James Cameron es director, productor, guionista e, incluso, editor de montaje y responsable de diversas facetas técnicas de sus películas, asociadas siempre a grandes producciones y éxitos de taquilla. Durante buena parte de los años ochenta y principios de los noventa, colaboró artísticamente con sus dos parejas de aquella época (Gale Anne Hurd y Kathryn Bigelow), formando unos tándems de los que, al parecer, todos salieron beneficiados desde el punto de vista profesional. Alcanzó la fama gracias a las dos primeras entregas de Terminator y cimentó su estatus a través de títulos como “Aliens: el regreso” y “Abyss”. En 1997 estrenó “Titanic”, que le proporcionó tres Oscars y una ingente recaudación económica. No fue hasta 2009 cuando retornó como realizador a la gran pantalla, iniciando entonces la saga de “Avatar”, cuya tercera aventura (“Avatar: Fuego y ceniza”) presenta ahora, anunciándose al menos dos propuestas más de cara al futuro.
Personalmente, disfruté mucho durante la proyección de “Terminator 2”, ejemplo de excepción a esa regla de que “segundas partes nunca fueron buenas”. Los trabajos iniciales de Cameron resultaron entretenidos, con numerosos avances técnicos y un destacado ritmo narrativo. Y, por mucho que reconozco esa realidad, afirmo igualmente que no me entusiasma el serial de “Avatar”, pese a que valore el mérito de sus efectos especiales, sonoros y visuales, y juzgue impecable su producción formal. En ese sentido, califico estos largometrajes de intachables. Sin embargo, atendiendo a los demás aspectos cinematográficos (la trama, los personajes, el guion...), algunas secciones se me atragantan. Su excesiva duración contribuye a ello: dos horas y cuarenta minutos, la primera; tres horas y doce minutos, la segunda; y tres horas y cuarto, la tercera. Prefiero no pensar hasta dónde llegarán “Avatar 4” y “Avatar 5”, ya en proceso de preproducción. En definitiva, no basta la excelencia de los aspectos técnicos para mantener la atención del espectador durante tanto tiempo.
En esta ocasión se introduce en el universo de “Avatar” al Pueblo de las Cenizas, un nuevo clan Na'vi con una visión más agresiva que el resto de pobladores. A diferencia de los grupos vistos anteriormente, estos Na'vi no dudan en recurrir a la violencia para conseguir sus fines, incluso si ello significa llegar al enfrentamiento. Ante esta nueva amenaza, Pandora se convierte en un territorio todavía más inestable, donde los conflictos internos ponen en peligro el equilibrio del planeta y obligan a replantearse la lucha por la supervivencia.
Más completa y compacta que su antecesora, esta tercera aproximación se relata mejor en varios puntos. No obstante, continúo pensando que la desproporción lastra el resultado final. Todo se torna demasiado largo, demasiado inmenso y demasiado grandilocuente, hasta la saturación. A mi juicio, y con independencia del metraje, se peca innecesariamente de reiteración de secuencias, fórmulas e ideas. Cabe, sin duda, comprender la visión comercial que la sustenta: “Avatar” recaudó mundialmente casi tres mil millones de dólares; “Avatar: El sentido del agua”, más de dos mil trescientos; “Avatar: Fuego y ceniza” va por quinientos en apenas una semana. Razones al margen, lo cierto es que gusta, recauda y supone un negocio incuestionable, pero, en mi opinión, el fenómeno engarza más con la cultura del videojuego que con la del Séptimo Arte, y la prolongación de la saga se vincula en mayor medida a aquella industria que a la transmisión de una historia mediante imágenes y planos.
Integran el elenco los habituales Sam Worthington (“Sólo una noche”, “Furia de titanes”, “Terminator: Salvation”), Zoe Saldaña (“Guardianes de la galaxia”, “Star Trek”, “Emilia Pérez) o Sigourney Weaver (“Alien”, “Gorilas en la niebla”, “Armas de mujer”). Repite Kate Winslet, participante también en “Avatar: El sentido del agua” (“El lector”, “¡Olvídate de mí!”, “Iris”) y se incorpora Oona Chaplin (“Amigos de más”, “El viaje más largo”).
