Revista Cultura y Ocio

Asesinato-Capítulo 4

Por Gfg
Tras veinte minutos de dedicación al periódico y al desayuno, se alejó con un simple gesto de adiós mientras unas migas de la tostada le resbalaban por la comisura de los labios.
La Ciudad estaba llena de mujeres, según Ricardo. Es más, la ciudad estaba repleta de mujeres que se creían modelos y que vestían como modelos, que gastaban como modelos. Pero él sabía que no eran modelos, que no se comportaban como modelos, que no follaban como modelos, sino como cacatúas pacatas conscientes de que su única virtud era el control de su emociones y, dentro de sus emociones, un lugar recóndito donde ni los más atrevidos exploradores se atrevían a entrar: su sexo, un sexo lejano, oculto, ausente.
Por eso, él sólo se emparejaba con aquellas que lucían la perversión en la cara, tipo Eva. No eran muchas y tampoco era fácil definir unas claras señales de depravación, aunque la mirada era la más exacta. Por ello, había que saber escoger, era necesario saber esperar, algunas veces incluso había que perder, pero una vez conseguidas, solían ser muy diligentes, y eso le gustaba.
Entró en El Rascacielos, el primer edificio de estas características que se construyó en La Ciudad que databa de los años veinte del pasado siglo, una mezcla de apartamentos, oficinas y picaderos, zonas todas ellas segregadas de mala manera por los distintos dueños que habían ido traspasando la propiedad en sucesivas generaciones sin importarles en exceso el resultado.
Llamó al ascensor que se encontraba mareado en las alturas. El aparato, de la marca CORONA, llevaba subiendo y bajando medio siglo con los descansos normales de un mal mantenimiento y un peor trato. Los incompetentes de la empresa vendedora apenas le dedicaban un poco de aceite a sus engranajes a pesar de que cobraban una barbaridad. Por eso, había días en que era necesario subir las escaleras a pie con el consiguiente desgaste personal en lo físico y en lo intelectual. Los insultos de los inquilinos rebotaban en los corredores, en las paredes, en los ventanales saliendo al exterior amplificados y asustando a los transeúntes.
Pero en aquel momento funcionaba, eso sí con total sensación de inseguridad. Las pintadas en su interior no servían para calmar los nervios de los usuarios. Aparte de dibujos procaces y mensajes de amor, cantos a la legión y vivas a Los Terroristas, se podían encontrar llamadas de socorro o despedidas de esta vida. Desde luego, no estaba pensado para aprensivos ni para blandengues. Era un ascensor concebido para paracaidistas del ejército en plenas maniobras.
Cuando Malpartida llegó al décimo piso entre ruidos de poleas y crujidos de vigas, se desplazó por el pasillo verdoso y desconchado y se encontró con el portero.
– Menos mal que ha llegado. Le he dejado un mensaje en su móvil, le comentó nervioso Francisco.
– ¿A esta alturas, no sabes que odio los mensajes, buen hombre? –le contestó malhumorado sin querer explicarle que nunca había sabido manejar con soltura el dichoso artilugio–. No escucho ni los mensajes de mi santa madre, que en paz descanse. ¿Qué es tan urgente que no pueda esperar?
 – Son las once de la mañana y ha venido una mujer a visitarte –señaló en forma imperiosa con su brazo en la dirección de la oficina como si el detective no supiera dónde se encontraba–. Lleva un buen rato esperando. Aunque se lo he sugerido, no ha querido volver más tarde. Tiene muy buena pinta. Le he acompañado hasta tu despacho y le he dejado sentada enfrente de tu mesa.
¿Qué hacía una mujer con buena pinta en su despacho? En general, la gente que le visitaba era de la peor calaña. Putas, pobres y algún que otro pariente que quería meterle en algún compromiso o sacarle unos cuartos. Por otra parte, apenas recordaba a nadie que oliese bien a cien metros a la redonda.
Malpartida sintió un cierto malestar, una cierta vergüenza. El estilo de su oficina desmerecía bastante de los estándares profesionales. Poseía similar encanto que el gandul ascensor: luces fluorescentes en amorfo parpadeo, paredes acolchadas con flores despatarradas, mesa de metal roñada comprada en los traperos, butacas de escay destartaladas con algún que otro navajazo en forma de zeta. Por supuesto, ningún libro, ningún cuadro, ninguna foto. ¿Para qué? Nada que delatase que ahí trabajaba una persona que, incluso, ahí vivía una persona de vez en cuando, cuando estaba demasiado borracho para llegar a casa, o cuando su hija se encerraba con su novio en su habitación y prefería no estar cerca para no oír sus gimoteos.
Por no haber, no había ni rótulo con el nombre en la puerta porque no se había decidido a poner un título a su empresa. ¿Cómo se llamaba? No lo sabía a ciencia cierta. ¿Cómo debía llamarse alguien que veía todo tan deformado? Le hubiera gustado adornarla con Malpartida & Cia, Detectives, por ejemplo, pero había sentido que su apellido no facilitaba la credibilidad en sus capacidades y la cosa no estaba como para dificultades añadidas. Por otra parte, carecía de cia y la que tenía no merecía ser mencionada. No, no la llamaba de ningún manera. Así mejor, sin denominación de origen. Estaba el hueco en blanco, en un blanco grisáceo, con ancianos agujeros, como muchas veces su mente.
– ¿Te ha dicho quién es?
– Sí, pero no lo he memorizado. Ya sabes lo malo que soy para los nombres. Una tal Ba-algo.
¡Dios mío, qué inutilidad de personaje!, pensó para sí. Francisco era el prototipo de portero prescindible, aunque muy querido por el vecindario, justo por eso. Poseía todos los defectos de una profesión que había desaparecido de la ciudad por falta de interés en mantener a esos descerebrados que costaban mucho dinero a la comunidad de vecinos y se dedicaban a leer noveluchas de policías en su garita bajo un flexo retorcido. Físicamente era gordo, bajo, zambo y con voz ronca. Anímicamente, pusilánime y bastante cobarde como muchos taxistas y todos los médicos que había conocido. Profesionalmente, indolente a la máxima potencia. Vamos una joya.
Además, le gustaba parar a todo el mundo que veía por su zona de influencia y hacerle perder el tiempo pues era lo único que le sobraba. Por eso era un buen buscador de noticias, una especie de google con patas. Necesitaba para sentirse útil escuchar por los patios o por detrás de las puertas. También ponía todo su interés en observar la correspondencia que llegaba a los distintos nichos, porque no se podían llamar ni de lejos buzones de lo podridos que estaban.
Ricardo utilizaba a Francisco como secretario particular. Puesto que no ganaba para contratar a una mujer maciza como ayudante, y ya que temía que si lo pudiera se la iba a intentar calzar al segundo día, se conformaba con pagarle algunas cervezas al mes, y un par de putas al año, a cambio de que le cuidase el antro mientras estaba ausente y tomase los recados.
Le recogía la cartas, acompañaba al butanero para reponer las bombonas de gas, encendía el calefactor o limpiaba las papeleras de vez en cuando. Nada de quitar el polvo. La capa de polvo servía de patina, según el portero. Pocas funciones más desempeñaba, aunque también lo utilizaba para alguna misión especial.

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