La Dra M&M, mi compañera de rotación, llegó el lunes diciendo que le dolían hasta las pestañas después de pasar todo el fin de semana haciendo surf. Hoy entiendo cómo se sentía. Decir que me duelen hasta las pestañas es un eufemismo. Me duele hasta el alma. Pero no por algo tan glamuroso como hacer surf el fin de semana. Ni porque me haya proporcionado pa´l cuerpo una marathon de sexo. No. Ha sido porque ayer, al salir de guardia, me caí rodando por las escaleras mecánicas del metro. Sí. Dí hasta volteretas en plan la Nadia Comaneci aquella (o como se llamara). Gracias a Dios, como es Agosto y no hay ni Cristo, no hubo nadie que me viera hacer el ridículo (Aunque también, si hubiera sido Febrero, algún cuerpo gentil - y blandito - habría frenado mi caída. Hoy me dolería el amor propio, pero no parecería un sandwich mixto recién salido de la sandwichera). Después de dos o tres mortales, llegué abajo, envuelta en un confetti de apuntes, que volaban a mi alrededor. Estaba palpándome para ver si tenía todo en su sitio, cuando, de encima de mi cabeza, se oyó una voz de ultratumba, que dijo:- Zeñorita, zeñorita...¡Zas! - pensé - ¡Ya la he palmado! Me he desnucado por las escaleras y me está hablando Dios. Es verdad que me mosqueó un poco que Dios hablara con acento andaluz, pero, quién sabe, igual hay una confusión en las Sagradas Escrituras y, en vez de Belén, la cosa fue en Bailén.- Zeñorita - siguió diciendo la voz - ¿está usté bien?¡Pero qué Dios ni qué niño muerto! - me dijo entonces mi subconsciente , que, para estas cosas, es un poco cabrón - Deja de pensar en pajaritos preñados, bonita, que lo que estás oyendo es la megafonía del metro.¡Cielos, Leoncio, qué horror! Mi aparatosa caída no sólo tenía testigos, sino que había sido filmada por las cámaras de seguridad. De ahí a Vídeos de primera, sólo hay un paso.- Sí, sí, me encuentro bien - grité al aire, levantándome.- ¿Quiere que la ayudemos? - siguió diciendo la voz.- No, no, gracias - volví a decir al aire, mientras recogía mis apuntes y seguía mi camino, cojeando. Con el amor propio herido y más morados para el cuerpo que un cardenal.Revista Diario
La Dra M&M, mi compañera de rotación, llegó el lunes diciendo que le dolían hasta las pestañas después de pasar todo el fin de semana haciendo surf. Hoy entiendo cómo se sentía. Decir que me duelen hasta las pestañas es un eufemismo. Me duele hasta el alma. Pero no por algo tan glamuroso como hacer surf el fin de semana. Ni porque me haya proporcionado pa´l cuerpo una marathon de sexo. No. Ha sido porque ayer, al salir de guardia, me caí rodando por las escaleras mecánicas del metro. Sí. Dí hasta volteretas en plan la Nadia Comaneci aquella (o como se llamara). Gracias a Dios, como es Agosto y no hay ni Cristo, no hubo nadie que me viera hacer el ridículo (Aunque también, si hubiera sido Febrero, algún cuerpo gentil - y blandito - habría frenado mi caída. Hoy me dolería el amor propio, pero no parecería un sandwich mixto recién salido de la sandwichera). Después de dos o tres mortales, llegué abajo, envuelta en un confetti de apuntes, que volaban a mi alrededor. Estaba palpándome para ver si tenía todo en su sitio, cuando, de encima de mi cabeza, se oyó una voz de ultratumba, que dijo:- Zeñorita, zeñorita...¡Zas! - pensé - ¡Ya la he palmado! Me he desnucado por las escaleras y me está hablando Dios. Es verdad que me mosqueó un poco que Dios hablara con acento andaluz, pero, quién sabe, igual hay una confusión en las Sagradas Escrituras y, en vez de Belén, la cosa fue en Bailén.- Zeñorita - siguió diciendo la voz - ¿está usté bien?¡Pero qué Dios ni qué niño muerto! - me dijo entonces mi subconsciente , que, para estas cosas, es un poco cabrón - Deja de pensar en pajaritos preñados, bonita, que lo que estás oyendo es la megafonía del metro.¡Cielos, Leoncio, qué horror! Mi aparatosa caída no sólo tenía testigos, sino que había sido filmada por las cámaras de seguridad. De ahí a Vídeos de primera, sólo hay un paso.- Sí, sí, me encuentro bien - grité al aire, levantándome.- ¿Quiere que la ayudemos? - siguió diciendo la voz.- No, no, gracias - volví a decir al aire, mientras recogía mis apuntes y seguía mi camino, cojeando. Con el amor propio herido y más morados para el cuerpo que un cardenal.
