No hay suficientes drogas en el mundo, incluyendo las que no tienen receta, que puedan hacerme sonreír tanto como el pensar en otros y no en mí.
Yo era una de esas niñas que se caen en los charcos de otras personas. Se tomaba su tiempo para reírse, hundir el pelo en el agua y más tarde levantarse. Y luego claro, quejarse de lo sucio que llevaba el pelo, y que por culpa de eso no la iba a querer nadie.
La de la autodistracción para no ver su dolor, la que prefería ahogarse en su propia mierda antes de ver sufrir a cualquier patito de hule.
Puede que las distracciones me ayuden a contar lobos que se comen a las ovejas, que lo prohibido y doloroso sea mi alimento diario, cubrir lagrimas con alguna sonrisa chueca, pero al final siempre me quedo mirando el reloj esperando a nada.
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