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Atusándose el bigote

Publicado el 27 agosto 2020 por Josep2010

Hay quien asegura que la novela negra nació de la mano de Dashiell Hammett que supo dignificar con su forma de escribir lo que hasta entonces no eran más que novelas de quiosco repletas de violencia y sexo dándoles un empujón que realmente instauró un género menospreciado durante décadas y se me ocurre que, además, el escritor estadounidense supo crear prototipos muy sólidos tanto de caracteres masculinos como femeninos y hablo en plural porque no tan sólo nos presentó detectives desengañados de la vida que se pellizcan la oreja mientras meditan: también nos deja un antihéroe impagable que tiene la costumbre de atusarse el bigote con la uña del pulgar cuando permanece absorto reuniendo las piezas de un rompecabezas por el que está transitando corriendo riesgos no solicitados.
Atusándose el bigoteDashiell Hammett ya era un autor de reconocido prestigio y mayor éxito popular en 1930 gracias a sus novelas anteriores Cosecha Roja, La maldición de los Dain y El Halcón Maltés cuando inició la publicación por capítulos en la revista Black Mask de la novela titulada The Glass Key (La llave de cristal) usando una forma literaria clásica que conocía bien por haberla aplicado a algunas de sus piezas anteriores: la serialización de una trama forzosamente implica un esfuerzo para el escritor que a cada entrega debe dejar el relato en un punto de máximo interés para que el lector se suscriba hasta el fin.
Ello podría explicar el desarrollo esquemático de la novela en lo que hace al mantenimiento de una intriga inicial que será solventada en el último capítulo pero no es obviamente ninguna garantía de la calidad de un conjunto que, como es el caso, reniega de la trampa fácil, del estilo acomodado de probado éxito y se lanza a una nueva vuelta de tuerca más apretando las conexiones entre el mundo del hampa y la sociedad que podríamos denominar civil, incluso negando que desconozca lo que implica y por si fuese poco, Hammett desecha dos prototipos de su patente cuales son Sam Spade y el detective de la Continental y sin olvidarlos del todo nos presenta un personaje que tiene un parecido muy lejano con sus precedentes, que no antecedentes, un tipo que se mueve como pez en el agua por el hampa que maneja los negocios en tiempos de la ley seca, alguien que goza de la confianza y la amistad del más poderoso mafioso de la ciudad, al punto que llama "mamá" a la madre de aquel y además goza de la confianza de la hija, protestando ambas cuando hace tiempo no se deja ver por su casa, donde es recibido siempre como alguien más de la familia.
Hammett, fiel a su estilo, no pierde el tiempo en descripciones de los personajes que iremos conociendo lentamente tanto en lo que a su físico concierne como incluso a su nombre: no es que sea parco, pero sí indolente a la hora de facilitar datos, justo lo preciso para avanzar la narración que como ya es habitual en Hammett, te engancha y no te suelta la presa hasta el final y es una verdadera gozada porque amén de una forma de escribir concisa, ligera, inteligible y eficacísima, la brillantez del texto es palpable y muy satisfactoria: se percibe un interés literario en el propio autor, un trabajo que requiere voluntad y dedicación en este caso bendecidos por la genialidad del autor que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.
Ése antihéroe llamado Ned Beaumont es un tipo muy peculiar que tiene dos virtudes considerables: una lealtad a prueba de riesgos físicos y una mente tranquila que sabe recapitular y juntar los hechos que va observando mientras se atusa el bigote y hay que añadir que hechos ve muchos, empezando por el cadáver de Taylor Henry, hermano de Janet Henry, por quien su amigo Paul Madvig pierde la chaveta, lo que hace que decida usar toda la fuerza de su organización mafiosa para apoyar al Senador Ralph Henry en su campaña para la reelección, prevista la votación para al cabo de dos semanas; la muerte de Taylor a Paul no le disgusta mucho, porque el inútil jovenzuelo andaba enamorando a su hija Opal y ésta acabará por creer que su padre ha sido el que ha asesinado a su amante.
¿Parece complicado? Pues eso no es más que una sinopsis resumida, porque hay más, mucho más: hay la intención evidente de Hammett de diseccionar la sociedad en la que estaba viviendo (recordemos, año 1930) y lo hace desde su óptica de izquierdista consumado, criticando una sociedad que se basa en el concurso de poderes de todo tipo pero coincidentes en la falta de ética y moral en la búsqueda de la ganancia y el dominio de una ciudadanía que bien ignora bien admite la situación porque no se revuelve contra ella porque los poderes fácticos y legales, desde la fiscalía hasta la policía están sujetos a las órdenes que imparte el mafioso.
