Revista Cultura y Ocio

Avatares de una “regulada”

Publicado el 25 agosto 2017 por Regina

{Publicado originalmente en 14ymedio}

Ahora mismo debería estar en Panamá. Pero el 31 de julio, al presentarme en el mostrador del aeropuerto internacional José Martí se me hizo pasar a una oficina donde una uniformada de Inmigración me informó de que no podría viajar por estar “regulada”. La palabra tiene connotaciones desagradables pues la regulación más frecuente en Cuba es la regulación menstrual. En todo caso, preguntar por la causa de semejante prohibición con esa funcionaria fue inútil. No parecía saber más allá de la mala nueva, y es lógico que no tenga los detalles, dada la forma en que funciona (o se supone que funciona) la compartimentación del trabajo dentro del Ministerio del Interior.

Puedo deducir con acierto que dicha medida proviene del departamento que “atiende” a los opositores, conocidos como Sección 21 o Enfrentamiento de la Dirección de Contrainteligencia. Para saber por qué estaba “regulada”, la antigua villa de descanso de los Hermanos Maristas en la Víbora se perfiló como el lugar de las preguntas.

Un oficial de guardia (visitador, creo que lo llaman) se encargó de escuchar la reclamación y tramitar la respuesta. El oficial marcó el teléfono y pidió a la teniente coronel Kenia, le explicó que yo estaba frente a él preguntando por las razones de la “regulación”. Al otro lado del teléfono, la persona pidió mi nombre y apellidos y, tras una pausa, la respuesta fue desconcertante: la Sección 21 no es responsable de mi prohibición de salida del país.

Yo, que tengo una idea –anticuada pero idea al fin– de cómo trabaja la contrainteligencia, sé que si no tienes una multa de tráfico o una contravención por pisar el césped, ni trabajas para ningún organismo del Estado, pero haces periodismo independiente y crítico, las cábalas marcan 21.

Pero el oficial visitador, muy convencido de que mi magro expediente de opositora no clasificaba para la liga del 21, me sugirió visitar las oficinas de Atención a Ciudadanía de Inmigración donde –y fueron sus palabras y no mi interpretación– me dirían quién me tenía “regulada” y por qué.

Después de algunos tumbos con la dirección del lugar, llegué a la calle 20 casi esquina con 7ª, en Miramar. No omití detalles a la funcionaria que me recibió y fui directa: iba a México el 26 de junio pasado invitada a una reunión política y no se me permitió viajar. En aquel momento no indagué por la medida, pues me pareció parte de una estrategia para abortar o deslucir la reunión ya que, al igual que yo, un numeroso grupo de asistentes se quedó en tierra por decisión de las autoridades. Pero este 31 de julio, no iba a una reunión política, iba al Foro Latinoamericano y del Caribe de Gobernanza de Internet, un evento auspiciado por la ONU. Como no pertenezco a ningún partido y solo soy jefa de mis opiniones, quería saber quién y por qué me mantenía “regulada”.

La funcionaria, una capitana, lo primero que me aclaró fue la equivocación del oficial de Villa Maristas: ellos no podían dar información sobre por qué y quién decide esa parte de mi vida, pero consultaría mi caso con su superiora, teniente coronel y jefa del Departamento de Atención a la Ciudadanía.

Alivié la espera, de 40 o 50 minutos, leyendo. Luego, la capitana escribió en un papel mi versión y puso al final de la página mi número de teléfono. Entonces me comunicó que la jefatura había tomado la decisión de desregularme a partir del miércoles.

– ¿Es decir, que puedo montarme en un avión a la una de la madrugada de martes para miércoles?

La capitana respondió que sí, y, jovial, añadió que, por si acaso, lo hiciera después de las ocho de la mañana.

Le agradecí la atención y salí caminando bajo un tremendo aguacero. Apenas 20 minutos después de haber abandonado la oficina de Inmigración, sonó el teléfono. Era la capitana jovial con una contraorden: “No, no puede viajar hasta nuevo aviso y le será notificado”.

Ahí es cuando uno se pregunta cuál es la idea de la policía política y de las directrices que reciben, porque mi participación en el evento no tiene relevancia noticiosa, pero mi ausencia sí.

¿Por qué el Gobierno es tan sensible cuando se le acusa de violar derechos humanos? ¿De qué Estado de Derecho presumen si no respetan su propio cuerpo de leyes modelado a lo largo de este largo autoritarismo? ¿Qué temen, si la propaganda siempre insiste en el apoyo irrestricto y combativo de nuestro pueblo trabajador?

¿Pero qué hago haciéndome preguntas retóricas?


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