula Escobar