Hammett nos presenta un nutrido grupo de personajes que no tienen absolutamente ningún escrúpulo moral: los políticos profesionales están pendientes de los favores de los mafiosos y éstos luchan entre sí para obtener el máximo poder que les permitirá tanto ganancias ilegales como los bares y restaurantes semi ocultos cuanto la intervención en la obra pública gracias a las concesiones de los políticos que han ayudado a obtener el cargo y en medio de toda esta sociedad regida por una podredumbre ética considerable, monta una intriga que sirve esencialmente para mantener el hilo de la narración, porque la sospecha de Opal sobre su padre va creciendo y afectando a la reelección del Senador Henry y Ned Beaumont está seguro que hay algo que no cuadra, pero.....
El personaje de Beaumont, con todas sus aristas, resulta magnífico: es un protagonista absoluto adornado con un par de convicciones básicas y muy consolidadas en su interior y también una voluntad de no atarse ni a persona ni a lugar, aunque la evolución de Ned a lo largo de sus varios entuertos recibidos de diversos compañeros de viaje no permite asegurar nada: como acostumbra, Hammett no nos explica lo que están pensando sus personajes: tenemos que averiguarlo según cómo actúan, según como interaccionan los unos con los otros y ello le dá una pátina de realismo porque en la vida cotidiana debemos interpretar muchas veces lo que ocurre viendo lo que se hace por otras personas. Hammett no nos explica en ningún momento que haya falta de ética o moralidad en las relaciones de los políticos con la mafia, de la mafia con la fiscalía y la policía: ya llegamos nosotros mismos a la conclusión que nos invita a tomar el autor que usa una narración criminal para apuntar cuestiones de importancia.
La llave de cristal, cuarta novela de Hammett, quizás no tan conocida como las que le preceden, no tiene nada que envidiarles, así que no puedo más que recomendarla encarecidamente a quien no haya tenido la oportunidad de leerla.
Atusándose el bigoteLa fama y el éxito de las narraciones de Hammett, tanto cortas como novelas, atrajo de inmediato los intereses de Hollywood y en 1935 se filmó una primera versión de la novela pero, al igual que ocurre con El halcón maltés, del que hay una primera versión de 1931, no ha sido posible hallarla de modo que nos ceñiremos a la segunda y última versión aparecida en 1942 con el título The Glass Key (La llave de cristal) dirigida por Stuart Heisler apoyándose en un guión escrito por Jonathan Latimer y en una pareja de intérpretes que seis meses antes habían estrenado su relación profesional para la Paramount con la película de la que ya hablamos aquí hace más de doce años:
Alan Ladd y Veronica Lake repiten y se unen a Brian Donlevy tratando de representar en pantalla los personajes creados por Hammett:alguien decidió cambiar el bigote de faz y se lo endilgó a Donlevy al que sin duda le caía más natural y a pesar que Ladd realiza un buen trabajo, el conjunto resulta un tanto flojo: no se trata únicamente de la supuestamente imposible comparación entre novela y película por ser medios completamente diferentes, porque lo cierto es que el guión de Latimer sin ser una maravilla desde luego no es malo: la elección del director seguramente fue algo más afortunada que la de la actriz protagonista y ambas evidentemente fueron erróneas.
La película se sostiene porque la trama ideada por Hammett es tan robusta que aguanta con dignidad lo que le echen y porque Ladd, Donlevy y secundarios como William Bendix (perfecta su representación del sádico Jeff) dan el callo y levantan el interés, pero la pavisosa de la melena rubia sobre la faz impertérrita en esta ocasión no sirve para un carácter femenino con agallas, segundas intenciones y miradas aviesas que en el rostro de Veronica Lake pierden fuerza irremisiblemente.
Si a ello le añadimos que la forma de dirigir de Stuart Heisler es económica pero falta de inspiración y fuerza y que su trabajo con los actores deja mucho que desear, nos hallamos ante una película que nos interesa por su trama, por las implicaciones de la historia, pero nos deja fríos porque nos resulta difícil entrar en materia: le queda a uno la sensación que no se lo cuentan todo, que hay o debe haber algo más, cuando no es así porque salvo algún cambio inexplicable el guión sigue con bastante fidelidad la novela.
Le falta brío, le falta fuerza para llegar a ser un clásico: uno no puede llegar a aburrirse porque el metraje está ajustado al máximo: eran tiempo de estrecheces y el presupuesto debió de ser económico pero la escasez de minutos nunca ha sido excusa para la falta de energía a la hora de presentar una trama repleta, además, de personajes brillantemente escritos y que en manos más expertas sin duda hubiesen significado un conjunto mucho más aceptable.
Aún así la película, sin ser imperdible, puede recomendarse tranquilamente, aunque habiendo leído la novela las expectativas deben moderarse porque no hay novedad alguna en la trama cinematográfica que revista el menor interés.

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