Revista Cómics

Autobiografías

Publicado el 20 julio 2011 por Alvaropons

Debería, pero a estas alturas todavía no pierdo mi capacidad de sorpresa ante la polémica que levantan las obras de género autobiográfico entre los aficionados al cómic. Es verdad que es un género acompañado muchas veces por la controversia, pero mientras que en literatura ésta suele ser originada por los contenidos de la obra en cuestión (ya saben, la morbosa revelación de cualquier secreto de alcoba o de escándalos políticos de aupa), en este nuestro tebeo, el tema de discusión es otro, es el que se haga un tebeo sobre la propia vida. Un debate completamente estéril, de imposible planteamiento en cualquier otra área de la creación, porque sí, uno puede discutir si tal o cual chaval es demasiado joven para contar su vida –lo vemos a diario en las biografías de futbolistas o cantantes que con menos de 20 años ya cuentan su vida-, pero cuestionar la validez de un género es un poco ridículo. Todavía estamos así, qué se le va a hacer. En otros campos se discute sobre la transición entre el diario personal y la autoficción impuesto por la postmodernidad y, en este mundo virtual de los tebeos, sobre si sólo se publican obras de gente que cuenta su vida. Lo que todo sea dicho, es ridículo, porque de las más de 1700 obras publicadas en España el año pasado, el número de tebeos con argumento autobiográfico es de apenas un puñadito de obras. Otra cosa diferente es que esas obras puedan tener o no más atención mediática…pero tampoco. Al final, lo que reina en prensa es si Superman deja de ser americano o si Spiderman se muere de una vez con una sobredosis de Raid.
A mí, personalmente, me gusta la autobiografía. Es verdad que contar la vida puede ser un ejercicio narcisista aburrido. Es verdad que puede ser una catarsis personal tan ajena como críptica para el lector. Es verdad que se puede perder la identificación con lo contado. Todo verdad, pero también es cierto que la única aventura real que tenemos en este mundo es vivir la vida. Ahí es nada. A algunos les parecerá una chorrada, una nimiedad, pero uno piensa que eso de vivir todos los días es algo tan maravilloso, tan único, que cualquier vida por aburrida que parezca ya es un logro. Es más, soy de los que piensan que leer sobre las experiencias de los demás no es una práctica voyeurista enmascarada de intelectualidad, sino una forma de reconocer a los demás y comprenderlos, de ponernos en su lugar. De eso tan demodé de ser mejores personas. Es posible que, como dicen los teóricos del tema, el aumento de la autobiografía y su forma más moderna, la autoficción, tenga que ver con la famosa muerte del autor que enunciara Barthes, que tiene que tomar el protagonismo para convertirse en personaje. Puede ser, pero el siglo pasado ya dejó claro que la única norma creativa es que no existen normas y lo que de verdad queda es poder disfrutar de las obras que nos llegan. Y, en muy poco tiempo, para regocijo de los que piensan que sobran las obras de este tema, me llegan dos obras autobiográficas muy diferentes.
AutobiografíasHoy es el último día del resto de tu vida, de Ulli Lust es una de esas obras llamadas a captar la atención mediática contando la escapada a Italia de la autora cuando era una joven punk de 17 años. No se le puede negar a la directora del sugerente proyecto electrocomics.com la ambición de planteamientos y la buena intención, pero me quedan demasiadas dudas tras la lectura. Hay un intento razonable de trasladar al relato la estructura de un diario personal, con una estructura azarosa que tan pronto es una reflexión personal como un cuaderno de viaje, pero es una elección que casa mal con la ficcionalización del relato, introduciendo confusiones narrativas que sorprenden y que al final resultan anticlimáticas en el hilo narrativo. Es verdad que se puede argüir que esas incoherencias son las propias de una joven de 17 años, pero resultan ajenas e increíbles dentro de la autoficción elegida. De hecho, el relato gana enteros en su segunda parte, cuando se convierte en una excusa para retratar la sociedad siciliana controlada por las familias mafiosas. Es más, uno se olvida de la historia de Ulli y Edi para centrarse más en los comportamientos, actitudes y protocolos mafiosos que relata la autora. Sin embargo, el mayor problema que le encuentro a la obra es una molesta carga de moralina que recorre toda la obra. Una especie de juicio paternalista que rechaza de forma inconsciente las decisiones de la joven Ulli y que no pude evitar aflorar a lo largo del relato, que poco a poco se va constituyendo en una gran catalogo tópicos moralistas, a saber que lo de las malas compañías es muy malo y que quien se aparta del recto camino, lo pasa muy mal. No he podido evitar pensar en la transparencia con la que Davodeau planteaba la escapada de Lulú, mucho más rica para el lector. Decepcionante.
AutobiografíasMuy diferente es Mi organismo en obras, nueva incursión de Fermín Solís en ese sosías suyo que es Martín Mostaza, del que hemos conocido su infancia y ahora llegamos a una madurez incipiente, a esas primeras decisiones que condicionan una vida que ya empieza a cambiar. Y Fermín, ya curtido en esto de contar su vida a través de otro, demuestra que la autobiografía destila riqueza en cómo llegan las vivencias al lector, en la capacidad de contagiar los sentimientos y las emociones. No es necesaria la identificación, el reconocimiento de los lugares comunes: se disfruta precisamente de la felicidad del otro, se sufren sus dudas y se lamenta su desgracia. No es una comunión de sentimientos, sino llegar a la conexión de la complicidad entre autor y lector. Una complicidad que transforma la lectura en un ejercicio más complejo, de construcción de una memoria común en la que Martín Mostaza nos da pie a, también, recordar nuestras propias experiencias. Y como buenos amigos, sentimos que compartimos con el autor esos momentos, esas vivencias. No es fácil conseguir la naturalidad a la que ha llegado Solís. Ha sido un largo camino, que comenzaba en aquél bonito pero primerizo Los días más largos que yo, en aquellos días de Cárcel titubeante, decía que me recordaba mucho a Rabagliatti. Un camino errático, de experiencias distintas y variadas, de cambios vitales para el autor y, sobre todo, de aprendizaje para Martín Mostaza, que ha tomado lecciones tanto de las incursiones genéricas como de las experiencias aparentemente anecdóticas de Las pelusas de mi ombligo. Hoy, Solís ya no me recuerda a Rabagliatti. Me recuerda a Fermín Solís y, sobre todo, me trae memoria de mí mismo.


Volver a la Portada de Logo Paperblog